Chaves es en, buena parte, su puente de Trajano. Esta obra de ingeniería, con dos milenios a cuestas, ha aguantado riadas, guerras y el paso de los siglos sin inmutarse. Todavía conserva dos columnas con inscripciones originales. En una de ellas se detallan los pueblos que ayudaron a pagarlo. Ya ves qué poco cambia el mundo en dos mil años. Los romanos ya tienen muy claro eso de la cofinanciación público-privada.Dice Julio Llamazares en su libro de viajes Trás-os-Montes respecto a este puente:
Hasta 18 arcos, de los que hoy ya se conservan sólo 12, y más de doscientos metros llegó a tener este puente por el que la calzada romana que unía Braga y Astorga salvaba el curso del Támega y por el que durante siglos han seguido entrando en Chaves todos los invasores y los viajeros.
Nosotros nos alojamos en la parte sur del río, pegados al puente romano y muy cerca de donde comienza oficialmente la N2. Para entrar en la zona histórica de Chaves tenemos que cruzarlo, cual viajeros o invasores, a saber qué somos. Y es que aquí la historia presume de algunos momentos épicos. Entre ellos, toma nota, este es el lugar donde las tropas de Napoleón sufren su primera derrota en suelo portugués en 1809.
De todas formas, Chaves es un pueblo que luce palmito desde la época romana. Ya se sabe cómo les gusta a los mandamases del imperio el asunto de las termas. Así pues, aquí fundan Aquae Flaviae en honor al emperador Vespasiano. Parece que el hombre queda impresionado por la calidad y temperatura de los manantiales de la zona, que brotan a unos 73 grados. Al reconocer oficialmente el valor curativo de estas aguas, les da su nombre familiar (Flavia). De esta forma queda vinculando para siempre el prestigio del emperador con el «balneario» más importante del noroeste peninsular. Ah, por si acaso, sus vecinas y vecinos se hacen llamar flavienses. Mira hasta dónde llega la influencia del colega Vespasiano.
Paseando por Chaves te das cuenta de su intensa actividad comercial. Hay muchas tiendas, incluyendo varias en cuyos escaparates lucen merchandising variado en torno al «producto turístico» que en la actualidad es la N2. Además, la relación entre Chaves y Verín dicen que es tan estrecha que muchos vecinos no consideran que están cambiando de país, sino simplemente yendo a otra sección del mismo supermercado.
En las tiendas de Chaves tradicionalmente el gran reclamo para los españoles ha sido el textil del hogar: toallas, sábanas y mantelería. A esto se le suma también el calzado. Luego, si nos vamos a las cosas del yantar, el producto estrella es, sin duda, el bacalao. Según parece, aquí en Chaves el bacalao en salazón suele ser significativamente más barato y de mayor variedad que en el interior de Galicia. En ello tiene que ver que aplica un IVA intermedio del 13%, más reducido que en España, pero hay otra razón: la enorme industria bacaladera portuguesa. Por si no lo sabes, toma nota: Portugal consume el ¡20% de todo el bacalao que se pesca en el mundo! De ahí que cada portugués coma, de media, unos ¡35 kilos de bacalao al año! Bacalhau, o fiel amigo reza el dicho popular.
Juan nos lleva a cenar al restaurante Carvalho, que ostenta una distinción muy importante de la guía Michelin: el sello Bib Gourmand. Esta categoría destaca a los restaurantes que ofrecen una excelente relación calidad-precio. O sea, comer de forma excepcional a precios moderados, generalmente por debajo de los 35-40 €. El Carvalho ha mantenido esta distinción durante varios años (incluida la guía actual). Es un templo de la cocina tradicional transmontana.
Sus platos más famosos son el arroz de fumeiro (arroz con embutidos locales), el cabrito asado y el cocido a la portuguesa. Este último, toma nota, suele llevar: carnes (ternera, cerdo, o hasta gallina o pollo), fumeiro (es el embutido y puede ser choriço, farinheira o morcela), vegetales (patatas, zanahorias, nabos y, sobre todo, col o repollo) y arroz cocido que a veces incluso se mete al horno para que quede seco y poco costroso. En resumen, producto dopante, dalo por seguro. Pues bien, todo esto que te cuento hubiera estado bien poderlo comprobar, pero sin reserva es imposible. Que lo sepas.
Y no termino el apartado culinario porque es obligatorio mencionar el pastel de Chaves. Es una empanada de hojaldre finísimo, con forma de media luna, rellena de carne picada. Fíjate lo serios que se han puesto los lugareños con su pastel que hasta dispone de su correspondiente Denominación de Origen Protegida. Así que solo los que se hacen aquí con la receta auténtica pueden lucir la denominación.
Finalmente cenamos de forma contundente en otro restaurante del centro. Pedimos un menú en el que pensamos que hay que elegir segundo plato, pero ¡resulta que incluye todos los tipos de carne que se citan en la carta! Es un buen festín, desde luego.
Tras la cena, a descansar a nuestro alojamiento, Casa Guardião. Todo bien. Por la mañana nos acercamos de nuevo al marco quilométrico cero (es así como la llaman en portugués), que está a reventar de pegatinas de quienes han hecho la ruta. Lo digo alto y claro: me parece una buena estupidez. La moda de las pegatinas en señales de tráfico, como tantas otras cosas, se ha desbordado. Ya no hace gracia; más bien al contrario, es una manera de ensuciar el paisaje. Nosotros somos más de los de no dejar huella. Jugamos con la inteligencia artificial para obrar el milagro.

