Se ve que no doy una respecto a las previsiones semanasanteras. Ayer te decía que de nueve a diez había vigilia pascual en el Santuario. Pues, como ayer en Abrantes, nada de nada. Habrá que verificar fuentes. De momento, a conformarse con la imagen del santuario de día.

Pero Brotas cuenta también con la Torre das Águias. Era otro motivo para hacer fin de etapa aquí. La culpa no es mía, es de Saramago.
Brotas aparece en una ladera, ascendiendo en estrechas calles de casas blancas. La carretera se ve obligada a comprimirse entre las esquinas irregulares y las fachadas dispuestas en línea quebrada. Hay aquí un santuario construido en estilo que tanto conserva del gótico como aprovecha del barroco, lección popular aprendida por un maestro de obras que no se preocupaba mucho del rigor. […]
Otras veces se vio sorprendido el viajero por estas arquitecturas civiles quinientistas, pero nunca como en este lugar. Giela se ve desde la carretera principal; Lama poco menos, y Carvalhal surge entera al doblar una curva. No es éste el caso de la Torre das Águias. Aquí escondida, tiene aún, aparte de lo que tienen las otras, su poderosa masa de piedra coronada de torres cónicas. Las aberturas (troneras y ventanas) son escasas. En uno de los muros se desarrollan estas aberturas en una sola línea vertical, dejando a los lados grandes lienzos ciegos de albañilería. Pero tal vez el impresionante efecto que esta torre causa, venga de su planta en forma de tronco de pirámide, poco habitual en estas construcciones. Perteneció al palacio de los condes de Atalaia. No se sabe quién fue el arquitecto, qué golpe de genio dispuso sobre el cimacio las torres cónicas que no tienen ninguna utilidad práctica, puesto que son macizas. Tampoco se sabe si el topónimo tiene justificación en una antigua frecuentación de este sitio por las águilas. Se sabe, sí, porque está a la vista, que la torre no podría tener otro nombre. Esta maravillosa arquitectura, tan sencilla, no precisa estar en un altísimo roquedal, se ahorra el roce de las nubes, cualquier avecilla le llega a lo alto con un solo aleteo, y es, así, más baja que la colina próxima, un nido de águilas. El viajero estuvo aún hace pocos días en la sierra de Sintra: pobre, insignificante Palacio da Pena, él, tan alto, junto a estas toscas y desmanteladas piedras. El viajero inscribe en su corazón este nuevo amor. Y, cuando al fin se retira, lleva consigo una inquietud: habrá perdido algo importante en la vida si aquí no vuelve.


Cuando nos acercamos hasta la torre tuvimos que atravesar una cancela que decía que entrábamos en propiedad privada y que no se permitía el acceso. Le preguntamos a un lugareños y nos dijo que, sin problema, abriéramos el cerrojo y palante. La torre, desde luego, es muy extraña. Se encuentra en total abandono, pero puedes entrar en sus ruinas. Eso sí, pensando si el siguiente desplome te puede tocar a ti por haber entrado donde no debías.


Al lado queda la ermita de San Sebastián. Para no desentonar también luce un coqueto abandono.

