10 Torrão – Castro Verde #PortugalN2

La minería forja el territorio

by Julen

Ayer te dejé con Saramago y el poeta más celebre de Torrão. Así pues, vente conmigo a la plaza… ¡Bernardim Ribeiro! Cómo no. Aquí tenemos su estatua, frente al edificio del antiguo Ayuntamiento (Paços do Concelho) y muy cerca de la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Asunción. Es el punto donde convergen la historia administrativa y la religiosa del pueblo. La escultura representa al poeta de cuerpo entero.

Casi cincuenta años atrás, imagino a Saramago frente a ella, rodeado, como ahora, por las casas encaladas que atrapan una atmósfera de profunda quietud. Bien puede ser este un lugar de parada obligatoria para quienes recorren la N2 y quieren rendir homenaje a la figura que puso voz a la melancolía del Alentejo.

Torrão queda a medio camino entre Alcácer do Sal y Évora, plantado en una colina –como tantos otros pueblos alentejanos– mientras mira por encima del hombro a las llanuras y a los olivares. Evidentemente es el típico pueblo blanco, blanco de verdad, de esos que deben deslumbrar cuando les pegue el sol de justicia del mediodía, con sus calles estrechas que parecen diseñadas para jugar al escondite. Un momento, ¿has dicho Alcácer do Sal?, ¿de qué me suena?, ¿no lo he visto últimamente en las pantallas?

Sí, otra vez hay que hablar de inundaciones. En este febrero la pesadilla de agua vuelve a primer plano. El paseo junto al río Sado, unos cuantos kilómetros al oeste de Torrão, se reconvierte en una especie de Venecia, pero con mucho barro y bastante drama. Las aguas llegan a subir más de un metro y medio en las zonas bajas. Lo peor, no obstante, es el cruel juego de la marea. Como Alcácer está muy cerca de la desembocadura, cuando sube la marea el agua del mar empuja al río hacia atrás y la inundación vuelve a subir, justo cuando los vecinos piensan que lo peor ha pasado. Marines y bomberos tienen que sacar a la gente de sus casas en lanchas neumáticas por mitad de la calle. Las imágenes dan la vuelta por todo el país.

Torrão no sale del todo indemne porque muy cerca queda la presa de Vale do Gaio, a la que tienen que echar un ojo con preocupación. Porque esta presa es, en gran parte, la causante de las inundaciones en Alcácer do Sal. De ser el sitio perfecto para ir con la neverita, echar la tarde viendo a la gente pescar o simplemente dejarte adormecer con el reflejo de los alcornoques en el agua mientras el cielo se pone naranja; de todo eso a ver cómo se convierte en un monstruo descomunal. La situación en el pueblo es de infarto. En Torrão no hay riesgo de que quedar anegado porque está en un alto. Sus casas blancas y esas calles tan fotogénicas se libran de mojarse los pies, pero todo lo que rodea al pueblo es un auténtico caos. Las carreteras que bajan hacia Alcácer y hacia Évora se convierten, por momentos, en ríos, y dejan a los vecinos prácticamente atrapados en su atalaya mientras ven cómo el valle se transforma, con el paso del tiempo, en un mar de lodo.

Al quedar tan cerca de la presa de Vale do Gaio, se oye el estruendo de la presa soltando agua. Tremendo. Los ganaderos y agricultores de la zona son quienes peor lo pasan, ya que tienen que rescatar animales a contrarreloj mientras las huertas de la ribera del Xarrama (el río que alimenta el embalse) y que son el orgullo del lugar, desaparecen bajo el agua. No es solo que se pierda la cosecha; es que el agua baja con tanta fuerza que se lleva por delante cercas, caminos agrícolas y pequeñas infraestructuras que ahora va a costar una fortuna reparar. Hasta aquí el drama.

Por la tarde nos cuesta lo suyo encontrar un sitio abierto para cenar. Ningún restaurante, ninguna tienda. Finalmente, cuando dábamos todo por perdido, nos indican una tasca que puede ser que esté abierta. Vaya si lo está. A media tarde se ven hombrones en la calle con sus tropecientas cervezas encima. Por su parte, dentro del pequeño local hay gente quizá algo mayor e incluso una familia con niños pequeños. La música tradicional alentejana suena por los altavoces, con micrófono en mano para la que parece dueña de la tasca. Conseguimos que acepten a cuatro cicloviajeros para cenar algo a las siete y media. Ni tan mal, visto el panorama.

