Cerca de Coímbra, en Condeixa-a-Nova, vive un amigo que nos acompañó el año pasado cuando hicimos un press trip con la revista Andar en Bici para escribir luego un par de artículos sobre la Gran Ruta de las Aldeias Históricas de Portugal y el Valle del Côa. Canela en rama esa zona, créeme. Pues bien, muy amable, Rafael, que trabaja en A2Z Portugal Walking & Biking, se ha venido para saludar. Lo hace, cómo no, en bici. Ya le he dicho que no será la última vez que me pedalee por aquí. Por si no te has dado cuenta, me encanta conocer este país a ritmo cicloviajero. Muito obrigado, Rafael :-)

Aquí al lado de nuestro hotel, River Suites, (por cierto, recomendado por Rafael porque es uno de los hoteles con los que trabajan) queda el Monasterio de Santa Clara-a-Velha, que, como te contaba ayer, ha ocupado últimamente, otra vez, portadas de periódicos y titulares en la televisión y en las redes sociales. La imagen del edificio anegado en todo su perímetro, es espectacular. Sí, su historia es una crónica de fe frente a la fuerza implacable del río Mondego. Aunque el edificio de hoy es de factura gótica, su origen se remonta a finales del siglo XIII, cuando doña Mor Dias funda un modesto convento de clarisas en la orilla izquierda del río. Sin embargo, la verdadera transformación llega de la mano de la Reina Santa Isabel, esposa del rey Dionisio I, quien decide refundar y ampliar el complejo en el siglo XIV para convertirlo en su propio refugio espiritual.

Ya desde el principio, el gran error estratégico de su construcción es su ubicación. Me imagino a los jubiletas de turno allá por el XIII, apoyados en la valla de la obra, viendo cómo avanza el desaguisado y poniendo a caldo a los ingenieros de turno. En definitiva, que el monasterio se erige sobre un terreno aluvial, prácticamente al mismo nivel que el cauce del río. Y cada invierno, las clarisas, en vez de dedicarse a los pasteles de gloria, las tortas de almendra o las yemas de Santa Clara, allá que tienen que achicar agua. Seguro que las pobres andan fatal del reúma, con tanta humedad.
Hasta que en el siglo XVII la paciencia llega a su límite. En 1677, el rey Pedro II ordena el traslado de la comunidad a un nuevo emplazamiento en una colina cercana. Nace así el Monasterio de Santa Clara-a-Nova. El antiguo edificio queda abandonado y semienterrado bajo el lodo durante más de trescientos años, hasta que un ambicioso proyecto arqueológico a finales del siglo XX lo rescata del olvido. Y para sorpresa de todos, la joya gótica del XIV, milagrosamente, emerge de nuevo. O sea, que ahora tenemos dos mosteiros de Santa Clara: el que queda en la colina… y el que sigue inundando cada cierto tiempo. Por supuesto, para el visitante mola más el segundo. Pero las clarisas puede que piensen distinto.

Dice Saramago que «Coímbra, vista de lejos, es un castillo de azúcar que el sol dora o la lluvia disuelve». Es, no obstante, al margen del asunto de los mosteiros, una ciudad pegada (al menos, en el imaginario colectivo) a su universidad, como Quevedo era un hombre pegado a su nariz. Inaugurada a finales del siglo XIII y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la universidad pone a Coímbra (y a Portugal) en el mapa. Con semejante antigüedad, tradiciones las tiene todas. «En Coímbra, el viajero comprende que el tiempo no es una línea recta, sino un pozo profundo donde las eras se amontonan unas sobre otras».
Una de ellas tiene que ver con la Biblioteca Joanina, donde habita una colonia de murciélagos que cumple una función esencial desde hace siglos. Estos pequeños mamíferos permanecen ocultos tras los estantes de madera durante el día y salen por la noche para alimentarse de los insectos que podrían dañar los libros antiguos. Protegen así miles de ejemplares únicos de forma natural. Para evitar que los excrementos dañen el mobiliario, los bibliotecarios cubren las mesas de cuero con mantas de piel todas las tardes antes de cerrar. Si es que tienes que quererlos… ¡a los murciélagos y a los bibliotecarios! Sabía lo de los «ratones de biblioteca, pero no eso de los ¡murciélagos de biblioteca!

