11 Castro Verde – Cortelha #PortugalN2

Del Alentejo a la Serra de Caldeirão, el final empieza a estar cerca

by Julen

Como te decía ayer, nos alojamos en un lugar muy particular: 4Bs. Toma nota de cada una de las «B»: bed, breakfast, birds y, por fin, bicycles. Lo presentan como un establecimiento dirigido a «ciclistas que buscan un refugio acogedor durante sus aventuras en la región». Y a eso añaden «en una conversación con amigos, en la mesa, compartiendo una comida casera, hecha con cariño». Pues aquí hemos llegado esta cuadrilla de sexagenarios en la que ayer fue décima etapa de nuestra N2 Fantasma. Juan y su amigo Lutgardo nos saludan.

Aunque nuestra B va asociada, sobre todo, a las bicis, lo mismo hay que ir haciendo hueco poco a poco a otra más relajada y contemplativa: la de avistar aves. El tiempo nos va poniendo a cada cual en nuestro sitio. El cicloviajero también piensa que todo tiene su momento en la vida. Y si aquí se puede disfrutar de excursiones de observación de aves con guías locales, por qué no aprovechar, quizá en el futuro, esta oferta de paz y sosiego en una zona protegida. La avutarda, el peso pesado de las aves que vuelan, te espera.

La Zona de Especial Protección (ZEP) de Castro Verde forma parte del núcleo de Campo Branco, una región de penillanura apta para la agricultura y la ganadería extensivas, cuyo hábitat predominante son extensas zonas agrícolas desprovistas de vegetación arbórea o arbustiva. También existen encinares de densidad variable, brezales dominados por matorrales de jaras y olivares tradicionales. Recientemente, la superficie forestal ha aumentado debido a la reciente forestación con pino piñonero y encina.

Bicis y aves unen sus destinos en Castro Verde, y es que entre los próximos 9 y 15 de mayo se celebra la V Edición de la Gravel Birds Ultracycling, con tres distancias/rutas disponibles. Esta V Edición comienza y termina en Castro Verde. La cena de bienvenida y presentación del evento será en la noche del 8 de mayo.

Gravel Birds Ultracycling es tanto un reto personal de bikepacking como una aventura ciclista colectiva. Es una oportunidad para poner a prueba tus límites mientras otros hacen lo mismo.
No es una carrera . No es una competición. Gravel Birds sigue un enfoque estrictamente autosuficiente, y no se permite el drafting.

Por si no te suena esto del drafting, es lo que en castellano, en el argot ciclista, llamamos «chupar rueda». En el gravel puede tener un toque un poco más sucio y aventurero que en la carretera. Si vienes del ciclismo de asfalto, ya sabes de sobra de qué va: te pegas al de delante para que él se coma todo el viento y tú ahorras energía. Pues bien, esto lo prohíben expresamente. No me queda claro por qué esta norma. Según parece, nada de camaradería (hoy por ti, mañana por mí). Aquí se viene en plan ultraindividual. A sufrir. ¿O debo leerlo de otra forma?

En Castroverde tuvo lugar la legendaria Batalla de Ourique. ¿Por qué es importante? Hay quien dice que es de donde nació el reino de Portugal cuando Alfonso Enríquez derrotó a los cinco reyes moros. Para conmemorar semejante gesta, podemos disfrutar de la Basílica Real Nossa Senhora da Conceição.

Por fuera parece una iglesia más, pero por dentro ¡está forrada de azulejos que te cuentan toda la batalla como si fuera un cómic gigante del siglo XVIII! De algún modo, es un monumento a la fe y a la historia nacional. Esas miles de piezas de cerámica azul y blanca son un empeño por preservar la historia (la foto está tomada de Internet porque encontramos la basílica cerrada).

Por lo demás, Castro Verde vive del campo, de la ganadería y de ese ritmo pausado que solo se consigue cuando la ciudad queda lejos. Además, es un punto neurálgico de la cultura tradicional: el cante alentejano y la viola campaniça (un instrumento de cuerda con un sonido metálico muy particular) siempre han estado muy presentes en las tabernas.

En octubre celebran aquí una feria con mercados de ganado, artesanía y comida. Sí, de esa contundente, pensada para quienes gastan calorías en su trabajo diario. Por cierto, ya que hablamos del cante alentejano, te cuento algunas cosas.