Nos ponemos en marcha. Nuestro pedaleo evita, en lo posible, como ya sabes, la N2, aunque la toma como referencia. Para ello en esta ocasión cogemos primero la ecovía del Támega y luego la Ecopista del Corgo.
Comenzamos tranquilos, junto al río. Eso sí, ¡segunda etapa y segundo cambio horario! Esta noche pasada a la una los relojes han pasado a las dos. O sea, la hora que ganamos ayer la perdemos hoy. Vaya follón. En fin, a lo nuestro: vamos a llevar pegado el río durante los primeros quince kilómetros.


El camino junto al río se va a convertir más adelante en ecopista y sigue el trazado del antiguo ferrocarril hasta nuestro final de etapa en Vila Real. Le decimos adiós justo al cruzar por encima de la A24, la Autoestrada do Interior Norte, poco antes de llegar a Vidago. Atravesamos este pueblo y después el de Oura. La ecopista nos regala zonas arboladas muy agradables para pedalear.


Poco a poco dejamos atrás los dos grados que hemos llegado a ver. El sol comienza a filtrarse entre los árboles para nuestro regocijo y algarabía. Como niños, disfrutamos cual lagartijas sexagenarias.

Por cierto, si quieres una visión histórica de esta línea ferroviaria, dispones de un estupendo artículo en la Wikipedia. Fue una línea de vía estrecha que funcionó hasta 1990 con muchísimas paradas y apeaderos para dar servicio a cada pequeña aldea. Era un trayecto lento y serpenteante, con paradas casi cada pocos kilómetros. Entre estaciones y apeaderos de menor importancia, la línea contaba con 23 paradas entre Chaves y Vila Real. Todo esto en 63 kilómetros de recorrido. La vía llegaba hasta Peso da Régua, pero a partir de Vila Real no está acondicionada para pedalear.
La ecopista hace una gigantesca curva para salvar un desnivel que comienza en los 336 metros y termina en los 593 metros.

Llegamos a la antigua estación de Loivos, tras un giro a un circunferencia casi perfecta en la línea. Hoy se erige como un vestigio melancólico y fascinante de la ingeniería ferroviaria portuguesa. Sus paredes desconchadas y los vanos vacíos evocan una época de febril actividad ferroviaria, aunque conserva el sello inconfundible de las estaciones de principios del siglo XX: sobriedad funcional y uso de materiales locales. En su época de esplendor, la estación de Loivos no solo era un punto de paso para los convoyes de vapor que transportaban mercancías y pasajeros, sino que funcionaba como el auténtico pulmón social y económico de la aldea. El ferrocarril era la única ventana al progreso y al intercambio con el resto del país.


Iniciamos un pequeño descenso hacia Sabroso de Aguiar. De nuevo encontramos más estaciones en ruinas y enseguida un albergue de peregrinos. Justo antes de llegar a este albergue, torcemos a la derecha, cruzamos la N2 y encaramos el camino que nos conduce a Pedras Salgadas. Si Chaves se asocia al termalismo, qué decir de Pedras Salgadas.

