05 Tondela – Coimbra #PortugalN2

El Mondego nos conduce a la sabiduría

by Julen

Tondela adquirió su nombre, por lo que se ve, a partir de una leyenda relacionada con la resistencia en la época de la Reconquista. Se cuenta que una mujer, al ver que se acercaban las tropas enemigas, tocó una trompeta con tanta fuerza que el sonido resonó por todo el valle. Al grito de «ao tom dela» (al son de ella), los habitantes se reunieron para defender la villa. Para que no olviden el episodio, las y los tondelenses han erigido una fuente con una escultura en su recuerdo.

Ahora bien, Tondela, según leo, es mundialmente conocida por la alfarería negra de Molelos, cuyo color, intenso y brillante, no tiene que ver con el tipo de barro, sino con un proceso de cocción ancestral que se llama «reducción por asfixia». Hay que ver cómo es esta gente. Los artesanos entierran las piezas en el suelo y las cubren con tierra y humo, lo que provoca una reacción química que tiñe el material de forma natural. Es un proceso casi mágico que, según parece, atrae a coleccionistas de todo el mundo y que se ha convertido en el símbolo de identidad más fuerte del municipio. Una cosa más que sabemos tú y yo.

Nosotros estamos alojados en un pequeño hotel al que le eché el ojo cuando pasé por aquí en 2023. Queda pegado a la Ecopista, junto a la antigua estación de Tondela.

El Hotel Ninho d’Arara bien podría ser uno de esos rincones que son ejemplo del concepto de «hotel de autor». Su nombre significa literalmente «nido de guacamayo». Pues sí, anticipa una atmósfera exótica y colorida que rompe con la estética tradicional de las casas de campo de granito típicas de la zona.

El hotel cierra hoy miércoles. Así pues, hay que buscar un lugar donde desayunar para retomar nuestra ruta en condiciones. Por la N2 nos acercamos al centro de Tondela. El Vintage Caffé es un buen sitio para empezar el día con una agradable conversación.

Nos esperan veinte kilómetros hasta Santa Comba Dão, todos ellos por la ecopista, que termina allí. Es un pedaleo tranquilo y relajado, lejos del asfalto de la N2, para inaugurar este mes de abril. Pues bien, una vez terminado este tramo, nos espera, para gran parte de lo que nos queda de ruta hasta Coímbra, la Ecovía del Mondego.

Ya ves, hoy la etapa esquiva bastante bien el trazado oficial de la N2 usando para ello la moderna infraestructura de ecopistas y ecovías. Afinamos. Una ecopista es una ruta creada sobre el trazado de una antigua línea de ferrocarril que ha sido desmantelada. Es el equivalente a lo que en España llamamos «Vías Verdes». Por su parte, una ecovía es una ruta diseñada desde cero para el ocio, que suele seguir corredores naturales como ríos o la costa, pero que no tiene un origen ferroviario. Ojo, que entra para el examen final.

La Ecopista do Dão acompaña a este río que nace en Aguiar da Beira (Barranha), en la Serra do Pisco, a unos 757 m de altitud, en la Región del Planalto Beirão, cerca de Trancoso (una de las Aldeias Históricas de Portugal) y desemboca en el Mondego tras un recorrido de 92 kilómetros. Vamos a acompañarlo hasta aquí, hasta el Mondego. Este tramo hasta Santa Comba Dão es considerado por muchos como el sector más pintoresco y relajante de toda esta ruta. Sigue aprovechando, claro está, el antiguo trazado ferroviario de la Línea del Dão (que por algo es ecopista y no ecovía, aunque vaya junto al río). Con una longitud aproximada de veinte kilómetros, este segmento se caracteriza por un descenso suave y constante en dirección sur. A diferencia de las zonas más urbanas de Viseu, aquí la naturaleza se vuelve más densa y el camino se siente como una verdadera inmersión en el paisaje rural de la Beira Alta.

Los robles, los castaños y los omnipresentes viñedos de la región del Dão nos agasajan. El pavimento, reconocible por su color azul en este tramo, guía al cicloviajero a través de antiguos puentes ferroviarios y de trincheras excavadas en la roca granítica. Cada cierto tiempo, como en la Ecopista do Cargo que pedaleamos en nuestra segunda etapa, emergen unas nostálgicas estaciones de tren, muchas de las cuales conservan sus azulejos tradicionales y estructuras de madera. Y alguna ha sido reconvertida para uso turístico.