¿Más tradiciones universitarias? Además del archiconocido traje académico de capa y sotana negra que inspiró a J.K. Rowling para el vestuario de Harry Potter, aquí cantan el Fado de Coímbra. A diferencia del de Lisboa, es solo cosa de hombres, como Soberano. Los intérpretes se disfrazan de Harry Potter visten el traje académico tradicional y se dan a la serenata bajo las ventanas de las enamoradas. Si te gusta, nada de aplaudir, que es muy vulgar: el respeto se muestra con una serie de carraspeos o toses profundas. Según parece, el momento álgido es a fin de curso, sobre todo si has aprobado, claro. Pues eso, cosas de hombres, como Soberano.
Pero vamos a lo importante, vamos con la leyenda por excelencia de Coímbra. Puede que te suene. El caso es que en el corazón de la ciudad se encuentra la Quinta das Lágrimas, un jardín que fue escenario de la historia de amor más trágica de Portugal, la de Pedro e Inés de Castro. No me resisto a contártela. Luego me dices si la conocías. El buen hombre, qué culpa tiene él, se enamora de una gallega. No es problema si solo se trata de eso, pero resulta que la mujer es dama de compañía de su esposa y él es heredero al trono. El amor es ciego, ¿no? Pues bien, cuando la esposa muere, Pedro e Inés viven un romance clandestino y apasionado. Y hete ahí que incluso traen al mundo varios hijos para escarnio de la sociedad de la época. En esas estaban cuando el padre de Pedro (que no era otro que el rey Alfonso IV) dice que hasta ahí has llegado, hijo mío, que me tienes harto, Pedrito. ¿Es que no te das cuenta de que, por culpa de la gallega esa, Castilla cada vez tiene más influencia en nuestro reino? Así no vamos a ningún lado.
Pero nada, que el hijo dice que está muy enamorado y que de ahí no me bajas. Con que no, ¿eh? Pues te vas a enterar. El rey aprovecha una ausencia del infante heredero, que se ha ido de caza, y se presenta con tres consejeros nobles en la Quinta das Lágrimas para tener cuatro palabras con Inés. La cosa se pone fea y degüellan a la mujer delante de sus hijos. Cosas de la época, tampoco nos vamos a poner tiquismiquis. La leyenda dice que, como consecuencia, las piedras del manantial quedan por siempre con unas manchas rojizas, que son la marca indeleble de la sangre derramada. Ay, la pobre Inés pasa a mejor vida. ¿Y ahora?

