
Nos hemos alojado en un alojamiento rural al pie mismo de la mismísima N2 junto a una gasolinera. No luce mucho así dicho, ¿no? Pero son gente muy amable. Además, un cartel lo anuncia como Casa dos Presuntos y esto es toda una declaración de intenciones. Al otro lado de la frontera, hacia el este, la Sierra de Huelva no queda lejos. Así que, por estas tierras, con cerdos de por medio, buen surtido de ibéricos. Además, el hotelito está bien equipado para practicar uno de los deportes nacionales de Portugal: sentarse con una cerveza a ver pasar los autos. Eso si hiciera buen tiempo.

Pero sí, créeme, la terracita junto a la carretera es una estampa que yo al menos asocio a este pais. Echa un vistazo, con buen tiempo de por medio, a esta entrañable imagen disponible en Google Maps.
Cortelha es la capital indiscutible del aguardiente de madroño en la Sierra de Caldeirão. No es solo que lo beban, es que forma parte de su ADN. El pueblo organiza cada año la famosa Feira do Aguardente e Mel. Así que a mediados de este pasado mes los productores locales mostraron el resultado de destilar el fruto del madroño en alambiques de cobre tradicionales, un proceso que es casi un ritual sagrado en la zona.
Este aguardiente procede del arbutus unedo, un arbusto silvestre que crece de forma generosa en estas colinas de pizarra. Su fruto tarda nada más y nada menos que un año entero en madurar, por lo que es normal ver en el mismo arbusto las flores blancas de la temporada actual y los frutos rojos y rugosos de la anterior. Se recolecta entre noviembre y diciembre. Es entonces cuando los vecinos salen a la sierra a por borrachines. ¿Borrachines? Ya veis la sabiduría que atesora la cultura popular que, en regiones como Asturias, León o Extremadura, ha encontrado un nombre tan explícito para estos frutos.
Por supuesto, los cogen a mano. La fermentación se lleva a cabo en grandes tinajas de madera o barro durante un par de meses. No se añade azúcar ni levaduras industriales; el madroño fermenta con su propia fructosa y las levaduras naturales del aire serrano. Finalmente se llega el momento de la destilación. Si te dejas por el pueblo en esta época, se nota un aroma dulzón y penetrante. Se utilizan alambiques de cobre calentados con leña de encina o alcornoque. El proceso es lento, casi de meditación: el vapor sube por el «cuello de cisne», se condensa al pasar por agua fría y sale gota a gota.

Fotografía de Isabel F. Bernaldo de Quirós
Todo esto te lo cuenta un abstemio como yo. Eso sí, no reniego de la cultura popular. La tradición es la tradición. Dicen que un buen medronho de la Sierra de Caldeirão tiene que ser transparente como el cristal, pero con un aroma que te recuerde instantáneamente al campo después de la lluvia. Ahí te las apañas si no eres capaz de sentir semejante maravilla. Aunque su graduación suele rondar los 40° o 50°, si está bien destilado, no debe «quemar» de forma agresiva, sino dejar un calor reconfortante que baja suavemente por la garganta. Ah, y si ves uno de color ámbar, es que ha sido envejecido en barricas de madera (normalmente de roble o castaño), lo que le da un toque más abocado y menos «salvaje». Ale, ya estás probándolo. Se ve que también cura resfriados. Por si necesitas disculpa, digo.
Además, Cortelha está en el mapa por otra razón. Para quienes nos gusta andar o pedalear, por aquí pasa la Via Algarviana, que es el gran recorrido (GR13) que cruza todo el Algarve por el interior. Cortelha es un punto de parada técnico fundamental en el sector 5 de esta ruta que está dividida en 14. Conecta Barranco do Velho con Salir. Por eso es tan común ver a senderistas de toda Europa descansando en sus bancos con cara de cansados pero felices.