Cruzamos el río por el Ponte do Granjal. Te dejo una foto de cuando pasé por aquí hace unos años. Bonita, ¿verdad? Eso sí, ahora el agua lleva mucha más agua.

A medida que el trazado se aproxima a Santa Comba Dão, el paisaje sufre una transformación debido a la influencia del río Dão y el embalse de Aguieira. La ecopista bordea las márgenes del río y ofrece vistas panorámicas de las aguas tranquilas y de las laderas escarpadas que las rodean. El final de la ruta en la estación de Santa Comba Dão marca el punto de encuentro con la línea ferroviaria activa de la Beira Alta, cerrando un círculo entre el pasado ferroviario y el presente de ocio sostenible.

En este pueblo murieron cinco personas en un incendio en 2017. Los fuertes vientos del huracán Ophelia, que pasaba cerca de la costa, sumado a una sequía extrema y temperaturas inusualmente altas de más de 30°C, provocaron el desastre. Y de los incendios a las inundaciones.

Hace un par de meses, el embalse de Aguieira tuvo en vilo a mucha gente en Portugal. Las lluvias estuvieron a punto de desbordarlo, lo que habría sido catastrófico aguas abajo en el Mondego, camino de Coímbra. Nos dirigimos por carreteras secundarias hacia las orillas del embalse. Es una de las infraestructuras más imponentes del centro de Portugal. Como comentaba, se sitúa sobre el curso del río Mondego, aunque alimentada también por los ríos Dão y Cris.

Esta gran obra de ingeniería actúa como frontera natural entre los distritos de Coímbra y Viseu. Es relativamente reciente, porque se terminó en 1981. Como siempre ocurre con estas obras mastodónticas, el «progreso» que trajo consigo tuvo también su lado oscuro. Sumergió antiguos pueblos como Breda y Foz do Dão y obligó también a trasladar monumentos para evitar que quedaran sumergidos, como ocurrió con la pequeña capilla de la Senhora da Ribeira. Pues bien, pedaleamos hasta esta ermita y bajamos hasta el pie de embalse. Me viene a la cabeza Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares. Te lo recomiendo.

Tras un pequeño descanso echando un vistazo a las infraestructuras del embalse, volvemos a subir de nuevo hasta la N2 para seguir por la Ecovía del Mondego. Ecovía, te queda claro, ¿no? Avanzamos. Hay que cruzar un puente sobre el embalse en el que avisan que hay que tener cuidado con el viento. Continuamos por una pista que rodea el embalse.

Poco más adelante alcanzamos la cabecera del pantano. A la izquierda nos quedan las aguas embalsadas y a la derecha el curso del río Mondego, muchos metros más abajo. Tomamos la enésima desviación que nos dirige hacia la N2, camino de Penacova primero y de Coímbra después, nuestro final de etapa.

Un descenso fulgurante nos deja pegados al río. Desde aquí abajo la obra hidráulica impresiona.

Pedaleamos ahora, en un primer tramo, por su margen izquierda. Enseguida aparece a un lado de la carretera Oliveira do Mondego. Continuamos, en un juego constante del gato y el ratón, con la vía rápida IP-3, por tramos acondicionados en exclusiva para bicis y peatones. O sea, por la ecovía. Vamos al encuentro de una estantería con libros. Me explico, me explico. Hablo de la Livraria do Mondego, una formación rocosa de cuarcitas que, debido a la erosión y al movimiento de las placas tectónicas, han quedado dispuestas de forma vertical, simulando lomos de libros gigantes colocados en una estantería.

En la zona se han instalado pasarelas de madera que permiten detenerse y observar de cerca estas «paredes de libros» de piedra sin peligro por el tráfico. Un cartel que traducimos con ayuda de Google Translate, nos dice:

Se trata de una formación rocosa, esculpida a lo largo de más de 400 millones de años, donde se evidencia la acción de la falla de Verín-Penacova, de orientación NNE-SSW y perteneciente al periodo hercínico tardío, que separó la sierra de Bussaco de su extensión, la sierra de Atalhada, y donde el río aprovecha para definir su curso.
Considerado uno de los monumentos naturales portugueses más singulares por sus características geológicas y escultóricas, fue clasificado por Galopim de Carvalho como Geomonumento a Nivel de Afloramiento. En su composición, es posible identificar vestigios de una playa arenosa de hace 450 millones de años, cuya simetría de las crestas sugiere que se formaron por la ondulación del flujo y reflujo de las mareas.