Al igual que sucede con Chaves, el descubrimiento de sus propiedades medicinales se remonta a la época romana, pero su consolidación como destino de referencia ocurre durante el siglo XIX. En este periodo, la monarquía portuguesa, con figuras como la reina doña María Pía o el rey don Carlos, frecuenta el balneario, lo que otorga a la localidad un estatus de exclusividad que impulsa la construcción de infraestructuras hoteleras… ¡y ferroviarias! De ahí que cuente con su correspondiente estación de la Línea del Corgo. Eso sí, el agua de Pedras Salgadas no es «termal» en sentido estricto (no sale caliente de la tierra), sino que es una fuente de agua hipotermal.
El Parque de Pedras Salgadas es un recinto de veinte hectáreas que alberga una rica biodiversidad con especies arbóreas centenarias como secuoyas, cedros y hayas. Dentro de este espacio se encuentran las fuentes termales. Es aquí donde el agua brota con una efervescencia natural y una alta mineralización. Te va bien si sufres problemas digestivos o respiratorios. Arquitectónicamente, el parque combina edificios clásicos de finales del siglo XIX, como el balneario termal y el antiguo casino, con otras propuestas de arquitectura contemporánea integradas en el paisaje. Modernidad, para qué te quiero. Hay oferta de alojamientos modulares de bajo impacto ambiental conocidos como Eco-Houses y Tree-Houses. ¡Quién se lo iba a decir a la reina doña María Pía!
Nos tomamos un café y unos pasteles justo a la salida del parque del balneario. Me trae recuerdos de mi viaje de hace unos años porque aquí pedí también un café con leche después de muchos años sin tomar café. Bueno, continuamos la ruta.
Llegamos enseguida a Vila Pouca de Aguiar, que ocupa una posición central en la historia de la Línea del Corgo. Fue, sin duda, el principal nudo logístico y de comunicaciones en este tramo de montaña entre Chaves y Vila Real. Durante casi todo el siglo XX, el ferrocarril es el motor que rompió el aislamiento de esta comarca de Trás-os-Montes. No solo se trata de transportar pasajeros, sino fundamentalmente de dar salida a mercancías vitales para la economía local, como la madera, los productos agrícolas y, muy especialmente, el granito extraído de sus canteras.
La estación de Vila Pouca de Aguiar, situada en el kilómetro 43 de la línea, es muy completa. La diseñan para albergar una infraestructura completa: muelles de carga, varias vías de apartado y edificios de apoyo. Esta importancia se debe a que la villa actúa como punto de recogida para las aldeas circundantes de la Serra do Alvão y la Serra de Padrela. La llegada del «comboio» transforma la fisonomía urbana de la localidad y desplaza el centro de gravedad del comercio hacia los alrededores de la estación. De ahí que aparezcan almacenes y pequeñas industrias que dependen directamente del raíl. Hoy solo quedan vestigios de aquel esplendor.
Tras el cierre definitivo del servicio ferroviario en 1990, Vila Pouca de Aguiar vive un periodo de decadencia en sus infraestructuras ferroviarias hasta la creación de la Ecopista do Corgo. En la actualidad, el municipio es uno de los más activos en la rehabilitación de este patrimonio. Se recupera la antigua estación y el trazado ferroviario se reconvierte en una vía verde pavimentada que atraviesa el casco urbano. Los antiguos terraplenes y puentes pasan a ser espacios de ocio. Esta reconversión permite que el tren, aunque ya no circule físicamente, siga siendo el eje vertebrador del turismo activo en la zona, pues conecta la villa con los paisajes mineros y forestales que antaño justificaron la construcción de la vía. El trazado de la ecopista se da hoy de bruces con el enorme viaducto de la A24.

Nos queda, por fin, el tramo de la Ecopista do Corgo que conecta Vila Pouca de Aguiar con Vila Real, casi todo él ya en descenso. Vemos a nuestro alrededor los dramáticos efectos de los incendios.

