03 Vila Real – Castro Daire #PortugalN2

Atravesamos el río Duero

by Julen

Si ayer evitamos la N2 casi al cien por cien, hoy tomamos contacto más directo con ella. Ya sabes que dormimos en un alojamiento que queda en la mismísima rua da Estrada Nacional 2, aquí en Vila Real. Dice Saramago en Viaje a Portugal de este pueblo en el que hemos hecho nuestro segundo final de etapa en Portugal:

Vila Real no es ciudad afortunada. Tendrá con todo el viajero que explicarse mejor si no quiere provocar las iras de sus naturales, tan inmerecidamente desacreditados con estas palabras. Realmente, ¿qué se puede decir de una tierra que tiene, a naciente, Mateus; a poniente, el Marão; al sur, el valle del Corgo, y el otro, paralelo, por donde no corre río de agua pero fluye dulzor de viñas? Viajero que aquí se encuentre, por fuerza ha de andar distraído pensando en lo que tan cerca tiene.

Bueno, no vamos a enfadarnos con las gentes de por aquí. Te cuento algunas cosas. De hecho, a Vila Real se la conoce históricamente como la «Corte de Trás-os-Montes». Durante los siglos XVII y XVIII, muchas familias nobles construyen aquí sus casas debido a su clima más fresco y su ubicación estratégica. Por eso, si caminas por su casco antiguo, verás una densidad de escudos de armas y blasones en las fachadas superior a casi cualquier otra ciudad del país. Saramago, hay que fijarse más, ¿vale? Bueno, perdón, que me vengo arriba y quién soy yo para meter puyas a semejante referencia de las letras lusitanas.

Conste que no todo es historia antigua. Ahora me explico. Vila Real se ha hecho un hueco, fíjate tú, en el mundo de la velocidad. Desde 1931, la ciudad organiza carreras en un circuito urbano que atraviesa sus calles. Hasta se le conoce como el «Nürburgring portugués» por su peligrosidad y belleza. Sin embargo, cómo no, la velocidad es un riesgo y de ahí su particular momento negro. En 1991 ocurre un grave accidente en el que se ven involucrados varios coches y que provoca la muerte de cuatro espectadores. Como consecuencia, el circuito queda cerrado para competiciones internacionales durante 16 años. Sin embargo, ahora parece que vive una segunda época de esplendor. Se ha acortado el trazado y se han implantado más medidas de seguridad. Pero la peligrosidad sigue ahí: a diferencia de otros circuitos urbanos lentos (como Mónaco), Vila Real tiene secciones de altísima velocidad donde los muros quedan a escasos centímetros de los bólidos. Si quieres ver la carrera de 2025, te dejo enlace al vídeo.

A los lugareños se les conoce cariñosamente como «bilas» (una deformación de Vila). Según parece, son famosos por su hospitalidad, pero también por su resistencia, algo necesario para vivir en una zona donde el dicho popular dice: «Nueve meses de invierno y tres de infierno». Según parece, el calor extremo del verano en el valle del Duero es de hacérselo mirar. Este dicho, no obstante, me recuerda a otro de un chico al que conocí en Trondheim, cuando hice ruta por Noruega. Con una medio sonrisa en los labios, me decía: «Aquí sabemos que es verano porque no nieva». Cultura popular, cada cual con la suya.

Hoy la etapa continúa con más exigencia en su orografía y se adentra en las áreas montañosas en torno al Duero. Castro Daire, nuestro final de etapa de hoy, se promociona activamente como un «territorio de aventura» en tanto que mira hacia la Sierra de Montemuro y el río Paiva. Pero para eso quedan muchos kilómetros de por medio. Como te explico, la orografía obliga. Portugal, país de contrastes, se ve todavía con influencias galaicas en esta zona norte. Los detalles arquitectónicos, dialectales o gastronómicos la diferencian claramente de las llanuras centrales o del sur que exploraremos en etapas posteriores. El viaje nos sirve, desde luego, como una buena oportunidad para interiorizar la diversidad geográfica y cultural de Portugal.