Sin embargo, aquí en Brotas lo que proporciona carácter al pueblo es la peregrinación. No me resisto a ponerte al día. Ponte cómoda, que te cuento. La peregrinación al Santuario de Nossa Senhora de Brotas es una de las tradiciones religiosas más antiguas y singulares del Alentejo. O sea, nada de moderneces, como Fátima aquí en Portugal o Lourdes en Francia. Aquí se conserva (o se intenta) un aire medieval y una conexión profunda con el mundo rural. ¿El origen? Hay que ir hasta el siglo XV para saber sobre el milagro del pastor, que fue lo que, a fin de cuentas, transformó un lugar de pastoreo solitario en uno de los centros de peregrinación más curiosos de Portugal, especialmente para los ganaderos. Como otras veces, mezclamos devoción, un poco de dramatización y un toque sobrenatural.
Allá por 1424 un pastor de la zona anda buscando a una de sus vacas que se ha extraviado. Después de mucho caminar entre las encinas y el matorral, la encuentra en un lugar conocido como el «Brotar de las Aguas» (eso es, de donde viene el nombre del pueblo, Brotas). Bien, la encuentra, pero ¿qué ve? No, la vaca no está pastando, se ha arrodillado frente a una zarza que crece junto a una fuente. El pastor se acerca y descubre entre las ramas una pequeña imagen de la Virgen con el Niño. Vale, hasta aquí nada nuevo en cuestión de apariciones. Seguimos. Al ver la imagen, el pastor —con esa mentalidad práctica de la época— decide llevársela a su casa. Para algo valdrá. Sin embargo, al intentar sacarla de los espinos, se cae y se rompe un brazo. Incapaz de moverlo, el pastor empieza a rezar a la imagen que acaba de encontrar. Y, claro, el brazo sana de inmediato. El hombre, asombrado y agradecido, corre al pueblo para contar lo sucedido. Toma aire, que queda el final.
La gente del pueblo, con el clero a la cabeza, va al lugar y se queda con la imagen de la Virgen con el Niño. Finalmente la dejan en la iglesia parroquial de la zona. Pero a la mañana siguiente, misterio, la imagen ha desaparecido. Emprenden la búsqueda de nuevo y la encuentran en la misma zarza donde el pastor la había visto por primera vez. La devuelven a la iglesia parroquial. ¿Y qué pasa? Que, otra vez, la virgen se esfuma para aparecer donde antes. Tras varios episodios en que se repite la misma cantinela, pillan el mensaje: la Virgen quiere un templo en ese lugar exacto, junto a la fuente. Pues ahí que luce entonces el Santuário de Nossa Senhora das Brotas, el que tenemos nosotros al lado mismo de donde nos alojamos.
Conste que he encontrado otra versión más sencilla que dice que el pastor perdió una de sus vacas. Al encontrarla, el animal había caído por un barranco y se había roto una pata. El pastor rezó a la Virgen y, milagrosamente, la vaca sanó al instante. En ese lugar se encontró una pequeña imagen de la Virgen y se decidió levantar la ermita.

Al margen del milagro del pastor, lo que hace única a la peregrinación de Brotas es cómo se organiza. No es un evento de un solo pueblo, sino que pueblos de todo el Alentejo y Extremadura crearon confrarías (hermandades) dedicadas a esta Virgen. Para no dejar a los peregrinos durmiendo al raso, cada pueblo (Mora, Cabeção, Lavre, etc.) construyó su propia casa alrededor del santuario.

Estas casas forman la calle principal que sube hacia la iglesia y crean un conjunto urbano único en Portugal diseñado específicamente para el alojamiento masivo de peregrinos. Ojo, que es donde pernoctamos nosotros. Lo suyo es venirse el segundo fin de semana de agosto, cuando celebran la fiesta en honor a la Virgen. Su imagen sale en procesión por las calles empedradas, acompañada por bandas de música y fieles que vienen de toda la región. A todo esto, no puede falta el cante alentejano para añadir sentimiento a la efeméride.
El viajero se detiene en Brotas, donde las casas de los peregrinos flanquean el camino como un abrazo de cal. Aquí la memoria de los pasos no se borra con el viento; se queda pegada a las piedras y a los azulejos que cuentan milagros antiguos. Es un silencio poblado de voces invisibles, de hombres y mujeres que trajeron aquí sus dolores y esperanzas, dejando en el aire una vibración que el tiempo, por mucho que se empeñe, no consigue apagar del todo.
En el santuario actual se pueden encontrar diferentes tipos de exvotos. Dentro de la iglesia quedan las ofrendas (pinturas, objetos de cera) de los peregrinos en agradecimiento por milagros concedidos. Lo de milagro corre de tu cuenta. El abanico puede ser amplio. Por su parte, los azulejos de las paredes del templo funcionan como un «cómic» de la época. Ya te lo he comentado en alguna otra crónica. Si la multitud no sabe leer, nada como las imágenes narrativas para que pudieran entender la historia del milagro y la importancia de la Virgen. Ah, por último, estamos en el Camino de Santiago. Ya estábamos tardando.
Cenamos en O Poço, el único restaurante del pueblo. Lo regenta la familia Vinagre. Lo conocíamos por un episodio en concreto que le aconteció a Afonso Reís Cabral en su ruta a pie por la N2 y que menciona en su libro Leva-me Contigo y en el documental correspondiente.

A las siete y media estamos desayunando en nuestro alojamiento. Hoy nos espera una etapa alentejana al cien por cien. Y también N2 al cien por cien. Ya ves, damos muestra de fidelidad absoluta. Estamos en el kilómetro 488.

