Para la una del mediodía estoy en Peguera. En el Hotel Neptuno me tratan muy bien, aunque la habitación, pequeña pero muy limpia y agradable, está en el segundo piso y hasta allí tengo que subir con la bici. Pero no ha habido problemas. Ya tenemos callo. La chica de la recepción es muy amable y puedo hacer el check-in nada más llegar. Tenía miedo de que los nubarrones descargaran y quería llegar pronto.
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Llueve, llueve y llueve
A partir de las tres de la tarde el cielo, finalmente, se desploma sobre Peguera. Me pilla comiendo un plato thai de pollo con curry bastante digno.

Subo a la habitación; poco más puedo hacer. Diluvia. Lo escucho. Hago un par de llamadas, leo algunas páginas de la última novela de Empar Fernández, a quien han premiado en la edición de este año de Bruma Negra. Venga, vamos hasta la playa de La Palmera. Sorteamos como podemos los charcos.
La playa languidece vacía, el horizonte se diluye entre la bruma, el ambiente se carga de melancolía. Con este tiempo, los destinos de sol y playa se retuercen sobre sí mismos, incapaces de entender qué está pasando. La lluvia les roba su razón de ser. Entramos a tomar un café en uno de los numerosos cafés y restaurantes frente a la playa desierta. Hoy flojeará la caja.

A diferencia de otros núcleos vacacionales de la isla que, como te he comentado estos dos días atrás, alcanzaron la fama internacional vinculados al ocio nocturno desenfrenado, Peguera se desarrolla históricamente bajo un sello distintivo caracterizado por la tranquilidad, el ambiente familiar y una estrecha relación con el mercado emisor germánico, que la convierte –sí, no solo ocurrió con S’Arenal– desde los años setenta, en uno de sus rincones preferidos en el Mediterráneo.
De todas formas, el «Bulevard», que es como se llama la calle que discurre paralela a la playa es un continuo de la habitual oferta: supermarket, low cost, souvenir y más de lo mismo. Un bucle infinito.
ES-Alert
En esas estamos, viendo cómo sigue lloviendo. Decido, por fin, levantar mi culo del asiento en la terraza de la cafetería en la que llevo casi una hora mirando la playa y el mar. Unas mesas más allá una familia alemana hace lo mismo. Entro a pagar con el móvil. Justo en el momento en que lo estoy haciendo me salta una alerta. A mí y a todos los que están en el bar. Se arma un poco de revuelo. Aviso rojo por lluvias extremas en las próximas horas. Es una ES-Alert, esa que todos conocemos desde el drama de las inundaciones en Valencia.

