Abrantes vive en lo alto de una colina y desde ahí vigila todo lo que sucede por ese río inmenso que pasa a sus pies, el Tajo. En palabras de Saramago, «una cascada de cal blanca escurriendo por la ladera, un brazo de piedra que se apoya en el Tajo». Pues bien, aquí también, como en Coímbra y tantos otros sitios, en febrero pasado el río mostró su lado más salvaje: nuevo episodio de inundaciones. Lógicamente arriba en el pueblo no hubo riesgo alguno porque es una buena atalaya sobre el río, pero supongo que el espectáculo de lo que pasaba allá abajo tuvo que ser impresionante. Porque por vistas que no fuera. Ahora, sin embargo, todo parece en calma.

Abrantes hunde sus raíces en la historia. Su privilegiada situación es la causa evidente. Así es como primero los romanos, luego los visigodos y después los árabes se van dando de tortas siglo tras siglo para dominar el lugar. Menos mal que, por fin, llega el primer rey de Portugal, Alfonso Henriques, y pone orden.
Por lo que leo, en Portugal tienen un dicho bastante popular, que dice «Tudo como dantes, Quartel-General em Abrantes«. O sea, nada cambia y todo sigue igual. El asunto tiene que ver con Napoleón Bonaparte. Durante las invasiones francesas, a principios del siglo XIX, el general Junot se instala aquí con sus tropas. Los franceses están tan agotados y hambrientos tras cruzar las montañas que, al llegar a Abrantes y ver el despliegue de comida y la posición estratégica del pueblo, el colega Junot dice que de aquí no me muevo. Hasta consigue que el mismísimo Napoleón le otorgue el título de Duque de Abrantes. Y así es como, técnicamente, este rincón portugués tiene su propio hueco en el seno de la nobleza imperial francesa, aunque a los locales no les hiciera mucha gracia tener a los invitados cenando en sus casas sin permiso. El caso es que, aun con los franceses instalados en el pueblo, cuando desde la corte portuguesa les preguntan a los abrantinos a ver qué tal anda el asunto no se les ocurre otra cosa que decir eso de «Tudo como dantes, Quartel-General em Abrantes«. O sea, con franceses de por medio, pero nada parece haber cambiado en el pueblo.
Nosotros, a lo nuestro. Por la tarde nos da tiempo a pasear un poco por el casco histórico, un laberinto de calles blancas todas en cuesta que nos ponen los gemelos a prueba. Creo que debe computar para el desnivel acumulado de la jornada. No obstante, la recompensa luce arriba. El Castillo de Abrantes y la Iglesia de Santa María do Castelo son las dos joyas de la corona. El castillo, además, no es solo una fortaleza vacía, sino que dentro alberga un museo donde puedes ver esculturas romanas y tumbas de nobles que parecen estar echándose una siesta eterna bajo el sol de Ribatejo.
El jardim do Castelo se ve muy bien cuidado. Invita al paseo y la contemplación mientras a su lado el pueblo se cobija bajo la silueta de la iglesia de San Vicente.


Tengo la sensación de que las calles estrechas del pueblo, sus casas blancas con flores y las fachadas de azulejos de alguna forma presentan a Abrantes como un prototipo de ciudad portuguesa de interior que invita a la lentitud y la observación.
A eso de las nueve de la noche hay expectación por las calles. La Procissão do Enterro do Senhor representa el acto de mayor solemnidad y recogimiento dentro del calendario religioso de Abrantes: un ambiente de luto riguroso transforma por completo el pulso del centro histórico. A esa hora se inicia el recorrido desde la Igreja de São Vicente. Las luces de las calles se atenúan. El protagonismo es para las imágenes de Cristo en el sepulcro y de Nuestra Señora de los Dolores, que avanzan por las estrechas vías empedradas. El silencio solo se ve interrumpido por el rítmico sonido de las pisadas y, en tramos específicos, por las marchas fúnebres interpretadas por bandas filarmónicas locales. Conste que todo ha empezado con el Vía Crucis a las 15:00 horas. Después ha venido la celebración de la Pasión y la Adoración de la Cruz a media tarde. La procesión del Santo Entierro es el culmen. Te copio/pego directamente de Gemini:
La atmósfera se vuelve especialmente conmovedora gracias a la participación de las bandas de música, que interpretan marchas fúnebres de gran dramatismo, y a la presencia de los «Farricocos», figuras vestidas con túnicas oscuras que remiten a tradiciones penitenciales antiguas. Este evento no solo es un acto de fe para la comunidad católica local, sino también un patrimonio cultural que atrae a visitantes interesados en la autenticidad de las tradiciones portuguesas. La Procesión del Entierro del Señor en Abrantes consigue detener el tiempo por unas horas, invitando a la reflexión personal y comunitaria en un entorno de gran belleza arquitectónica y espiritual que define la identidad de esta histórica localidad sobre el río Tajo.
¿Qué? ¿Te lo has creído todo? Pues nosotros venga dar vueltas por las callejuelas de Abrantes ¡pa ná! No hemos visto procesión alguna. Tendré que indagar más adelante por qué no hemos encontrado nada de lo que había previsto.