El GR13 – Vía Algarviana parte de Alcoutim, en las orillas del río Guadiana, y termina con el Océano Atlántico a la vista, en el Cabo de São Vicente. En su recorrido, atraviesa el interior del Algarve a lo largo de unos 300 kilómetros, divididos en 14 sectores que le llevarán a descubrir un paisaje rico y diverso. La GR13 atraviesa las tres sierras del Algarve (Caldeirão, Monchique y Espinhaço de Cão), el Barrocal, la ladera de la sierra y parte del Parque Natural del Sudoeste Alentejano y la Costa Vicentina.
Aunque seguramente asocies el Algarve a sol y playa, no todo es así. Date cuenta de la altitud a la que estamos, cerca de los quinientos metros, y de la ubicación, en plena sierra. De ahí que las temperaturas en invierno pueden bajar bastante más de lo que uno espera del Algarve «soleado», lo que explica por qué sus casas tienen unas chimeneas muy generosas y por qué su gastronomía es tan potente. Es el refugio perfecto para cuando la costa se pone demasiado húmeda o calurosa.
Quiero dar un paseo por la tarde, pero la lluvia no ceja. Estamos al sur del país, pero bien podría ser que anduviéramos todavía pedaleando por Trás-os-Montes, tal es la humedad que se respira. Claro que no puede ser, porque me sale al paso un alcornoque de cierta edad con sus piernas magníficente depiladas que me saluda muy amable. Y allá en Trás-os-Montes me da que poco alcornoque habrá.

En el bar todo es contundente: las voces (más bien gritos), los dulces, los embutidos, el porco preto, los vinos y licores. Todo parece conjuntar en una una postal costumbrista donde cada cual se sabe de memoria su papel, mil y una veces repetido.

Salimos de Cortelha. Pasamos enseguida junto a la Igreja de Barranco do Velho, desde donde ya se puede intuir, al fondo, el Atlántico. Digo intuir porque el día está gris. Empezamos a intuir enseguida la franja costera del Algarve (el Sotavento), con las ciudades de Faro y Olhão a lo lejos y el azul del océano, que llega a fundirse con el horizonte. Bueno, eso si se dan las condiciones climáticas, claro, que no es el caso de hoy.
Es un contraste brutal: cambias el paisaje cerrado y verde de los alcornoques y los madroños por una panorámica infinita del Atlántico allá a lo lejos. Tras una zona con algún que otro repecho llegamos a São Brás de Alportel. Antes el arcoíris luce espléndido frente a nosotros.

São Brás de Alportel es una villa blanca, limpia, con sus platabandas decoradas que son como el encaje de las casas. El viajero siente que ha entrado en otro reino, donde la luz rebota en la cal con una fuerza que ciega.
A la salida del pueblo la N2 se carga de tráfico y comienza a llover. Es un tramo bastante desagradable. No queda sino parar en el Café Lagarto.

Descendemos casi a nivel de mar. Los olivos ganan por goleada. Pasamos por debajo de la autopista A-22 que llega hasta Lagos, cerca ya del extremo sudoccidental de la península. Estoi queda a nuestra izquierda. Unas buenas rectas nos dejarían, visto y no visto, en Faro. Pero, para terminar, cómo no, esquivamos la N2 y nos desviamos por una carretera paralela que atraviesa el pueblo de Conceiçao. Pedaleamos por la Rúa 25 de Abril, probablemente el nombre de calle más popular en Portugal. Es la fecha sagrada de la identidad moderna del país porque marca el fin de la dictadura más larga de Europa Occidental (48 años). Allá por 1974, un levantamiento militar logró derrocar al régimen de Marcelo Caetano de una forma sorprendentemente pacífica. La archiconocida Revolución de los Claveles tomó su nombre del gesto simbólico de los ciudadanos y soldados que colocaron claveles rojos en las bocas de los fusiles y en los uniformes. Pocas veces un golpe de estado termina en una fiesta popular de liberación, como sucedió aquí. Supongo, no obstante, que tendrá sus matices.
Avanzamos hacia el sur entre campos de frutales, cruzamos por encima de la N-125 y entramos en Faro. Hay que refugiarse de la lluvia, no queda otra.

Repetimos calle bautizada con el nombre del día más señalado del año en Portugal, que ahora se convierte en Avenida 25 de Abril. Volvemos a la N2 para pedalear su último kilómetro. Por fin, frente a nosotros el marco quilométrico que indica su final: 738. Faro.