Te dejo una captura de la alerta y la previsión en ese momento con un pico tremendo de lluvia previsto para las 3 de la mañana. En el Bulevard una señora con un niño intenta explicarles a unos pakistanís que es mejor que cierren el negocio. Se mezcla cierta incredulidad con un evidente miedo o respeto. O lo que sea.
El chico que ahora está en la recepción me cuenta que ha empezado a recibir llamadas de clientes que no saben qué hacer. Cuatro chicas mexicanas han decidido marcharse directamente. Han hecho las maletas y se han ido. Me cuenta que desde que vive en la isla, en 2007, nunca había recibido un ES-Alert. Miramos la web de AEMET y Windy. Parece que a partir de las cinco de la mañana todo se calma. Llamo a casa para contar lo que pasa y explicar que tendré todas las precauciones habidas y por haber.
Ceno al lado del hotel. No me complico y pido una hamburguesa de pollo. Sigue lloviendo con fuerza. Subo a la habitación. Lo confieso, intranquilo, me cuesta mucho conciliar el sueño. Duermo a ratos. Pienso en los barrancos cercanos, que los hay. Y sí, claro pienso en Paiporta. Sin dramas, pero con la mosca detrás de la oreja. Me levanto ni sé la de veces a mirar por la ventana. Nada. Otra vez. Nada. Son las cuatro de la mañana. Nada. A las siete me levanto definitivamente. Creo que no ha caído ni una gota. Sí, claro, mejor. Bendito error en la previsión. No sé si en otros lugares del suroeste de Mallorca, que es la zona de alerta roja, ha pasado algo.
Peguera: mar, pero cerca de la sierra
Peguera puede presumir de tres grandes calas de arena fina y aguas serenas que quedan separadas por salientes rocosos: Platja Gran, Platja de Palmira y Platja Tora. Las tres quedan conectadas entre sí por un coqueto paseo marítimo que discurre en paralelo a la línea de costa y por el Bulevar de Peguera.
Esta es la verdadera arteria comercial y social, una gran avenida de uso eminentemente peatonal durante las tardes y noches que concentra una amplia oferta de restaurantes, cafeterías, comercios tradicionales y terrazas que se animan al atardecer. Y ahí estábamos nosotros. ¿Qué te ha parecido? Ya, que el mal tiempo lo desluce un poco. Pues sí, tienes razón.
Por lo que leo, quizá Peguera ha sabido transformar su perfil sin perder su esencia acogedora. Ha sabido desestacionalizar la actividad turística. Quizá tenga ver con ello lo que vamos a hacemos tú y yo hoy mismo: aprovechar su privilegiada ubicación geográfica, al pie de la ladera meridional de la Serra de Tramuntana –declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO–, para pedalear. Peguera se orienta ahora también hacia el turismo activo y de naturaleza sin perder su posición de privilegio junto a la costa mediterránea. Senderistas, runners y ciclistas (de monte y de carretera) podemos disfrutar de la extensa red de caminos de la sierra y el clima benigno. Valeeeee, hoy no hay clima benigno. Que sí, que ya te he oído. Bueno, el caso es que , por ejemplo, aquí se dan cita un par de eventos deportivos de nivel internacional.
La Challenge Peguera-Mallorca de triatlón es el gran evento deportivo de la zona y en su edición de 2026 se ha celebrado precisamente ayer. De hecho, todavía se ven «restos» de la prueba por la zona. En cierta forma marca el cierre de la temporada turística. Reúne a cientos de triatletas profesionales y amateurs de todo el mundo para competir en la modalidad de media distancia: 1,9 km de natación en la playa de Torà, 90 km de ciclismo por los paisajes y carreteras de Calvià y la Serra de Tramuntana, y 21 km de carrera a pie a lo largo del Bulevar de Peguera y el paseo marítimo. La recepcionista del hotel me dice, no obstante, que, sobre todo, es una prueba para guiris. Novedad.
El otro gran evento es la Galatzó Trail, una carrera de montaña que se organiza en el mes de marzo y que es muy popular. El trail running tiene aquí su cita y el centro de operaciones queda en la finca pública de Galatzó, a pocos minutos de Peguera. Ofrece varias distancias: maratón y media maratón, junto con una versión «Explorer» de 12 kilómetros, más asequible. Quienes se inscriben tienen la oportunidad de disfrutar de los senderos, cresterías y bosques de la Serra de Tramuntana. Durante el recorrido se corona el Puig de Galatzó, de ahí el nombre de la carrera.
Hacia Port d’Andratx y Andratx Vell
Desayuno en el hotel. Está la recepcionista de ayer cuando llegue. Todo el mundo está flipando con la alerta. El día pinta desapacible, la verdad. Tomamos dirección al Port d’Andratx. Nos alejamos un poco de la costa y dejamos a nuestra izquierda la Punta de Andritxol. Circulamos por asfalto hasta Camp de Mar, donde otra vez nos arrimamos al mar. Atravesamos la Urbanizació Biniorella y enseguida, cuando apenas si llevamos diez kilómetros, entramos ya en Port d’Andratx.