Volvemos para cenar… y el ambiente no ha decaído en absoluto. La comida queda amenizada por tremendas muestras de cante alentejano (mañana te cuento detalles). Los decibelios han subido respecto a lo que escuchamos a media tarde. Unas bifanhas y un postre de arroz con leche junto con la amabilidad de la dueña y a la vez cantante hacen bien agradable ese rato. Ya de vuelta a nuestro alojamiento, disfrutamos de un atardecer de postal.

Arranca nuestra etapa. Dejamos atrás Torrão y enseguida pasamos del distrito de Setúbal al de Beja. Prácticamente no hay pueblo alguno en los primeros 30 km, a excepción la pequeña aldea de Odivelas, hasta que se llega a Ferreira do Alentejo. La primera parte resulta muy agradable con un sol que se empeña en aparecer entre las nubes.

Desde Odivelas hasta Ferreira do Alentejo el viento pega fuerte y de frente. Además, las encantadoras rectas se convierten en pequeñas torturas, más aún con un considerable tráfico de camiones del que, por cierto ya me avisó Rafael en Coímbra. Incluso hasta hace acto de aparición una fábrica para ensuciar más el paisaje.

Por fin llegamos a Ferreira, entramos en el pueblo y nos acercamos hasta la curiosa Capela do Calvário. Del siglo XVII, es una de las construcciones más insólitas del patrimonio portugués debido a su planta circular y su revestimiento exterior de piedras irregulares incrustadas en el mortero. Pretende simbolizar la dureza del Monte Calvario y la austeridad de la Pasión de Cristo. Eso leo. El edificio, con su volumen cilíndrico y la cúpula semiesférica, resulta bien extraño.

Continuamos callejeando por el pueblo y poco antes de volver a la N2 nos topamos con un marco quilométrico también curioso porque está sobredimensionado. Que sepas que ya andamos por el kilómetro 595. Cada vez queda menos para el 738 en Faro.

Más adelante espera Ervidel, con su embalse de Roxo al lado. La geografía se relaja por completo y nos regala kilómetros de una llanura ondulada donde mandan las grandes fincas, las famosas «herdades». El viento sigue soplando fuerte y de cara. A medida que nos acercamos a Ervidel, el paisaje empieza a teñirse un poco más de verde oscuro porque entramos en territorio de viñedos y olivares; no por nada a Ervidel la llaman la «Aldeia del Vino».

Pero el plato fuerte del día llega en Aljustrel, un lugar que estuvo en mi lista de posibles finales de etapa. Si el Alentejo fuera un cuerpo humano, Aljustrel sería sin duda el corazón, pero un corazón de hierro y cobre que late bajo tierra.

Esta villa no es el típico pueblo alentejano de postal donde solo se escucha el silencio; aquí retumba el eco de una minería que procede de tiempos pretéritos. La historia de las minas de Aljustrel es un viaje que comienza en la época de los romanos, pero que explota, sobre todo, en el siglo XIX, con la industrialización de las minas.

Una tierra roja, polvorienta y un subsuelo que es básicamente un tesoro de pirita, cobre y zinc; esto es Aljustrel. Durante décadas es el motor de la región y atrae a gente de todas partes. Vienen a dejarse los pulmones y la espalda en las galerías. Claro que la riqueza de las minas no se reparte precisamente con justicia social. Hay que pelear para ganar derechos. Los mineros siempre atesoran conciencia de clase. Aquellas condiciones de trabajo hoy bien pueden parecer una pesadilla de película de terror. Saramago encontró unas palabras muy adecuadas para describir este pueblo:

Aljustrel es una tierra roja, de un rojo que llega a ser violento, como si la sangre de la tierra hubiera subido a la superficie para dar testimonio de los sacrificios que aquí se hicieron.

Durante la dictadura del Estado Novo, Aljustrel es un hervidero de resistencia. Ser minero no es solo una profesión, es una identidad política y una manera de ser y estar en el mundo. Se suceden las huelgas, algunas legendarias, y surgen buenos ejemplos de solidaridad entre familias. La mítica figura del minero, con la cara tiznada y la mirada firme, se convierte así en el símbolo de la lucha por la dignidad en todo el Alentejo. Son tiempos de «pan y trabajo», donde cada mejora en la seguridad o en el sueldo se gana a base de sudor y muchas veces de resistencia a la represión.