La rotonda que vemos hoy se inauguró oficialmente el 14 de mayo de 2021. Esta fecha no fue elegida al azar, ya que coincidió con las celebraciones del 76º aniversario de la creación de la Red por Carretera Nacional de 1945, año en el que la N2 recibió su configuración y nomenclatura oficial actual. Su diseño se concibió como un monumento al turismo de carretera y ya, de paso, aprovechar el auge de la N2 como la «Ruta 66 portuguesa». Un mosaico de calzada portuguesa que dibuja el número 738 luce en el centro y se ha convertido en el punto fotográfico por excelencia para los viajeros que llegan desde Chaves. Esta rotonda y la del kilómetro cero presentan un diseño muy similar.
Hacemos algo de tiempo en la tienda oficial de la N2. Compramos algunas cosillas y charlamos con el chico que atiende, que es de Chaves, kilómetro cero de la ruta, curiosa circunstancia. Caen las fotos de rigor.


Pero nuestro viaje no termina aquí porque nos vamos a Fuseta. Pedaleamos por una fotogénica zona de marismas.


¿Por qué terminar aquí y no en Faro, donde queda este final oficial de la N2? Ya sabéis de mi afición al género negro. Pues bien, en Fuseta vive un personaje curioso. Hablamos del policía alemán, pero naturalizado algarvio, que protagoniza las seis novelas publicadas hasta la fecha por Gil Ribeiro. Leander Lost es probablemente el inspector de policía más atípico que ha pisado las calles empedradas de Fuseta. Nacido de la pluma del escritor alemán Holger Karsten Schmidt –bajo el seudónimo de Gil Ribeiro–, ha logrado que este pequeño pueblo pesquero del Algarve se convierta en una curiosa referencia del suspense europeo. En la primera novela de la serie Lost llega a Portugal desde Hamburgo en un programa de intercambio policial, pero lo que realmente lo define no es su placa, sino su condición de detective con síndrome de Asperger. Esta característica le otorga una memoria fotográfica deslumbrante y una capacidad analítica casi sobrehumana, aunque lo deja completamente desarmado ante el sarcasmo, las dobles intenciones o el caos relajado de la vida portuguesa.


La magia de sus historias reside en el choque frontal entre su rigidez germánica y la calidez del equipo local formado por Graciana Rosado y Carlos Esteves. Al principio, sus compañeros lo miran como si fuera un extraterrestre con traje negro impecable, pero pronto descubren que su honestidad brutal y su incapacidad para mentir son armas infalibles contra el crimen. Claro que no es fácil cogerle cariño a quien te pega un tiro a sabiendas de que lo hace porque es la mejor opción lógica en un determinado momento, por muy colega que seas de él. Así que Fuseta deja de ser un simple decorado de vacaciones para transformarse en un rompecabezas de canales, salinas y barcos de pesca donde Lost intenta encajar mientras descifra asesinatos que el resto del mundo no sabe ni por dónde empezar a investigar.