Foto de Carlos Luis M C da Cruz cedida a dominio público
Muerta la gallega, Pedro no se corta un pelo: guerra civil contra el padre. ¿Quién la gana? Nuestro enamorado. ¡Viva el rey Pedro I el Justiciero! ¡Viva Pedro I el Cruel! Tú eliges calificativo, que para algo tiene estos dos. Pero, ojo, que aquí no acaba la cosa. El asunto se pone gore, aviso. Una vez coronado, se venga de los asesinos y a dos de ellos les saca el corazón. A uno por el pecho y al otro por la espalda, para qué andarse con tonterías. Todo esto mientras está cenando. Vaya tragaderas. Eso sí, el tercero se le escapa. Pues os vais a enterar. Pasan dos años desde la muerte de su amada y ordena exhumar el cadáver de Inés para sentarla en el trono y proclamarla reina. ¿Eso es todo?
Espera, espera. Obliga a pasar a todos los nobles, incluidos quienes han conspirado contra ella o han mostrado indiferencia ante su asesinato, a desfilar uno por uno ante el trono para arrodillarse y ¡besar la mano inerte y en descomposición de la reina muerta en señal de vasallaje y respeto! Menudo mal trago. Mi consejo: pide la baja como noble, que luego te pasan estas cosas. Venga, vamos con otros asuntos conimbricenses, que vaya arranque de artículo que te estoy encasquetando. Y a todo esto, no me puedo resistir a que escuches la historia en la voz de Nieves Concostrina, toda una referente en esto de las historias truculentas palaciegas.
Debes saber que la ciudad, entre otras curiosidades, alberga dos catedrales, situadas, además, a muy poca distancia la una de la otra. Representan, claro está, dos épocas y dos mentalidades arquitectónicas totalmente opuestas. La Sé Velha o Catedral Vieja es una de las joyas más importantes del románico en Portugal. Del siglo XII, su aspecto exterior recuerda más al de un castillo o una fortaleza que al de un templo religioso, con muros gruesos y almenas diseñadas para la defensa en una época de frontera. En su interior, misticismo y austeridad. Sin embargo, cuenta también con un impresionante retablo gótico flamígero en el altar mayor y un claustro de transición al gótico que invita al recogimiento. Así pues, un buen lugar para empaparse de historia medieval y escenario principal, por cierto, de las tradiciones universitarias de la ciudad.
Por el contrario, la Sé Nova o Catedral Nueva abraza la grandiosidad del Barroco y el Manierismo. Aunque su construcción comienza a finales del siglo XVI para servir como colegio de los Jesuitas, no se convierte en catedral hasta el siglo XVIII. Su fachada es monumental y mucho más ornamentada. Domina la parte alta de la ciudad junto a la Universidad. Aquí el interior es espacioso y lleno de luz: altares con la típica talla dorada portuguesa y una imponente cúpula. O sea, el edificio transmite una considerable sensación de poder y una riqueza visual que contrasta con la penumbra de la catedral vieja. Así pues, la Sé Velha se define por su carácter defensivo, íntimo y románico; la Sé Nova, en cambio, destaca por su escala jesuítica, su luminosidad y su exuberancia barroca. Tú eliges. Yo, ya te lo adelanto, soy más de estilo humilde y recogido.
Todo este panorama nos sirve como telón de fondo para una opípara cena. El acontecimiento tiene lugar en Rui Manel dos Ossos. Se ve que ha abierto a finales de este pasado 2025 siguiendo la tradición de otro local que quedaba al lado. Servidora se mete entre pecho y espalda (olvida la mención anterior al colega Pedro el Cruel) un sublime arroz de feijão malandro com barriguinha do porco. El restaurante estaba a reventar de gente y mira que cuenta con varias zonas de comedores. En fin, lujuria pura. La mejor cena hasta ahora. Como cuentan en coimbracolectiva.pt:
En Beco do Forno, uno de los callejones más estrechos y misteriosos del centro de Coimbra, emerge un nuevo espacio con un nombre casi idéntico al del legendario restaurante contiguo: Rui Manuel dos Ossos. Entre muros de piedra milenarios, casi rozando los del mítico Zé Manuel dos Ossos, la ciudad ya observa con curiosidad la promesa de historias que se renuevan.
Venga, toca pedalear; no todo va a ser guía turística. Nada más salir cruzamos el puente sobre el Mondego por la pasarela por la que entramos ayer y le decimos adiós a la universidad, allá en lo alto de la colina. La niebla acompaña a los cicloviajeros.

Deshacemos cinco kilómetros de la etapa previa y volvemos a cruzar el río, ahora en dirección sur. Nos dirigimos hacia Lousã por la N17. Bueno, no todo el grupo. Los hay despistados y luego está Alberto. Él sigue un plan B aderezado por un buen número de supuestos falsos en cuanto a numeración de carreteras y orientación. Felicidad la suya.

El diseño de esta etapa solo va a coincidir con la N2 en sus últimos cinco kilómetros. Toma nota del aviso. Pero hay una razón: las aldeas de esquisto. Ten paciencia, te lo explico un par de párrafos más abajo. Le decimos adiós al río Mondego.