Adentrarse en el Alentejo es abrazar una horizontalidad que, sin embargo, es un poco engañosa. Más que llanura absoluta, el terreno se entretiene con ondulaciones constantes, un sube y baja rítmico que el cicloviajero bien pudiera denominar suave rompepiernas. El asfalto se despliega entre dehesas de alcornoques y encinas. Las sombras, alargadas a primera hora, se retrotraen con el paso de las horas. El rastrojo y la jara son los perfumes que nos acompañan. La carretera se proyecta hacia el horizonte como una línea negra que corta los campos. Por ella la maquinaria agrícola y el cicloviajero se sienten hormigas de la N2. Y al de poco de comenzar…

Cruzamos del distrito de Évora al de Santarém y recibimos la bienvenida de las antas (dólmenes) de Caminho da Fanica (una pequeña y otra grande) y de Vale do Beiró. Entramos en la prehistoria del Alentejo profundo. Son estas estructuras funerarias, construidas con grandes bloques de granito local hace miles de años. Las antas normalmente orientan sus entradas hacia el amanecer. No parece casualidad; ya sabían lo que hacían. ¿Cómo sería la vida de aquellas comunidades neolíticas que habitaron estas tierras? ¿Cómo sería el paisaje, ese que hoy vemos como una dehesa de alcornoques y encinas? Solo hay que pedalear cinco milenios hacia atrás.
La Anta Grande do Caminho da Fanica es uno de los ejemplares más impresionantes de la región debido a sus dimensiones y al estado de conservación de su cámara poligonal. Este tipo de construcciones consistía originalmente en una cámara cubierta por una gran losa horizontal, protegida a su vez por un montículo de tierra y piedras conocido como túmulus, del cual hoy solo quedan vestigios. Por su parte, la Anta Pequena, aunque de menor escala, complementa el conjunto arquitectónico y permite comprender la jerarquía o la evolución de los ritos funerarios en la zona. Cerca de allí, el conjunto de Vale do Beiró refuerza la idea de que esta área fue un centro neurálgico de actividad espiritual y social, donde el culto a los antepasados marcaba el ritmo de la vida colectiva.
La soledad característica del interior portugués es nuestra compañía. Apenas hay edificaciones que interrumpan la línea del horizonte, salvo alguna ruina de piedra que resiste el paso del tiempo o los portones de hierro que dan entrada a las grandes fincas ganaderas.
En Ciborro, el kilómetro 500 de la N2 es un escaparate para el exceso de pegatinas habitual de esta ruta.

Y de nuevo volvemos atrás en el tiempo. En São Geraldo encontramos un anta diferente. No queda en mitad de ningún sitio. Se ve pegada a una vivienda.
Este dolmen, que antaño formó parte de la finca Herdade da Comenda, estaba adosado a una vivienda cuya construcción tiene sin duda más de 100 años. La vivienda sufrió varias reformas a lo largo de los años; sin embargo, el dolmen permaneció prácticamente inalterado, cumpliendo diversas funciones domésticas. Servía de gallinero, conejera, almacén y lugar donde se construían hogares y se cocinaba.
Consta de una cámara funeraria, de la cual aún se conservan siete piedras verticales de la estructura original, dos de ellas incrustadas en los muros de la vivienda. No quedan rastros del túmulo propiamente dicho. Actualmente, solo se conserva una piedra vertical del corredor, aunque a principios del siglo XX aún se podían observar al menos tres.

Desde el punto de vista arqueológico, este tipo de dólmenes, tan frecuentes en la región de Évora y Montemor-o-Novo, formaban parte de un paisaje ritual densamente poblado, donde las comunidades de pastores y agricultores del Neolítico Final y el Calcolítico enterraban a sus muertos junto con ajuares compuestos por hachas de piedra pulida, puntas de flecha de sílex y cerámicas decoradas. Por los alrededores de nuestra ruta, las antas salpican el paisaje. Toma nota para una ruta monográfica en otra ocasión, ¿no te parece?
Poco a poco vamos subiendo. Ahí enfrente aparece, treinta kilómetros después de comenzar, Montemor-o-Novo, con la silueta de su castillo medieval como faro inquebrantable. El asfalto de la N2 atraviesa el corazón del pueblo. Invita, por supuesto, a una parada. Iglesias y conventos atestiguan la importancia religiosa y política que ostentó la villa en el pasado. Saramago visita las ruinas del convento de la Saudação, un lugar donde «el tiempo se ha detenido a contemplar su propio desgaste». Y encuentra aquí uno de esos lugares que dan fe de que el Alentejo es saudade portuguesa: una mezcla de presencia y ausencia que define el alma de de estas tierras.