El éxito de la saga ha sido tan rotundo que la televisión alemana trasladó las novelas a la pantalla en la serie Lost in Fuseta. El autor es otro europeo más que, cuando conoció la región, se quedó prendado de ella. La serie consiguió capturar perfectamente esa luz atlántica tan particular. Ver al inspector caminar con su maletín bajo el sol abrasador, mientras el resto del mundo disfruta de una «imperial» fresca en una terraza, resume perfectamente la esencia del personaje. Es un hombre que busca la verdad en un mundo lleno de matices que no siempre comprende, pero que termina encontrando en el Algarve algo parecido a un hogar.
De las novelas publicadas, escritas originalmente en alemán, solo las dos primeras están, de momento, en castellano, ambas en la editorial Maeva. El cicloturista busca algunos de los lugares emblemáticos. La primera parada obligatoria debe ser el Porto de Pesca. Es el corazón del pueblo y donde Lost suele observar el vaivén de los barcos mientras intenta procesar información que no encaja. No lejos queda la Praça da República, el centro neurálgico donde el inspector toma sus cafés y respira ese ambiente de pueblo que tanto contrasta con su mentalidad de Hamburgo. No puede faltar una visita a las Salinas de Fuseta, situadas en los alrededores del Parque Natural de la Ría Formosa. Para una nueva visita queda otro punto emblemático, la Ilha da Fuseta, a la que se accede en barco desde el muelle. En las historias de Lost, la ría y sus bancos de arena no son solo paisajes bonitos, sino laberintos naturales que complican las persecuciones y esconden secretos bajo la marea.
Por cierto, si quieres otro par de novelas del género negro con protagonistas que presentan síndrome de Asperger, te recomiendo «Morir no es tan fácil«, de Belinda Bauer (publicada por Roca Editorial y que me encantó, con una triple perspectiva muy lograda) y «El caso de la pistola y el pastel de chocolate«, de Ashley Miller y Zack Stentz (publicada por Nube de Tinta), una obra curiosa y diferente, sobre todo porque su protagonista, un chaval con autismo, investiga un caso casi surrealista: una pistola se dispara en la cafetería de su instituto durante la hora del almuerzo y deja una mancha de pastel de chocolate en el lugar. Y no, el culpable no es quien parece ser.
Nos queda afrontar la segunda parte de la etapa de hoy. Para ello cogemos primero un tren hasta Vila Real de Santo António y desde ahí un barco que nos cruza a Ayamonte.

Dejamos atrás Portugal tras cruzar el Guadiana. Desde la dársena adonde llegan los barcos enfilamos camino hacia el este. Lo hacemos el Camino Natural Vía Verde del Litoral. La página web de los Caminos Naturales lo dice de entrada, así en mayúsculas:
¡AVISO IMPORTANTE!
POR RAZONES AJENAS AL PROGRAMA DE CAMINOS NATURALES, ESTE ITINERARIO NO CUMPLE CON LOS ESTÁNDARES DE CONSERVACIÓN EXIGIDOS, POR LO QUE ALGUNOS TRAMOS PUEDEN NO SER TRANSITABLES
La ruta, paralela a la costa, aprovecha la antigua línea de ferrocarril por la que se transportaba pescado desde Isla Cristina y Lepe hacia Madrid, y de minerales desde El Andévalo hacia la costa.

Nuestros primeros kilómetros transitan por las marismas que forman parte del Paraje Natural Marismas de Isla Cristina. Dejamos el camino y cogemos una carreterita, la HU-3300, para cruzar La Redondela. Pedaleamos entre un mar de invernaderos en dirección a Lepe.

Después de cruzar el pueblo de Zugasti toca buscar un paso para atravesar el río Piedras, ya muy cerca de Cartaya. En vez de hacerlo por la carretera nacional, lo hacemos por el puente de La Tavirona, de nuevo siguiendo el Camino Natural de la Vía Verde del Litoral. Ya solo nos queda entrar en Cartaya y dirigirnos, siguiendo caminos entre los pinares, hacia Aljaraque. Muy agradable el paseo por el Canal del río Piedras.


Ahora sí, en Bellavista, un núcleo de población que pertenece a Aljaraque termina nuestra particular N2 fantasma, esa que comenzó en Ourense hace doce días. Pero antes un regalo de pasarela sobre la marisma.


La compañía siempre es bienvenida. Llevamos, cada cual, ritmos diferentes. Al principio fuimos en pelotón (con alguna que otra escapada de Basmati, txikito de Mundaka por más señas) y luego jugamos a las parejas: la dupla onubense por un lado y la del norte por otro. Hemos dejado atrás casi mil kilómetros. Pero nada ha terminado. Saramago sigue ayudándonos respecto a los pasos siguientes.
El viaje no termina nunca. Solo los viajeros terminan. E incluso estos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en narrativa. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: ‘No hay nada más que ver’, sabía que no era cierto. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche…
Kilómetros totales hasta esta etapa: 976,18.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 12522.
Lee todos los artículos relacionados con esta ruta.
Descubre más desde Consultoría artesana en red
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