A las siete y media desayunamos en un bar frente al hotel. Hace frío, como ayer. A ver si el sol se porta y poco a poco nos regala sus rayos para hacer más agradable el pedaleo. Manos heladas a ratos bajando por las laderas de bancales infinitos de viñedos. Pues si que los inviernos tienen que ser duros por aquí entre montes.

En el camino hacia Peso da Régua me voy de nuevo a Saramago:

Va la carretera en su sosiego de curva y contracurva, ahora baja, ahora sube, y en la ladera de allá se ven mejor las casas, que hasta concuerdan con el paisaje. No son yermos estos lugares. Tiempo hubo, antiquísimo, en que estos montes de pizarra fueron erizadas y aterradoras masas, recocidas por los soles del verano o barridas por cataratas de aguas en los grandes temporales, inmensas soledades minerales que ni para destierro servían. Después, vino el hombre y empezó a fabricar tierra. Desmontó, batió y volvió a batir, hizo como si desmigajase las piedras en las gruesas palmas de la mano, usó el mazo y el azadón, apiló, formó muros, kilómetros de muros, y decir kilómetros será decir poco, miles de kilómetros, sin contar todos los que por el país fueron levantados para sostener la viña, el huerto, el olivar. Aquí, entre Vila Real y Peso da Régua, el arte del bancal alcanza su perfección, y es un trabajo nunca concluido, es preciso escuadrar, atender a la tierra que se desliza, a la losa que se desmorona, a la raíz que hace de palanca y amenaza con precipitar el muro hasta el fondo del valle. Vistos de lejos, estos hombres y estas mujeres parecen enanos, naturales del reino de Liliput, pero desafían en fuerza a las montañas y las mantienen domesticadas. Son gigantes, y esto no pasa de imaginación del viajero, que la tiene pródiga, cuando uno ve que tienen estos hombres su tamaño natural, y basta.

Encontramos en la ruta una casa de cantoneiros acondicionada como lugar de promoción de la N2. Compramos los pasaportes, aunque no nos queda muy claro si los llegaremos a sellar en cada uno de los lugares que aparecen en la lista.

Casi con 25 km en las piernas, cruzamos el Duero, un «acontecimiento», tal como Saramago solía referirse a él. Merece un respeto. Paramos a tomar un café en el típico bar con sillas que dan a la carretera para ver pasar los autos.

En Peso da Régua tres puentes dan fe de la reverencia que los humanos hacen al río. El más antiguo es el Puente Metálico, que se inaugura en 1872. Es una joya de la arquitectura de hierro del siglo XIX que recuerda inevitablemente al estilo de Gustave Eiffel. Aunque nace para el paso de carruajes, el tiempo y el peso de los vehículos modernos lo obligan a jubilarse. Tras una cuidada rehabilitación, hoy es exclusivamente peatonal y ¡permitido para las bicis!

Cerca queda el Puente de Carretera, de 1934. Este puente de arcos de hormigón tiene una historia curiosa, ya que inicialmente nace para que por él pase el tren en su camino hacia Lamego. Sin embargo, como tantos otros planes ferroviarios, nunca se completa y la estructura termina por adaptarse para el tráfico rodado, de tal forma que se convierte durante décadas en la arteria principal para cruzar el río en esta parte de la región. Pero el progreso pide más.

Finalmente, dominando el paisaje desde las alturas, se alza el imponente Viaducto de Miguel Torga, que forma parte de la autopista A24. A finales de los años 90 ve la luz este gigante de hormigón que se eleva a casi 90 metros sobre el cauce del río y se extiende por más de un kilómetro. Recibe su nombre en honor al célebre escritor portugués que mejor supo plasmar la esencia del Duero en sus versos y cuyo pueblo natal visité en mi ruta en bici de 2021.