Estamos a las puertas de las estribaciones de la Serra de Tramuntana. Este es, no hay duda, uno de los enclaves marineros más exclusivos del Mediterráneo. Aquel modesto refugio pesquero defensivo para el municipio de Andratx se ha transformado, con el paso de las décadas, en un destino de lujo de fama internacional, caracterizado por su ambiente cosmopolita, sobrio y alejado del turismo de masas. Tú y yo nos acercamos al moderno club náutico, dotado de amarres para embarcaciones de gran eslora. Cerca queda también la lonja pesquera tradicional, donde los pescadores locales continúan vendiendo sus capturas diarias al atardecer. Esta pequeña ensenada presume de un paseo peatonal con un selecto despliegue de restaurantes de alta gastronomía, galerías de arte, bares de diseño y tiendas exclusivas.
Alrededor quedan acantilados salpicados por villas residenciales para la gente rica. Además, aquí y allá emergen calas de aguas cristalinas: Cala Llamp, Cala Marmassen o Cala Moragues actúan como refugio náutico para embarcaciones de recreo que, me temo, ni tú ni yo nunca nos podremos permitir. Bueno, vale, hablo solo por mí. Nos hacemos una foto junto a una escultura de un corazón y continuamos ruta. Porque, ahora sí, nos dirigimos hacia la Serra de Tramuntana.
Sin embargo, antes de entrar definitivamente en ella, nos queda el paso por S’Arraco primero y luego por Andratx Vell. Aquí ya apreciamos una fisonomía marcadamente tradicional: calles estrechas y empinadas, fachadas de piedra y otro ritmo de vida, más pausado y vinculado al ámbito rural y agrícola. Su ubicación, en el interior, se explica fácil: en época medieval había que resguardarse de los ataques corsarios que asolaban la costa. Así pues, plantamos un impresionante castillo, el de Son Mas –un antiguo caserío fortificado que hoy alberga la sede del Ayuntamiento–, y a ver si se lo piensan dos veces estos puñeteros corsarios antes de atacar. Por si acaso, para pedir protección divina, vamos a levantar una iglesia, que para algo servirá. No obstante, por si caso, ponle unos buenos muros y un torreón. Y a presumir de sistema defensivo histórico antimisiles de la época frente a las incursiones piratas.
En cualquier caso, también se ve turismo y es que cuentan con un referente artístico contemporáneo de primer orden. El CCA Andratx (Centro de Arte Contemporáneo) es una visita obligada.

