04 Castro Daire – Tondela #PortugalN2

Entrañables recuerdos de la ecopista do Dão

by Julen

Nuestro alojamiento, como te decía ayer, queda al lado de la igreja matriz, o sea, la iglesia parroquial, de Castro Daire. Pues ya que está al lado, te cuento que está dedicada a San Pedro y aunque su origen se remonta a la Edad Media, lo que vemos hoy es fruto de importantes transformaciones en los siglos XVII y XVIII. Así pues: estética donde predomina el estilo barroco con algunos elementos neoclásicos posteriores. La fachada luce granito. Ya, vaya sorpresa, ¿verdad? Porque aquí, si algo hay característico en las construcciones, eso es el granito. La culpa se la echas a la cadena montañosa cercana, la Sierra de Montemuro. Vamos con Saramago, que tampoco puede evitar la mención al granito:

Castro Daire está colgado de la montaña, y desde sus altos se domina un horizonte de crestas y valles que parecen no tener fin. El viajero mira hacia abajo, al río Paiva, que corre allá en el fondo, y siente que la tierra aquí tiene una fuerza bruta, una arquitectura de granito que el hombre ha tenido que aprender a habitar con paciencia.

Como quiera que estamos en lo alto del pueblo, la torre campanario de la iglesia parece ejercer de vigía de la villa. Dentro, destaca sobre todo su retablo mayor al que han surtido con unas cuantas buenas tallas doradas de estilo barroco. En estos pueblos, de todas formas, la igreja matriz cumple con un evidente papel de centro de la vida social. Cuando toca, las procesiones y las festividades locales la cogen como referencia. Aquí en Castro Daire, el edificio queda en pleno casco histórico, integrado en el trazado urbano tradicional.

De paseo por la villa hay que pasar sí o sí por la Fonte dos Peixes (Fuente de los Peces), uno de los monumentos más emblemáticos y antiguos de por aquí. Por supuesto, cuenta con su propia tradición. Se dice que «quien beba del agua de la Fonte dos Peixes, se casará en Castro Daire». Tú decides.

La fuente queda en una plaza junto a la estrada nacional. Y, junto a ella, puedes elegir entre dos opciones de marco quilométrico.

La villa, como te digo, se ubica estratégicamente en una de las laderas de la Sierra de Montemuro. A sus pies fluye el río Paiva. Si te cuento que la iglesia está en lo alto del pueblo, puede que no tengas que retorcer mucho la imaginación para –teniendo en cuenta el nombre del pueblo– suponer que esto era un antiguo castro. Así que hay una ocupación humana que se remonta a tiempos prehistóricos y romanos. Por el lugar que ocupa, como sitio de paso hacia el interior del país y hacia el norte, se ve que dispone de comercio y servicios para toda la comarca circundante.

Y sí, ya que hay granito en abundancia, su patrimonio arquitectónico muestra imponentes casas señoriales y palacetes que reflejan el poder económico de las familias nobles. Eso sucede, sobre todo, en los siglos XVII y XVIII. Sí, es cuando reforman la iglesia. El centro histórico conserva un trazado de calles estrechas y empinadas que invitan a descubrir algunos rincones pintorescos, como la Casa da Cerca o el solar de los hidalgos de la zona. Sin olvidar algún que otro mirador natural desde donde se puede observar la fuerza del relieve de la Sierra de Montemuro y los profundos valles excavados por el agua. ¿Alguno en particular? No sé si atreverme, pero desde alguna que otra tumba del cementerio hay unas vistas estupendas. Esa alegría que te llevas al otro barrio.

Otra alegría diferente es la que nos hemos merendado: un bolo de pobre que ha entrado estupendamente a media tarde. Te parecerá pan, pero no lo es, aunque según me entero, el lema es «hacer mucho con nada». Toda una declaración de intenciones.

Comenzamos una etapa con dos partes muy diferenciadas: la N2 hasta Viseu y luego la Ecopista do Dão hasta Tondela, nuestro fin de etapa. Nada más salir bajamos sin dar pedales hacia el río Paiva (Paivô en portugués). Sí, ya estamos sobre el asfalto de la N2. Enseguida cruzamos el río por el Ponte Pedrinha. A la derecha sale una carretera que se dirige hacia São Pedro do Sul. ¡Qué recuerdos de la Transiberia y también de la colaboración con la Región Centro de Portugal a través de la revista Andar en Bici!