Dejado atrás Peso da Régua, leo que los ciclistas locales prefieren la alternativa de la N226-1 para ir hacia Lamego. Se evita así el tráfico bastante denso que, según parece, tiene este tramo de la N2. Pues no se hable más. No sé si acertamos. Sigue habiendo tráfico y unas buenas cuestas. Al menos nos proporcionan vistas al mar de viñedos.

Comenzamos el puerto del día. Tenemos casi 30 km por delante para subir desde los apenas 60 m por donde cruzamos el Duero hasta los casi mil a los que llegaremos. Así pues, piano piano. Es, sin duda, el primer puertaco que afrontamos en la N2. Esta carretera N226-1 discurre un poco más al oeste que la N2 y su trazado es bastante sinuoso. Cruzamos zonas de quintas y viñedos con un paisaje más cerrado que el que traíamos. Estamos en el valle del río Varosa, el afluente del Duero que pasa cerca de Lamego, adonde vamos.

Los muros de piedra se suceden para delimitar las pequeñas propiedades agrícolas. Poco a poco, a medida que ganamos altura, el paisaje cambia las vides de los grandes caldos de Oporto por una vegetación más densa y variada, típica de valles fluviales protegidos. Pedaleamos tranquilos buscando la cadencia adecuada para encarar la subida. De vez en cuando se ven pequeñas fuentes que aparecen en los márgenes y que son muestra del sistema de riego tradicional de las fincas. Por fin, llegamos a Lamego, tras una fuerte bajada. Si Peso da Régua representaba un hito importante en la etapa de hoy, Lamego no le va a la zaga.

Porque el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios es parada obligada. Si no, suspendes en el examen de la N2. La ascensión en bici desde el centro del pueblo es un recorrido corto pero intenso por la colina de San Esteban. Comenzamos en la zona baja. Para, para, para. Primero, la foto de rigor con la escalinata barroca. Si el santuario, arriba, es parada obligada; esta foto lo es tanto o más. Para evitar los 686 escalones, adornados con capillas, esculturas, fuentes y muros de azulejos blancos y azules que narran episodios de la historia y la religión, el cicloviajero debe buscar la parte trasera del parque, donde la carretera comienza a serpentear con una pendiente que se vuelve exigente desde los primeros metros. Por tramos, se sitúa entre el 8% y el 10%: lo que viene a ser un falso llano para los de Bilbao.

A medida que se gana altura, el empedrado se interna en el Parque de los Remedios. Este bosque centenario nos ofrece unas hermosas curvas de herradura muy cerradas para ir ganando perspectiva sobre los tejados de la ciudad y la silueta de la catedral de Lamego. El trazado pasa muy cerca de algunas de las capillas laterales que salpican el monte. La piedra granítica coloniza también el barroco portugués. El último tramo es el más gratificante, ya que la carretera desemboca directamente en el patio superior, justo frente a la fachada principal del santuario. Arriba recibimos una doble recompensa: por un lado, la satisfacción de haber superado el desnivel y, por otro, la posibilidad de asomarse al balcón de piedra para contemplar la inmensidad del valle del Duero que se extiende hacia el horizonte. Han sido apenas dos kilómetros, pero ha merecido la pena subir hasta aquí, un lugar, en palabras de Saramago, «donde el granito se vuelve leve ante la inmensidad del horizonte».

El santuario es mucho más que un templo religioso; es un monumento al barroco y una de las imágenes más potentes de la fe y la arquitectura lusa. En el Patio de los Reyes dieciocho estatuas de reyes de Israel presiden la amplia terraza. En el centro se alza una fuente monumental de quince metros de altura que simboliza el agua como fuente de vida y sanación, un tema central para los peregrinos que acuden aquí buscando «remedio» para sus males. En cuanto a la fachada de la iglesia, es una obra maestra de granito (vaya novedad) que destaca sobre el verde del bosque circundante. Ya dentro, el retablo mayor y los azulejos del siglo XVIII crean una atmósfera de gran solemnidad.