Nos acercamos hasta sus puertas para apreciar, al menos, su arquitectura. Fundado en 2001 por la pareja de galeristas daneses Jacob y Patricia Asbæk, dispone de un impresionante espacio de 4.000 m² (dentro de una finca de 200.000 m²) y combina a la perfección la arquitectura tradicional mallorquina con líneas minimalistas y un entorno natural único al pie de la Serra de Tramuntana. No hay duda de que queda muy bien integrado en el paisaje montañoso, rodeado de bancales de almendros, olivos y algarrobos.
La Serra Tramuntana
Nos cuenta Xavier Moret:
Es increíble la rapidez con que cambia el paisaje cuando conduces de la costa de Calvià o de Andratx hacia el interior. Unos kilómetros después de dejar la primera línea de mar, saturada de hoteles y apartamentos, en cuanto cruzas la autopista de Ponent entras en un territorio de montaña inesperado, lleno de bosques y caminos solitarios, con casas aisladas y pueblecitos encantadores de vez en cuando. Es una de las cosas buenas que tiene Mallorca, que en pocos minutos puedes pasar del mar a la montaña.
Esta cordillera se despliega a lo largo de 90 kilómetros en el margen noroccidental de Mallorca. No hay duda de que constituye la columna vertebral geográfica, ambiental y cultural del archipiélago balear. Alcanza su máxima cota en el Puig Major a casi 1400 metros sobre el nivel del mar, lo que protege al resto de la isla de los fríos vientos del norte y configura un microclima único. En el año 2011, la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad bajo la categoría de Paisaje Cultural. Era el premio a la simbiótica relación que sus habitantes han mantenido con el entorno montañoso a lo largo de los siglos.
Su atractivo, en gran parte, tiene que ver con la manera en que la mano del hombre ha sido capaz de moldear una geografía abrupta para hacerla habitable y productiva. La falta de suelo llano y la escasez de agua dieron paso a ingeniosos sistemas hidráulicos. La culpa, cómo no, hay que echársela a los musulmanes que se pasaron por aquí en la época andalusí de Mallorca, aproximadamente entre los siglos X y XIII.
Durante esta época, conocida localmente como la Mayurqa islámica, se introdujeron complejas técnicas hidráulicas procedentes del Norte de África y de Oriente Medio: fuentes de mina, albercas y acequias que canalizaban hasta la última gota desde las cumbres hacia los valles. El paisaje quedó profundamente marcado por los marjades, miles de bancales construidos con la técnica tradicional de la piedra en seco, que permiten cultivar olivos milenarios, algarrobos, cítricos y vides en laderas casi verticales. Esta arquitectura de subsistencia, levantada sin el uso de argamasa, no solo evitó la erosión de los suelos, sino que creó un mosaico agrícola de incalculable valor estético.
Además, en los valles y laderas de la sierra se asientan pueblos y villas con mucho encanto como Valldemossa, Deià, Sóller, Fornalutx o Pollença. Son pueblos marcados por la arquitectura de piedra, callejuelas empedradas y frondosos huertos de naranjos. Sea por unas razones o por otras, este ha sido históricamente un refugio e inspiración para escritores, músicos y artistas de la talla de Frédéric Chopin, George Sand, Robert Graves o Joan Miró.
Hoy pasamos por aquí otros artistas. La zona se ha convertido en una de las grandes referencias para senderistas y ciclistas en el sur de Europa. El GR-221, conocido como la Ruta de la Pedra en Sec, atraviesa toda la sierra de un extremo a otro siguiendo antiguos caminos de herradura, senderos de carboneros y vías de comunicación históricas. Durante los meses de otoño, invierno y primavera, el desfile para coronar cimas como el Puig de Massanella o el Puig de Galatzó, explorar el profundo cañón del Torrent de Pareis o entrenar en sus sinuosas carreteras de montaña, presentan a esta Serra de Tramuntana como el mejor baluarte de la Mallorca natural y sostenible.
Nosotros arrancamos nuestro contacto con la sierra por su extremo sur, donde la cordillera muestra una orografía más amable. La vamos a recorrer prácticamente en su totalidad hasta la imponente península de Formentor, donde los acantilados caen de forma vertical hacia las profundidades del Mediterráneo. Venga, vamos suave suave, que tenemos trabajo por delante.
Curvas, miradores y pueblecitos
Pedaleamos por la carretera Ma-10. No hay pérdida posible, porque le vamos a ser fieles hasta llegar a nuestro final de etapa de hoy en Sóller. Este tramo constituye, no sé si es exagerar un poco, una de las grandes mecas del ciclismo mundial, una travesía que recorre de sur a norte el corazón de la Serra de Tramuntana. Nos esperan más de sesenta kilómetros en los que muchas veces la carretera parece esculpida en la propia roca, suspendida entre acantilados, bosques de encinas y con la inmensidad del mar Mediterráneo ahí al lado. Mejor no llevar prisa. Cada pedalada exige su esfuerzo.
Dejamos atrás el ambiente apacible de Andratx y encaramos las primeras rampas hacia el Coll de sa Gramola. Son poco más de cinco kilómetros al 5,3% de pendiente media. Para calentar las piernas no está mal. Los bancales de olivos, algarrobos y pinares nos hacen compañía. Nos cruzamos con una caravana de cinco coches deportivos haciendo el macarra por estas curvas. Capullos.
Tras coronar, la montaña parece abrirse en canal y nos regala una primera vista espectacular del Mediterráneo. La señal del puerto de montaña, como todas las que voy a ver a lo largo del día, es ilegible. Pegatinas y más pegatinas, menuda plaga.

A partir de aquí, el rompepiernas es constante: subidas exigentes y descensos rápidos se suceden. Paramos un momento en el mirador de Ricardo Roca. Según leo, este hombre fue un ingeniero de caminos, canales y puertos que se lució en la modernización de infraestructuras en la isla durante la primera mitad del siglo XX.