La verdad es que me ha sorprendido que Abrantes estuviera casi desierto. Apenas se veía gente por las calles. Me había hecho a la idea de que era un lugar turístico con sus buenas hordas de visitantes. Nada más lejos de la realidad.
Volvemos al mundanal ruido. Salimos de Abrantes sin dar pedales, ya que afrontamos una bajada fulgurante que en poco más de dos kilómetros nos lleva hasta el río. Cómo no, en dirección sur, lo cruzamos y entramos en el Alentejo. ¡Error! Al principio, eso creía. Pero no. Hasta que no nos separemos unos cuantos kilómetros del río vamos a continuar pedaleando por el Ribatejo, una especie de gran pasillo que sigue el curso del Tajo. Mi confusión viene de que he leído que Abrantes es la «Puerta del Alentejo», pero ya ves que no es así exactamente. Mejor la denominamos «antesala». Paciencia, que ya llegará el Alentejo.

Al otro lado del puente queda Rossio al Sul do Tejo, que sigue perteneciendo a Abrantes y es su puerto fluvial histórico. Estas tierras abrazan la cultura de río, de pesca y de huerta. Nosotros las vamos dejando atrás a medida que bajamos hacia el sur y el paisaje se transforma para dar cobijo a bosques de encinas y alcornoques y mostrar unas extensas llanuras. Se ven esas casas blancas tan típicas de la región, con los bordes de las ventanas pintados de azul eléctrico o amarillo albero para espantar el calor. Desayunamos en una pastelaria, esa gran contribución de Portugal a la humanidad.
Pedaleamos por la N2 –hoy hacemos pleno de kilómetros por su asfalto– en paralelo al río Torto, un afluente del Tajo. Lo cruzamos y seguimos hacia Bemposta. A la derecha dejamos la Capela de Vale de Cortiças. Pedaleamos por un valle de «corchos». Eso significa «cortiça». Los alcornoques han ido ganando protagonismo y se agrupan en lo que los portugueses llaman los montados de sobreiro (los bosques de alcornoques). Esta es una zona en la que la extracción del corcho ha sido el motor económico durante siglos.
La dehesa alentejana, el montado, nos acompaña. Eso sí, la sensación de soledad es, si cabe, más pronunciada que en las etapas anteriores. Supongo que igual que hay una España Vaciada, sucede lo mismo en Portugal. Estas tierras presentan una muy baja densidad de población. En los 85 kilómetros de etapa apenas si hay cuatro pueblos de cierta entidad: Bemposta, Ponte de Sor, Montargil y Mora. Tachamos el primero, que lo acabamos de pasar.
El Alentejo requiere del cicloturista, no hay duda, paciencia. Dice Saramago que «no es tierra que se entregue a la primera mirada», que su belleza «no es un estallido, sino una lenta inundación de luz y horizonte que va llenando el alma hasta dejarla sin palabras». Pues bien, aquí está, lo tenemos alrededor, lo tenemos dentro. El Alentejo. Inmenso a ojos del cicloviajero. ¿Pero hemos entrado ya en esta región de Portugal? No vemos ningún cartel en la N2 que indique que oficialmente ya estamos en el Alentejo. Se supone que hemos entrado poco antes de Ponte de Sor. El Tajo, como un gran divisor natural en Portugal, continúa presente. El propio nombre de la región sigue vinculado al río, porque Alentejo viene literalmente de Além do Tejo, que significa «más allá del Tajo». Pues eso, que sepas que, técnicamente, no entras «nada más cruzar» el río hacia el sur, sino cuando te alejas bastante más allá de él.
En Ponte de Sor hice un final de etapa en mi ruta por Portugal en 2021. Fue aquel día en el que me acerqué hasta Galveias, el pueblo al que José Luis Peixoto le dedicó un libro enternecedor. Su pueblo.