Continuamos hacia el sur, hacia el Bajo Alentejo. La presencia humana parece reducirse a mínimos. Dehesas infinitas y el montado de alcornoques y encinas flanquean al cicloviajero cual ejército vegetal disciplinado. El verde intenso de la primavera se queda a vivir en nuestras retinas. No hay grandes accidentes geográficos ni curvas cerradas.


El pedaleo se convierte en un acto íntimo. De vez en cuando, desde allá arriba, una cigüeña nos contempla con curiosidad. La monotonía. La repetición. Otra encina, otro alcornoque. Las líneas blancas de la carretera. Un ciclo infinito. Las herdades se suceden.
A mitad de este recorrido aparece Alcáçovas, una isla en el océano alentejano. Arriba en el alto, inconfundible, la igleasis de San Salvador.

Aquí en Alcáçovas la historia grabó un acontecimiento en la memoria: la firma del tratado que en 1479 puso fin a la guerra de sucesión castellana y repartió las esferas de influencia oceánica entre Portugal y Castilla (en 1497 el de Tordesillas dejó, según parece, las cosas más claras aún). El cicloviajero escucha también un sonido metálico muy particular, el de los chocalhos o cencerros. Su fabricación artesanal fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO.
Paramos a engullir la tostá mista reglamentaria, esta vez acompañada de un bizcocho de plátano… y otro de naranja, cortesía del señor que atiende en el bar. Muito obrigado. Venga, que no queda nada para terminar la etapa.
Dejamos atrás el pueblo, al que despedimos con otro marco quilométrico sobredimensionado. En el camino encontramos el 555.

Hace ya un tiempo que el terreno se vuelve favorable al pedaleo. Descendemos en busca de la cuenca del río Sado. De nuevo, en este tramo, nos fundimos con la soledad del Alentejo. De vez en cuando alguna casa de labor rompe la monotonía vestida con su clásico blanco inmaculado y sus característicos zócalos azules o amarillos. El cielo es inmenso. La experiencia es casi hipnótico. A la derecha aparecen una par de pequeñas lagunas.


Entramos en el distrito de Setúbal. La llegada a Torrão se anuncia con la aparición de olivares más densos y una ligera elevación del terreno que permite divisar la villa antes de entrar en ella. Cruzamos el puente sobre el río Xarrama y entramos en Torrão.


Torrão es cuna del poeta Bernardim Ribeiro, autor de la famosa obra Menina e Moça. Más melancolía para el cicloviajero proveniente esta vez del siglo XVI. Tradición y silencio. Dice Saramago:
En Torrão, el viajero busca la sombra de Bernardim Ribeiro y la encuentra en cada esquina, en el silencio de las plazas y en esa vaga sensación de que aquí el tiempo siempre llega tarde.
Se detiene ante la estatua del poeta y reflexiona sobre cómo esta obra, Menina e Moça, impregna al pueblo de esa «tristeza mansa» que supura el libro. Parece sugerir que el paisaje y la literatura se han fundido en una sola cosa. Para Saramago, recorrer Torrão es, en cierto modo, caminar por las páginas de Bernardim, donde la saudade no es una pose, sino una forma de entender la vida y el paisaje.
Hoy, además, es Domingo de Resurrección y esta mañana la imagen de Cristo Resucitado ha recorrido las calles del pueblo. Aquí también, como en Sardoal, las decoran con colchas de colores en los balcones y pétalos de flores en el suelo. Otra tradición muy arraigada en esta zona del Alentejo es el Compasso Pascal o la Visita Pascoal. A lo largo de hoy grupos de la parroquia recorren las casas de la villa con una cruz adornada con flores para bendecir los hogares. Las familias que desean recibir la bendición dejan la puerta de su casa abierta y alfombran la entrada con hierbas aromáticas o flores. Ofrecen después dulces típicos y vino a quienes portan la cruz, en un gesto de hospitalidad muy característico de la región.
El cicloviajero muestra respeto por todas estas tradiciones. Siempre ha pensado que Portugal se recrea en ellas. Una pena no haber pasado por aquí en Jueves Santo. Es el día de las Endoenças, una procesión iluminada por miles de velas. Eso sí, por lo que parece, para el domingo, la experiencia se vuelve más gastronómica, con el cordero asado y el tradicional folar, un pan dulce con huevo que simboliza la vida nueva. A ver qué podemos hacer. Nos vamos a nuestro alojamiento. Mañana te cuento alguna cosa más del pueblo.
Me quedo pensando en esa frase de Saramago: aquí el tiempo siempre llega tarde.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 713,65.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 10006.
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