Con el paso de los años, como suele pasar con todo lo que depende de lo que hay bajo el suelo, la mina pasa por crisis que casi borran al pueblo del mapa. Hay cierres, despidos y momentos en los que parece que Aljustrel se va a convertir en un pueblo fantasma de esos que salen en los westerns. Pero los aljustrelenses, hombres y mujeres, saben resistir. La mina evoluciona, se moderniza y, tras años de incertidumbre, vuelve a rugir con tecnología del siglo XXI.

Hoy ya no vemos aquellas escenas de cientos de hombres bajando con picos, sino máquinas complejas y procesos mucho más limpios y seguros, aunque el espíritu sigue siendo el mismo. ¿Nos lo creemos? ¿Es un progreso real? ¿Hasta cuándo hurgar en las entrañas de la tierra?

De momento parece que están sabiendo abrazar el pasado sin quedarse anclados en la pena. Se inaugura un Parque Minero donde ver los antiguos malacates (esas torres de hierro que subían y bajaban a los mineros) y entender qué es jugarse la vida cada día. La evolución pasa de la pura extracción (que continúa) a la valoración del patrimonio. Todavía se respira el orgullo de saber que, sin los mineros y su lucha, el Alentejo sería un lugar mucho más vacío. Otra vez Saramago:

El viajero mira estas calles y siente que Aljustrel no es un lugar para pasar de largo, sino para detenerse y entender lo que significa ganar el pan debajo de la tierra.

Desde Aljustrel hasta nuestro fin de etapa en Castro Verde quedan todavía 22 km. Viento otro vez. Viento en contra. Llegamos a Carregueiro y giramos un poco a nuestra izquierda. A partir de ahí una inmensa recta, interminable para quienes vamos a pedales, nos conduce a Castro Verde. Solo una casa de cantoneiros se atreve a desafiar la soledad.

Por cierto, estas casas que jalonan los arcenes de las carreteras antiguas de Portugal eran el hogar de los operarios encargados del mantenimiento manual de un tramo específico de la calzada. Surgidas a mediados del siglo XIX y consolidadas durante el siglo XX, respondían a una necesidad logística fundamental en una época donde los desplazamientos eran lentos y la conservación de las vías dependía exclusivamente del trabajo físico diario.

El cantoneiro era, en esencia, el guardián de la carretera. En palabras de Saramago, «es el médico de la carretera, el que conoce cada herida del asfalto, cada bache que el invierno ha abierto como una llaga, y con su pala y su paciencia va remendando el camino para que el mundo pueda seguir pasando sin sentir el dolor de la tierra». Su vida y la de su familia estaban ligadas al asfalto que protegía. Su contrato le obligaba a residir a pie de obra para poder intervenir de inmediato ante cualquier incidencia. Se encargaban de la limpieza de las cunetas, el desbroce de la vegetación que invadía la vía, la reparación de baches con herramientas manuales y el auxilio a los viajeros en apuros en un tiempo en el que creo que aún no existían las balizas V-16. Las casas solían seguir un diseño arquitectónico estándar que incluía un pequeño almacén para guardar picos, palas y carretillas, y frecuentemente disponían de un terreno anexo para un huerto de subsistencia, dado que muchos de estos puestos se encontraban en zonas de gran aislamiento geográfico.

El progreso, claro está, eliminó la figura del cantoneiro residente, pero tras él permanece el rastro de construcciones que hoy forman parte del patrimonio nostálgico del país. «Hay una dignidad silenciosa en estas casas de cantoneiros, plantadas al borde de la velocidad, donde el hombre que vigila el camino parece ser el único que comprende que una carretera no es solo un lugar por donde se va, sino un lugar donde se vive». El destino de estas casas en la actualidad es muy diverso; mientras algunas han sucumbido al abandono y se presentan como ruinas románticas integradas en el paisaje, otras han sido rescatadas por las cámaras municipales o por inversores privados. Actualmente, es posible encontrar antiguas casas de cantoneiros reconvertidas en museos dedicados a la historia de las carreteras, acogedores alojamientos de turismo rural o incluso paradas de descanso y cafeterías que sirven de refugio al moderno cicloviajero. La N2 les ha dado nueva vida en varios casos. En cierta forma, conforman hitos emocionales que recuerdan la escala humana de las antiguas rutas lusas.Y, por fin, casi diez kilómetros después de la casa de cantoneiros, termina la recta.

Castro Verde y nuestro alojamiento nos dan la bienvenida. 4Bs – Birds & Bicycles es un hospedaje especial que ya conoce Juan. Mañana te cuento. Una cigüeña saluda desde su nido.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 796,70.

Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 10842.

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