Ya sabes que en la crónica de ayer te conté que en la tasca de Torrão donde cenamos escuchamos este cante. No hay duda de que la banda sonora oficial por estas tierras es el cante alentejano, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Olvídate de instrumentos complicados; aquí la magia es pura garganta y espíritu de grupo. El cante es básicamente una cuadrilla de hombrones (aunque se ven ya mujeres) que se juntan para cantar a capela, sin música de fondo.

Las corales están formadas por grupos de hasta treinta cantores, divididos en varios grupos. Un cantante solista, “el ponto” inicia el canto en un registro grave y un “alto” le sigue en un registro más agudo, repitiendo la cantiga en una tercia o una décima más alta y ornamentándola con florituras. Luego prorrumpen a cantar todos los demás miembros de la coral, interpretando las estrofas restantes en tercias paralelas. La voz dominante del alto dirige la coral a lo largo de todo el canto.

Las letras giran en torno a la vida en el campo, la naturaleza, el amor, la maternidad o la religión, así como la evolución actual de la vida cultural y social. Es evidentemente un elemento nuclear de la vida social en todas las comunidades del Alentejo e impregna las reuniones organizadas en lugares públicos y privados. Es sentimiento de identidad y pertenencia. Un fenómeno que no podíamos obviar en nuestras crónicas, ¿no te parece?

El pueblo muestra casas de una sola planta diseñadas para mantener el frescor en verano, protegidas por gruesos muros de mampostería y coronadas por chimeneas monumentales. Castro Verde es, además, la capital espiritual del Campo Blanco, un territorio que, siendo Alentejo, se diferencia sobre todo por la ausencia de árboles. Cereales y pastos juegan con un cromatismo que cambia según la época del año. Para el cicloviajero que viaja en el mes de abril se traduce en un verde intenso de cereal en crecimiento.

El pelotón ciclista se dividió en dos grupos. El mío cenó comida vegetariana en 4Bs mientras echaba un vistazo a algunos libros en torno a la cultura ciclista, cómo no. Y sí, me viene a la cabeza mi visita al museo de Agostinho en Torres Vedras allá por 2022.

Comenzamos a pedalear tras un fantástico desayuno a cargo de nuestra anfitriona.

La monotonía de las rectas de la N2 se queda a vivir con nosotros de nuevo. Hasta Almodovar el tráfico es un poco molesto. No tanto por la intensidad, sino por el paso bastante frecuente de camiones y por el de algunos coches que pisan el acelerador como si no hubiese un mañana. Eso sí, el verde de la primavera nos saluda a cada pedalada.

Veinte kilómetros después de comenzar, entramos en Almodôvar. Velocidade controlada 50. La señal indica que esto es, por fin, otro pueblo, incluso con su carril bici. Pero algo empieza a cambiar. «Almodôvar es una villa blanca, puesta como un pañuelo en la llanura, que ya empieza a no serlo tanto porque aquí las ondulaciones del terreno anuncian la cercanía de la sierra». Saramago nos avisa. Nosotros pedaleamos hasta el que llaman «puente romano». «Dicen que es romano este puente de Almodôvar, y el viajero, que no es arqueólogo, no se atreve a decir que no lo es, pero ve en él una sencillez tan despojada, una manera tan honesta de cruzar el agua, que poco importa quién puso la primera piedra.»

Nosotros tampoco somos arqueólogos, solo cicloviajeros. Saramago suele bromear con que, si un puente es viejo y aguanta, automáticamente se le llama romano. Le interesa más la «honestidad», según parece, de la construcción que su rigor histórico. Así que el cicloviajero ve aquí un puente viejo, funcional, sólido, sin adornos innecesarios. Un puente como debe ser.

Almodovar presume también de una serie de esculturas creadas por Aureliano Marques de Aguiar, quien utiliza materiales reciclados de hierro viejo para dar vida a figuras que alcanzan unas dimensiones considerables. Las obras rinden homenaje a las profesiones tradicionales y a la identidad local. A modo ejemplo, puedes echar un vistazo a la de los bomberos.