Y un último apunte. La devoción a la Virgen de los Remedios se puede apreciar en la «Romaría de Portugal», cuya fecha cumbre es el 8 de septiembre. Religiosidad y folklore popular se mezclan, con bueyes engalanados que recorren las calles de la ciudad y cargan sus correspondientes altares móviles. Mientras, los fieles cumplen sus promesas y muchos de ellos suben los escalones de rodillas. Cada cual a lo suyo, yo no digo nada.

Pues no, aquí no acaba la subida del día. De hecho, nos queda la mitad, hasta los casi mil metros a los que vamos a llegar. Evitamos de nuevo la N2 a la salida de Lamego, si bien la retomamos en Purgaçal tras un tramo imposible de ciclar, en gran parte debido a las lluvias recientes.

Tras volver al asfalto de la estrada nacional buscamos un sitio para comer algo. Unas empanadas de jamón y chorizo nos llevan de nuevo a dar positivo en el control antidopaje.

Si no lo habíamos presentido antes, este es el momento en el que la ruta deja de ser un paseo por los viñedos para convertirse en un desafío de alta montaña con una cierta mística especial. A medida que dejamos atrás el valle del Duero, notamos cómo el paisaje cambia. Vamos a por la cima Coppi de la N2, el alto de Bigorne. Continuamos, eso sí, por un entorno de granito. Estamos en la Serra de Montemuro. Poco antes del alto, cogemos el desvío que sale a nuestra izquierda, en dirección al pueblo de Bigorne. Lo atravesamos y volvemos a la N2. Puerto superado.

Pero todo lo que sube tiene que bajar y lo que viene después de Bigorne es una recompensa de quince kilómetros de bajada hasta nuestro final de etapa. El descenso al principio es suave y luego se vuelve más decidido, con curvas sucesivas que nos acercan al valle del río Paiva. Llegamos al Santuário de Nossa Senhora da Ouvida, ya dentro del municipio portugués de Castro Daire. Toma nota, porque es uno de los centros de devoción mariana más singulares y arraigados de la región de las Beiras. Es un auténtico símbolo de la identidad serrana y un punto de encuentro fundamental para las comunidades de la Sierra de Montemuro. La arquitectura del santuario, de líneas sencillas y robustas, refleja la sobriedad característica de las construcciones religiosas de montaña, donde el granito local es el protagonista absoluto.

Aquí hay que venir en agosto para la romería principal. Celebran concursos de ganado, ferias de productos locales y unas tradicionales carreras de caballos. La veneración a la virgen está profundamente vinculada a las peticiones de los fieles por la salud de los animales y el éxito de las cosechas. Es, además, un mirador natural para contemplar la agreste belleza de Montemuro y las sierras circundantes. La alternancia de afloramientos rocosos y pastizales confiere carácter a la zona.

La entrada a Castro Daire es el final perfecto para este tramo: una villa que parece desafiar la gravedad, agarrada a la ladera. Vamos directos a nuestro alojamiento, que queda encajado entre callejuelas, muy cerca de la iglesia parroquial. Eso queríamos, pero nos encontramos con la dueña de la casa en la que nos alojamos. Nos cuenta que ha habido problemas con las lluvias y la carretera de entrada está cortada. Así que nos guía por otro itinerario.

La casa es muy agradable, con dos dormitorios, muy cerca de la N2. Pactamos lavadora, lo que supone un detallazo, la verdad. Muy amable la dueña, desde luego.

Ah, y mirando el mapa veo que la N2 en este pueblo es capaz de mutar, sin modificar el trazado, primero en Avenida General Humberto Delgado, luego en Avenida Bombeiros Voluntários y terminar después como Avenida 5 Outubro. Que lo sepas.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 244,50.

Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 3503.

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