Santo diossss, vaya puente que se ve ahí por delante. Semejante megaestructura forma parte de la A-13. Inaugurado en 2014, cuenta con una altura máxima de 140 metros sobre el lecho del río y un vano central de 250 metros de longitud (la distancia entre pilares) y tiene casi un kilómetro de longitud total. Medio mareados por las dimensiones, continuamos adelante.
Acompañamos al río Ceira durante un buen trecho por su margen derecha. Se ve que hace poco ha habido una buena crecida por lo que delatan ambas orillas. Dejamos la N17 y entramos enseguida en Lousã, que es la puerta de entrada a la sierra del mismo nombre, un macizo que forma parte de la cordillera Central y que es famoso, entre otras cosas, por el esquisto. Nos esperan algo más de veinte kilómetros de subida, con un breve descenso a la mitad. Paciencia y buena letra. Todo tiene una razón, no te mosquees conmigo.

El asunto es que hay una red de pueblos que presumen del esquisto en la construcción de sus casas. Las Aldeas de Esquisto se extienden principalmente por la Cordillera Central (en 2021 ya pernocté en esa maravilla que es Piodão). Además de esta sierra por la que pedaleamos, se pueden encontrar también en la Sierra del Açor, en el entorno del río Zêzere y en la zona del Tajo-Ocreza. Son veintisiete poblaciones las que conforman la lista oficial. La historia de estas aldeas está marcada por el aislamiento y la autosuficiencia de sus habitantes, quienes desarrollan un modo de vida profundamente ligado a los ciclos de la naturaleza, el pastoreo de cabras y la agricultura de subsistencia en bancales. Durante gran parte del siglo XX, muchas de estas localidades sufren un abandono progresivo debido al éxodo rural. La Red de Aldeas de Esquisto busca devolverlas al presente. Ahora bien, ¿qué es exactamente el esquisto? Echamos mano de Gemini para explicarlo. Lee despacio, que entra para el examen.
El esquisto es una roca metamórfica que se forma cuando otras piedras, como la arcilla o el lodo, se someten a grandes presiones y temperaturas en el interior de la Tierra. Su característica principal es que se organiza en láminas o capas finas y paralelas, lo que permite romperla en piezas planas con relativa facilidad. Existe una relación directa entre el esquisto y la pizarra: ambos pertenecen a la misma «familia» de transformación geológica. La pizarra es, de hecho, el primer paso en este proceso; si la pizarra se sigue calentando y comprimiendo, sus minerales crecen y se vuelven visibles al ojo humano, transformándose técnicamente en esquisto.
En el interior de Portugal, especialmente en las zonas de montaña del centro y norte, el esquisto es el material de construcción por excelencia debido a su abundancia natural. La falta de otras piedras más blandas obligó a los habitantes a usar lo que tenían a mano. Su capacidad para ser cortado en lajas planas lo hace ideal para levantar muros resistentes sin apenas usar cemento y para cubrir tejados que soportan perfectamente la lluvia y la nieve. Es un material duradero que aísla del clima extremo y otorga a estas poblaciones su característico color oscuro y su aspecto eterno.
Cada una de las aldeas posee una personalidad propia que refleja su ubicación geográfica. En esta Sierra de Lousã quedan Casal Novo y Talasnal.
Para ahí vamos. ¡Toma cuesta a la salida de Lousa! Venga, foto mientras nos cruzamos con una cuadrilla de aguerridos descenders. Si es que van como locos. Nada, nada, son buena gente, uno de ellos se ofrece a hacernos una foto.