Dejamos por fin atrás el último suspiro de las llanuras alentejanas para enfrentar las primeras estribaciones de la Serra do Caldeirão. Lo hacemos, cómo no, dando esquinazo a la N2 y ofreciendo una oportunidad a pequeños pueblos como Curvatos y Azinhal. Ya sabes de nuestra reconocida infidelidad a la N2. La sierra enseguida enseña sus cartas: sucesivas ondulaciones forradas de alcornoques, jaras y madroños.

De hecho, esta sierra es la capital mundial del corcho. Los árboles se bajan los pantalones y enseñan sus piernas, bien depiladas. Disculpa, no me podía resistir al símil ciclista. Lo entiendes, ¿verdad? En común con el Alentejo, eso sí: la soledad. Puedes pedalear un buen rato sin cruzarte más que con alguna perdiz despistada o, si hay suerte, con un zorro curioso. La vida continúa despacio. Las señoras siguen tejiendo lino mientras los hombres destilan el famoso aguardiente de madroño. Los roles de género atávico en la vida lusa, ya se sabe.

Saramago encuentra aquí uno de los momentos más líricos y, a la vez, melancólicos de su Viaje a Portugal. Para él, esta sierra no es solo un accidente geográfico, sino la frontera física y espiritual entre el Alentejo y el Algarve. «El viajero sube la Sierra de Caldeirão, y de repente el mundo se vuelve un oleaje de montes, una sucesión infinita de lomos de tierra que parecen no tener fin.» Este es el muro que separa la austeridad alentejana de la luz del sur:

La Sierra de Caldeirão es una frontera de piedra y silencio. Por detrás queda la llanura infinita, por delante el mar que se adivina, pero aquí, en lo alto, solo hay el viento y la soledad de las curvas que se retuercen sobre sí mismas. […]

Hay una tristeza grandiosa en estas cumbres desnudas, donde el hombre parece haber pasado de largo, dejando solo la carretera como una cinta olvidada entre los jarales.

Pedaleamos con paciencia, curva a curva. Olemos los jarales. Notamos el cambio de luz. El Océano debe estar ahí enfrente. Volvemos a la N2 en Dogueno. Nos queda un tramo de cuarenta kilómetros hasta Cortelha. La ruta inicia un ascenso constante y sinuoso. El paisaje de campos de trigo y encinas es sustituido por una vegetación más densa y húmeda, donde los madroños, los brezos y los alcornocales jóvenes dominan las laderas. Cruzamos el río Vasçao y entramos en el distrito de Faro, entramos en el Algarve.

Una señal indica que entramos en el concelho de Loulé e incluye información de que hay playas. Pues va a ser que sí. Este es el municipio más extenso del Algarve y, aunque su capital queda a diez kilómetros de la costa, esto no es óbice para que disponga de trece kilómetros de litoral, que incluyen, además, complejos de lujo y destinos turísticos de primer nivel como Vilamoura. Definitivamente, esto sí que es pasar pantalla en nuestra travesía. Nosotros, de momento, continuamos atravesando la sierra de Caldeirão.

El paso por Ameixial marca un hito psicológico. Cruzamos el pueblo. A la salida dejamos el cementerio a nuestra izquierda. Se ven ya señales que indican dirección a Faro. Todavía quedan casi veinte kilómetros para terminar la etapa, pero el final empieza a tomar presencia.

Continúa la fiesta de curvas y el terreno serrano. Al paso nos sale otra preciosa casa de cantoneiros, esta vez muy rehabilitada. Las señales, que en la carretera son de metal, aquí lucen azulejo. Faro queda a 44,5 kilómetros. El final de la N2 está cada vez más cerca.

Más adelante tenemos una parada obligatoria en el Miradouro do Caldeirão, que cuenta con su correspondiente baloiço. Bueno, y una torre circular que busca el cielo.

La llegada a Cortelha se produce tras una serie de curvas enlazadas que desembocan en una pequeña llanura de montaña. Cortelha es un nudo de caminos tradicional, una parada de postas histórica donde los viajeros del pasado descansaban antes de acometer el descenso final hacia Faro. El cicloviajero que recorre la N2 se encuentra en la misma tesitura. Y con avisos de que este es territorio de medronho. O medronhito.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 865,68.

Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 11840.

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