Llegamos a Estellencs tras un festival de curvas. Disfrutamos de este balcón natural sobre el mar. Dice Moret que por aquí «algunos pueblos viven, entre el mar y los olivos, como si estuvieran agobiados frente a la inmensidad del paisaje». Poco después paramos en la Torre d’es Verger, que también se conoce como la Talaia de ses Animes. Es una de las atalayas de vigilancia costera más antiguas, famosas y fotogénicas aquí en Mallorca.


A unos 175 metros sobre el mar y rodeada de tremendos acantilados, se construyó en 1579. Formaba parte de la red estratégica de torres defensivas que rodeaban la costa de la isla para proteger a la población local de los continuos ataques de piratas berberiscos e invasores procedentes del norte de África. Aquí curraban los atalayadores (talaiers). ¿Barco enemigo a la vista? Pues a encender humaredas de día o fogatas de noche para comunicarse visualmente de torre en torre hasta hacer llegar la alarma al Palacio de la Almudaina en Palma y a las poblaciones del interior. Ah, y lo de Talaia de ses Animes es por una antigua leyenda local que aseguraba que en las noches invernales de tormenta, las almas de las personas que habían naufragado en los peligrosos acantilados de la costa se reunían a tejer redes en la torre. Así se contaban sus cosas.
Banyalbufar y Valldemossa
Encontramos más puntos fotogénicos al acercarnos a Banyalbufar. Las marjades de las que te hablaba antes descienden en escalones perfectos repletos de viñedos y hortalizas. Poco a poco entramos en un terreno más umbrío. Las encinas centenarias sustituyen gradualmente a los pinos.
El cielo cada vez está más amenazante. Y al final cae una tormenta espectacular que me coge a la salida de Banyalbufar con 14 kilómetros por delante en los que no encuentro un triste techo en el que cobijarme. Truenos, relámpagos, viento, lluvia a discreción. Pero no hace frío. Optimismo que no falte. Solo es alerta naranja.
La entrada en Valldemossa es dantesca. Por la carretera baja una riada considerable. Los coches y furgonetas de reparto que me adelantan lanzan oleadas de agua rojiza porque el terreno es arcilloso. Nada más llegar, me refugio en una parada de autobús. Nos juntamos una buena cuadrilla. Tremendo lo que está cayendo.
Valldemossa se va a quedar para otra ocasión. Entro en una cafetería a tomar un café con leche. Estoy empapado y dejo un buen charco a mi alrededor. Te dejo con Xavier Moret mientras decido qué hacer.
Valldemossa es un pueblo tan bien puesto en un rellano de la sierra de Tramuntana, con unas calles y unas casas tan bonitas, que parece mentira que exista de verdad. Está rodeado de ribazos de olivos y naranjos y bosques de pinos y encinas que crecen no muy lejos del mar. De hecho, el mar no se ve, pero se intuye, ya que a partir de ahí empieza una carretera escénica que cruza una de las partes más bellas de la costa norte, con el azul intenso del mar como protagonista. […]
Las casas de Valldemossa, agrupadas en torno a la cartuja y la iglesia de Sant Bartomeu, parecen de corcho, como si todo el pueblo fuera en realidad una gran maqueta surgida del sueño de un diseñador perfeccionista. La primera impresión es que hemos llegado a un lugar idílico, un pequeño paraíso, pero el retrato de la población sería incompleto si no pusiéramos en él unas decenas de autocares y unos centenares de coches de turistas que llegan atraídos por la historia de la escritora francesa George Sand y su pareja de entonces, el músico polaco Frédéric Chopin.
Podríamos ir a saludar a Chopin y compañía. Y a la Cartuja, por supuesto, un monasterio que hasta la desamortización de Mendizábal de 1835, se mantuvo en silencio. Cosas de esta orden monacal. Ya te conté algunas cosas cuando pedaleamos por Eslovenia, ¿recuerdas? Pero me temo que no es plan con lo que está cayendo.
Podríamos saludar también a Santa Catalina Tomás, cuyo retrato pintado aparece en numerosas casas del pueblo y a la que se tiene gran devoción por toda la isla. Su casa natal hoy se ha transformado en una capilla. Vale, vale, que me dices que por aquí tanta devoción o más que a Santa Catalina se tiene al grupo musical Los Valldemossa, famosos como pocos allá por los años 60. Ojo, que si te suena esta canción, lo mismo ya tienes tu edad, ¿no?
En fin, dejara de llover, ¿no? Sí, sí, las previsiones en AEMET así lo indican. Venga, de nuevo a la carretera. Tras el desvío de Valldemossa, volvemos a nuestra querida Ma-10.