Pues eso, un lugar curioso. Pasamos bajo la carretera IP3 y llegamos al punto kilométrico 238, justo antes de cruzar el río. Aquí luce un posto de turismo bien nuevo, con toda la parafernalia de merchandising que rodea a esta ruta. A su lado la típica señal invadida por pegatinas. Con el tiempo, naturaleza humana de por medio, terminarán por prohibir (si es que no lo está ya) y colocar multas sustanciosas por este tipo de prácticas. Paciencia, ya lo verás.

Cambiamos de margen y pasamos junto a Penacova, que luce espectacular sobre una colina. Dice Saramago:

Penacova está colgada sobre el Mondego, y el viajero, que viene de las llanuras, siente un golpe en el pecho al ver cómo la tierra se quiebra para dejar pasar al río. Es un lugar de paisajes anchos, donde el aire parece más limpio y el agua del río, allá en el fondo, corre con una parsimonia que engaña, como si no tuviera prisa por llegar a Coímbra.

En la orilla opuesta de río queda una coqueta playa fluvial, la de Reconquinho a la que se baja por un camino que nos sale a la izquierda y que cruza al otro lado por una pasarela. Seguimos por la carretera N110, que es la que usan la mayoría de ciclistas. Es muy escénica porque va pegada al río, pero es estrecha, tiene muchas curvas y el arcén es casi inexistente en algunos puntos. O sea, cuidado. Pues va a ser que no. La carretera está cortada pero los cicloviajeros podemos pasar. Esa suerte que tenemos. Como puedes imaginar, ¡sin tráfico de coches!

Decidimos obviar una pequeña subida que sale a nuestra derecha. Es un falso llano perfectamente evitable.

Queda ya muy atrás el embalse, pero ahora que lo pienso es aquí, quizá, donde adquiere pleno sentido. Más allá de la producción de energía, la presa debe desempeñar una función básica: controlar las grandes crecidas del río Mondego para proteger la ciudad de Coímbra. Además, clro está, de suministrar agua para consumo humano y riego de las zonas agrícolas cercanas. Supongo que sabrás de las recientes inundaciones de febrero en Andalucía y otras zonas de España. Aquí en Portugal también han sido históricas. Claro que «llueve sobre mojado»porque periódicamente la fuerza de la naturaleza se despliega y este río Mondego presume de unos cuantos episodios, a cual más devastador. Creo que Saramago lo deja entrever cuando dice que el río por esta zona «corre con una parsimonia que engaña».

Este conocido históricamente como «río de los poetas» (es de los más literarios del país, sin duda alguna), ha dejado huella profunda en el devenir de esta comarca. Antes de la construcción del complejo de embalses de Aguieira y Raiva, el río era famoso por sus devastadoras crecidas, alimentadas por la orografía de la zona y la rapidez con la que las lluvias en la Serra da Estrela descendían hacia el valle. Aquí en Penacova y en su camino hacia Coímbra la fisonomía del río es más estrecha y encajonada.

La consecuencia es obvia: el agua subía de nivel con una velocidad aterradora, inundaba las zonas bajas y destruía cultivos y todo lo que encontrara a su paso. Sin embargo, era en Coímbra donde las inundaciones alcanzaban dimensiones catastróficas debido a que el cauce se abría y el terreno se volvía más llano. Sí, la ciudad sufría lo que se vino en llamar el «asedio del agua». Es famoso el caso del Monasterio de Santa Clara-a-Velha, que quedó parcialmente enterrado bajo el lodo y el agua durante siglos, lo que obligó a las monjas a construir un nuevo convento en una zona más alta… que se sigue inundando. Ahora en un momento hablamos del asunto.

Entre las riadas más documentadas, destacan las de los años 1791, 1855 y, especialmente, la de diciembre de 1900. El río Mondego se convertía en una especie de mar interior que aislaba barrios enteros y dejaba las iglesias y comercios cubiertos de lodo. Las inundaciones no solo traían destrucción material, sino que alteraban la navegación y el comercio fluvial, que era el motor económico de la región. Se supone que la situación comenzó a cambiar con la implementación del «Plan General de Aprovechamiento Hidráulico de la Cuenca del Mondego» en la década de 1970. La inauguración del embalse de Aguieira en 1981 era la pieza clave. Aún así, ha habido episodios de caudales altos en años recientes, como en 2016 o 2019. Ahora, en febrero de este año, de nuevo la naturaleza hace estragos. Quizá ya no se ve a los habitantes de Coímbra desplazarse en barca por sus plazas principales, pero la amenaza continúa presente. El «asedio del agua» no da tregua. Mira lo que pasaba hace mes y medio muy cerca de por donde estamos pedaleando.