La carretera, toda ella un conjunto infinito de curvas, se abre paso como puede entre los bosques de castaños y robles. Estas dos Aldeas, Casal Novo y Talasnal, quedan muy cerca una de otra y comparten la misma arquitectura de piedra oscura y pizarra que parece emerger directamente de las laderas de la montaña. Primero llegamos a Casal Novo. Paramos un momento, callejeamos un poco y vuelta a la ruta. Todo ello después de otro despiste con el track.
Nuestro destino preferente es Talasnal, la joya de la corona de la red de aldeas. Es la más grande y mejor recuperada de la zona. Sus calles son un laberinto de esquisto donde el sonido del agua siempre está presente gracias a las pequeñas fuentes y levadas que atraviesan el núcleo. Antes de entrar en el pueblo, un mirador desde la carretera muestra el conjunto de casas apiñadas que parecen colgar del abismo, rodeadas de una vegetación exuberante donde predominan los castaños y los robles.

Bajamos hasta la aldea y callejeamos un poco. Según leo en un artículo del National Geographic, en 1981 solo vivía aquí una pareja. Hoy el turismo nos deja un pueblo de postal. Hay vida, otra vida muy distinta de aquella tan dura que conocieron quienes vivieron aquí hace cincuenta o cien años. Segundas viviendas, hostelería; las cosas del turismo, ya sabes.


Tenemos que seguir, que todavía nos queda la mitad de la etapa por delante y toca subir casi otros 500 m de desnivel. Bien podemos decir eso de que pedaleamos por una «ruta escénica». Desde el bosque cerrado y húmedo vamos transitando hacia un paisaje de alta montaña, mucho más expuesto y salvaje. Eso sí, mucho bosque quemado.

Las paredes de esquisto, cortadas para abrir paso a la carretera, muestran las entrañas geológicas de la sierra. Enlazamos con la carretera que viene de Lousã y, tras otros seis kilómetros de subida, por fin, alcanzamos la cima. Una señal de otro tiempo indica: Direçcão de Estradas do Distrito de Leiria. Y otra un poco más adelante: Bem-vindo à União das fregesias Castanheira de Pera e Coentral.


Efectivamente, cambiamos de distrito y encaramos el descenso hacia Castanheira de Pêra. Cerca queda el Alto de Trevim, el punto más elevado de la Sierra de Lousã, a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar. Los aerogeneradores, como en tantos otros lugares, hablan, supuestamente, de progreso.


Encaramos un rapidísimo descenso hacia Castanheira de Pêra. Un poco antes de llegar a un mirador, cogemos una carretera más humilde a la derecha, la CM1151. Tan humilde es que cuando la cogemos no hay señal alguna que diga adónde conduce. Será que no va a ningún lado. El paisaje comienza a transformarse de nuevo. Recuperamos la presencia de cursos de agua que alimentan el valle. Al pasar por una pequeña aldea, Ameal, ya muy cerca de Castanheira, hasta vemos una hermosa palmera.
Castanheira de Pêra es un municipio del distrito de Leiria cuya historia está íntimamente ligada a la industria textil, que florece en el siglo XIX gracias a la abundancia de agua y la fuerza de los ríos que bajan de la montaña. Sin embargo, hoy su nombre se asocia en gran parte a Praia das Rocas, un complejo de ocio único que aprovecha las aguas de la Ribeira de Pêra para crear un lago de baño con olas artificiales. Nivelazo aquí en la sierra. Muy bonitos los jardines Casa da Criança Dona Leonor.

Seguimos hacia Derreada Cimeira a través de la CM1162. Ganamos de nuevo algo de altura. Pinos y eucaliptos dominan el entorno, aunque todavía se pueden observar manchas de bosque autóctono en los rincones más protegidos. Cada curva puede abrir un nueva ventana panorámica hacia los valles profundos que alimentan la cuenca del río Zêzere, que cruzaremos mañana. Ya cerca de Derreada Cimeira, el paisaje se vuelve más abierto y la arquitectura de piedra empieza a ganar protagonismo en las pequeñas construcciones que salpican la ruta. Cruzamos el pueblo y llegamos, ¡por fin! a la N2. Que no se diga que no la estamos recorriendo de norte a sur. Pues bien, tras cinco kilómetros en suave descenso, Pedrogão Grande nos da la bienvenida. Fin de etapa.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 464,16.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 6611.
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