Deja de llover. Dios aprieta, pero no ahoga. Tras un repecho, descendemos hacia la costa de Deià, aunque sin llegar al litoral. Disfrutamos de la bajada, cómo no, después del tramo bajo el diluvio. El asfalto está perfecto. Se ven pequeños destrozos de la tormenta con desprendimientos cada dos por tres. Cruzamos por las inmediaciones de la histórica finca de Son Marroig y disfrutamos del mirador con vistas a la península de Sa Foradada, que queda en un pequeño desvío a nuestra izquierda. Ahí destaca el gran orificio en la roca. Parece que se ha puesto de moda venirse a contemplar la puesta de sol y los atascos de coches están a la orden del día en temporada alta. El parking, de pago, no debe ser suficiente. Encantador.

Volvemos a nuestra ruta y enseguida cruzamos el idílico pueblo de Deià, colgado de una colina de piedra. Dice Moret:
La primera vez que ves el pueblo de Deià, con las casas arracimadas a los pies de la iglesia que corona una colina de forma cónica, protegida por la montaña de Es Teix y rodeado de bancales de olivos, naranjos y limoneros, tienes la impresión de que todo está en su sitio. Las casas, de un color de ron envejecido que contrasta con el espléndido verde de las plantas que las rodean, parecen obedecer a leyes de una arquitectura esencial, una regla de oro, con cipreses y palmeras que destacan por encima de los tejados como si fuesen los centinelas de una belleza construida calladamente a base de siglos.
Deià ha quedado asociado al escritor británico Robert Graves, que encontró aquí su fuente de inspiración. Sus restos descansan en el cementerio local y es posible visitar la casa en la que vivía, Ca N’Alluny, convertida hoy en un pequeño museo. El paso del tiempo y la turistificación, sin embargo, le han jugado una mala pasada al pueblo. En verano sus 700 habitantes ven cómo se cuadriplica la población. Vamos, nada nuevo en Mallorca.

El tramo final hacia Sóller se convierte en pequeño test de resistencia psicológica y física. La carretera no da tregua y vuelve a empinarse en las rampas del Coll d’en Claret –son solo cuatro kilómetros al 4,5% de pendiente media, pero parecen el Tourmalet– y a la salida de Llucalcari. Bueno, este es el último de los ascensos. Garmin dice que han sido veinte a lo largo de esta jornada. Ninguno superior a los 300 metros de desnivel acumulado, pero el total se nos va casi a más de 1600.
Menos mal que tenemos premio final: nos queda la bajada a través del frondoso valle de Sóller, el valle de los naranjos. La panorámica sobre la cubeta de Sóller, flanqueada por las cumbres más altas de la isla, como el Puig Major y el Penyal des Migdia, impone. Entramos en las calles empedradas del pueblo. Nos alojamos muy cerca del Ayuntamiento. Escuchamos el tintineo del histórico tranvía de madera. En fin, hemos terminado por hoy. A descansar, que mañana tenemos más Serra de Tramuntana por delante.
Datos e información útil
- Kilómetros totales hasta esta etapa: 148,58
- Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 2326
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- Alojamiento en Peguera: Hostal Neptuno. 59,52 € con desayuno incluido vía web del hotel. Muy recomendable. Mi nota: 9.
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