Volvemos a nuestra ruta. Te decía que desde Penacova pedaleamos los últimos veinte kilómetros por la margen derecha del río hasta llegar a Coímbra. Esto supone dejar de lado, de nuevo, el trazado de la N2. Llegamos a Torres do Mondego, con su popular Playa Fluvial de Palheiros e Zorro y su icónico puente peatonal. Hoy el río se ha reinventado y atrae a muchos kayakistas, pero antiguamente fue una ruta comercial vital por la que navegaban las barcas serranas, unas embarcaciones tradicionales de fondo plano que transportaban madera, leña y productos agrícolas desde las montañas hacia la ciudad de Coímbra.

Continúamos por la Nacional 110, que poco a poco a se aproxima a Coímbra. Llevamos contacto visual casi constante con el río y atravesamos un paisaje dominado por sauces, alisos y pequeñas huertas familiares que aprovechan la fertilidad del valle. A medida que el río se aproxima a la ciudad, el valle comienza a ensancharse y el paisaje se vuelve más sereno, culminando en la entrada a la ciudad bajo la sombra de su histórica Universidad. Este tramo final es un remanso de paz donde las corrientes se suavizan. Las colinas se ven repletas de olivos y pinos antes de que el río atraviese los puentes de la ciudad. Todo tranquilidad. Cruzamos el Mondego por una pasarela.

Buen tiempo y aguas tranquilas. Nada que ver con lo que pasaba aquí hace un par de meses. Nos dirigimos a nuestro alojamiento, previo paso por la Quinta das Lágrimas, de la que te hablaré mañana. La casualidad quiere que esté ubicado en la margen izquierda del río, muy cerca del Monasterio de Santa Clara-a-Velha, ese que a mediados de febrero se veía así.

Por cierto, no sé si será casualidad, pero cuando Saramago se aproximaba a Coímbra, junto al río Mondego, decía:

Sobre el Mondego están cayendo cuerdas de agua. No es metáfora, el viajero se siente anfibio…

Se ve que la ubicación del monasterio y su relación con las avenidas de agua es profunda: «el viajero, a pesar del paraguas, siente que el río ha vuelto a reclamar su antigua morada». Lo dice Saramago, ojo, antes de llevar a cabo la restauración moderna del edificio. Siente así la fragilidad de la obra humana ante la persistencia de la naturaleza, una constante en sus reflexiones mientras recorre esta zona. Hay que tener en cuenta que a finales de los años 70 se pone en marcha un proceso técnico y arqueológico que se extenderá durante más de tres décadas. El inicio de este rescate moderno se sitúa en 1976, coincidiendo cronológicamente con la época en la que Saramago recorría el país para su libro. En ese momento comienzan las primeras excavaciones serias para intentar sacar a la superficie las estructuras que el lodo del Mondego había reclamado. Sin embargo, es en los años 90 cuando sacan a pasear la artillería pesada de la ingeniería hidráulica. El objetivo: crear una barrera periférica y un sistema de bombeo permanente que detenga para siempre las infiltraciones de agua que anegaban la nave de la iglesia. Además, se levanta un moderno edificio anexo para albergar un centro de interpretación. Un 18 de abril de 2009 el conjunto abre oficialmente sus puertas. Pues bien…

Estamos en invierno 2016 y una nueva crecida supera las defensas y anega de nuevo la iglesia con ¡más de cinco metros de agua cubriendo por completo los arcos góticos y depositando toneladas de lodo en su interior! El desastre, evidentemente, obliga a un cierre prolongado y pone en duda la viabilidad de mantener el monasterio abierto como museo convencional. No hay que rendirse…, pero otra vez sucede lo mismo. Apenas tres años después, a finales de 2019, las tormentas Elsa y Fabien vuelven a sumergir el claustro y las zonas bajas. Y llegamos a 2026: la vulnerabilidad del monasterio sigue siendo extrema. Creo, por tanto, que hay que darle la razón a Saramago: más que una construcción sólida sobre tierra firme estamos ante una entidad anfibia, que parece pertenecer más al dominio del agua que al de los hombres.

Bueno, hasta aquí la crónica de hoy. Mañana te pongo al día sobre cómo organizar un besamanos a la reina, aunque esté difunta y lleve ya un par de años bajo tierra.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 387,44.

Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 4923.

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Fotografías de la ruta.

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