Encaramos una transición paisajística considerable. En los próximos 25 km el trazado desciende desde la meseta de la región de Aguiar hasta el valle donde se asienta la capital del distrito. Pedaleamos por un entorno que ejemplifica muy bien el carácter de esta región, Trás-os-Montes. Ahora todo es mucho más montañoso, haciendo justicia a su nombre. A diferencia del tramo que hemos pedaleado desde Chaves, más llano y agrícola, el recorrido hacia el sur presenta una orografía muy diferente.
Atravesamos la de la Serra do Alvão, donde el granito es el protagonista absoluto. El paisaje está dominado por densos bosques de robles, pinos y castaños… quemados. El otoño debería de ser un buen momento para disfrutar por aquí de una paleta cromática excepcional, pero habrá que esperar. Saliendo de Vila Pouca de Aguiar en dirección sur, el trazado continúa regalándonos antiguos apeaderos que hoy sirven como puntos de descanso. Lugares como Tourencinho o Aveleda conservan ese aire de aislamiento que caracteriza a las aldeas ferrovis faldasarias. Uno de los puntos más emblemáticos es el paso por las cercanías de Samardã, una zona vinculada históricamente a la literatura portuguesa a través de la figura de Camilo Castelo Branco. Saramago, en Viaje a Portugal, le rinde pleitesía:
A pocos kilómetros de Vila Real está Vilarinho de Samardã. Tienen que perdonarle al viajero estas flaquezas: venir de tan lejos, tener a mano cosas tan ilustres como un palacio viejo, dos valles, cada cual con su belleza, y correr alborozado a dos pobres aldeas, sólo porque por allí anduvo y vivió Camilo Castelo Branco. Unos van a La Meca, otros a Jerusalén, muchos a Fátima; el viajero va a Samardã. Por esta carretera siguió, a caballo o de tartana, el loco de Camilo siendo joven. En Vilarinho pasó, son sus palabras, «los primeros y únicos felices años de su juventud», y en Samardã se dio el señalado caso del lobo que resistió cinco tiros y acabó comiéndose la mitad de la oveja que faltaba. Son episodios de vidas y libros, razón más que suficiente para que el viajero se lance a la busca de la casa de Camilo, preguntando a unas mujeres que estaban en la alberca, y ellas indican más allá.
A medida que el camino se aproxima a Vila Real, siempre con la referencia del río Corgo, la ingeniería ferroviaria ofrece sus mejores galas. Para mantener una pendiente constante y suave (característica de los trazados de ferrocarril), la ecopista se eleva sobre terraplenes y se interna en trincheras excavadas directamente en la roca. Los puentes de hierro y piedra, aunque de dimensiones modestas, son testimonios de la tenacidad necesaria para llevar el progreso a estas regiones en el siglo XIX. Este segmento final ha sido objeto de una importante rehabilitación.
El descenso hacia Vila Real es muy agradable para la vista. La ciudad comienza a asomarse entre los valles y, finalmente, la ecopista termina integrándose en el área urbana de Vila Real. Pasamos por Abambres, un barrio que cuenta con su correspondiente apeadero, antes de llegar a la antigua estación central de Vila Real.


Este punto final es un lugar cargado de simbolismo, donde aún se conservan algunos vagones y locomotoras de vía estrecha que hoy forman parte del patrimonio museístico de la ciudad. Nos hacemos una foto junto al monumento que conmemora la llegada del primer comboio.
Este hito histórico marca, desde luego, el destino de la ciudad. Ocurre un 12 de mayo de 1906. El primer tren de la línea del Corgo hace su entrada triunfal en Vila Real tras partir de la estación de Régua. Vecinos y autoridades se van a recibirlo a bombo y platillo. No te digo más, que hasta los reyes de Portugal, D. Carlos I y D. Amélia, no se lo quieren perder. En cierto modo están celebrando el fin del aislamiento secular de la región de Trás-os-Montes. El monumento actual queda ubicado cómo no lo que hoy es la Avenida de la Estación, justo frente al histórico edificio ferroviario. No faltan las correspondientes placas conmemorativas y un busto dedicado al Consejero José de Azevedo Castello Branco. Según parece, este hombre es una de las figuras políticas clave y el principal impulsor de que el ferrocarril lograra vencer la difícil orografía del valle del Corgo para conectar la ciudad con el resto del país, esa por la que nosotros hemos venido pedaleando.
Así pues, nuestra segunda etapa prácticamente de forma íntegra transcurre por la Ecovía del Támega y la Ecopista do Corgo. Recorrer este tramo no es solo una actividad física, es un ejercicio de memoria histórica. La ecopista ha conseguido dar una segunda vida a una infraestructura que, tras su cierre en 1990, parecía condenada al olvido. Hoy el cicloviajero puede disfrutar del silencio y la biodiversidad de la montaña, y seguir los mismos pasos que durante décadas hicieron los habitantes de estas tierras para conectarse con el resto del país.
Terminamos la etapa cruzando un puente cargado de simbolismo. Bastantes metros por debajo fluyen las aguas del río Corgo, el que da nombre a la línea. Vila Real nos espera. Llegamos hasta nuestro alojamiento, Residencial O Montanhês, que queda a los pies mismos de la N2. Ya ves que, aunque hoy la hemos esquivado casi por completo, no somos tan mala gente. Aquí estamos, en plena reconciliación con su trazado. Y con sus pegatinas.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 177,92.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 2064.
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