Dejamos a la izquierda Ponte de Sor y pedaleamos hacia el embalse de Montargil. En una de las inmensas rectas vemos un pequeño aeropuerto a la derecha de la carretera.

Los árboles encalados nos brindan un paseo agradable.

Unos kilómetros después nos topamos con la presa. Según leo, por aquí viene mucha gente de veraneo. Se ve que hay un público que prefiere huir de las olas del Atlántico y disfrutar del agua plana y templada del interior.

Entramos un momento en Montargil para echar un vistazo y subimos hasta la plaza de la iglesia. En sí es pequeño y parece tranquilo, pero la presa le debe dar vida en verano. Tomamos un Coca-Cola para descansar del repecho. El calor comienza a apretar.


Poco después de dejarlo atrás, la N2 gira a la izquierda por lo que parece el final del embalse. Seguimos encarando rectas sin fin hasta que en quince kilómetros nos plantamos en Mora. Si el entorno de Montargil puede ser un sitio para soltar ciertas dosis de adrenalina en el agua, Mora es el lugar para bajar revoluciones y entrar en el «modo Alentejo». Sosiego y tranquilidad.
Mora es otro pueblo blanco, impecable y rodeado de alcornocales infinitos que te recuerda que ya estás en el corazón del Alentejo profundo. Algo que hace que Mora sea especial, aparte de su paz absoluta, es que han sabido vender muy bien su conexión con el agua dulce. De hecho, tienen una joya que nadie se espera en un pueblo de interior: el Fluviário de Mora. Es un acuario gigante dedicado exclusivamente a los ríos, donde puedes ver peces, serpientes y otros animales que ni sabías que existían en la Península. Dejamos el desvío a nuestra izquierda y seguimos hacia el pueblo.

Pues no contentos con el fluviário, en el pueblo presumen también, desde 2016, de Museo Interactivo del Megalitismo. Si te pensabas que ver piedras antiguas podía aburrir, en el pueblo se han empeñado en lo contrario. Han rescatado la antigua estación de tren y la han mezclado con edificios modernos. En la parte vieja hay oferta para la chavalería: wifi, biblioteca y juegos interactivos para que aprendan algo de historia sin darse ni cuenta. Luego tienes el edificio nuevo principal, un espacio enorme que se adapta al terreno y que te lleva de viaje por tres etapas de la vida de nuestros antepasados: cómo vivían, cómo morían y cómo se quedaban embobados mirando al cielo. O sea, vida, muerte y contemplación. Por cierto, los cuatro edificios están conectados por un pasillo metálico con agujeritos que imitan los dibujos geométricos de las piedras antiguas.


Encaramos los últimos diez kilómetros para llegar a Brotas, nuestro final de etapa, al que llegamos como buenos peregrinos (mañana te explico). Tenemos reserva en las Casas da Romaria, un alojamiento en el que disfrutar de la tradición alentejana. En el pueblo, sí o sí, hay que visitar el Santuario de Nuestra Señora de Brotas, hoy con vigilia pascual de por medio. Pero también hay que irse hasta la Torre das Águias y, aunque hoy mismo nos hemos acercado hasta ella, te lo voy a contar todo mañana. Estoy en el Alentejo, no me metas prisas. Bueno, vale, solo que sepas que de nueve a diez de la noche, como te digo, es la vigilia pascual.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 635,03.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 9043.
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