Seguimos adelante y enseguida aparece a nuestra derecha Carvahal, que presume de termas. Bueno, vale, pero el agua brota solo a 42 grados. Claro que es de naturaleza bicarbonatada, sódica y rica en flúor y azufre, cualidades que la hace especialmente efectiva para el tratamiento de afecciones reumatológicas, dermatológicas y de las vías respiratorias. Pero, en fin, nada que ver con los 73 grados de Chaves.

Para llegar a Viseu seguimos por la N2, aunque con algún requiebro y una parte final en la que la abandonamos, a partir de Lordosa. A nuestra derecha aparece el enésimo monumento al merchandising motero de la N2 en formato kitsch cien por cien.

Continuamos para acercarnos al aeródromo de Viseu y entramos en la ciudad por Moure de Carvalhal.

Viseu presume de granito (vale, vale, ya se que me repito) y de jardines. Dicen que es una de las joyas más antiguas y mejor conservadas del interior de Portugal. Pero no solo parece cuestión estética, porque ostenta el orgullo de haber sido nombrada en varias ocasiones como la ciudad con mejor calidad de vida del país. Las sierras de Montemuro, Caramulo y Estrela la vigilan por si acaso. Y hablar de Viseu es hablar también de Viriato, el mítico caudillo de los lusitanos que resistió a las legiones romanas. Hoy lo recuerda la Cava de Viriato, una gigantesca estructura octogonal de tierra rodeada por un foso, cuya función exacta sigue siendo un misterio para los arqueólogos, aunque tradicionalmente se ha asociado a un campamento militar romano o lusitano. Bueno, y también se recuerda al héroe con algo más banal, el Viriato, un pastel con forma de uve invertida, elaborado con una masa tipo brioche y relleno de dulce de huevo. No solo de pan vive el hombre.

Si te adentras en el casco histórico de Viseu no hay elección: vas a llegar sí o sí a su impresionante Adro da Sé, una plaza catedralicia con un encanto especial. El diálogo arquitectónico entre la Catedral, de origen románico y gótico con un interior manuelino fascinante, y la Iglesia de la Misericordia, con su refinada fachada barroca blanca que contrasta con el gris del granito, es único. A esta conversación se une el Museo Grão Vasco, dedicado al pintor más célebre del Renacimiento portugués, Vasco Fernandes, quien trabajó en esta ciudad y cuya técnica de luz y sombra marcó un hito en la historia del arte europeo.

Sin embargo, para quienes pedaleamos, Viseu está en el mapa como esa ciudad vinculada a la Ecopista do Dão. En mi caso, ya la pedaleé hace tres años, invitado por Turismo de la Región Centro de Portugal, como te comentaba antes. Sirvió para escribir un artículo en la revista Andar en Bici.

Desde Viseu parte esta otra ecopista que finaliza en Santa Comba Dão. El primer tramo, hasta Figueiró, se abrió a ciclistas y peatones en 2007, mientras que la apertura definitiva de los casi 50 kilómetros de la ecopista al completo se llevó a cabo en 2011. Quizá convenga hacer un poco de historia. Vamos a pedalear por una antigua vía de tren que tuvo el honor de ser la primera que se conoció en Viseu. Se inauguró un 25 de noviembre de 1890, “solo” hace 136 años. Se cerró al tráfico de pasajeros un siglo después, en 1990. Cien años son unos cuantos, ¿no? Así pues, bien merece nuestro respeto. Hoy no hay trenes que lleguen o partan de Viseu. Nuestras bicis rinden homenaje a tiempos pretéritos.

Hasta Tondela, nuestro final de etapa –en un alojamiento que queda en el mismo trazado de la ecopista– nos separan algo menos de treinta kilómetros. La Ecopista do Dão es una de las rutas cicloturistas más larga y famosa de Portugal. Nació sobre las cenizas de una de las líneas ferroviarias más bellas y ambiciosas del país: la Linha do Dão. Inaugurada en 1890, esta vía estrecha conectaba la ciudad Viseu con Santa Comba en aproximadamente unos cincuenta kilómetros. Nosotros, como te comento, vamos hoy hasta Tondela y mañana seguiremos hasta Santa Comba Dão.

En el paisaje dominan los viñedos y los bosques de pinos que alternan con valles fluviales. Su construcción fue un hito para la región de Beira Alta, ya que por primera vez permitía una conexión fluida entre el corazón agrícola de Viseu y la Línea del Norte que iba hacia Lisboa y Oporto. Los locales conocían esta línea como el Vouguinha. Su ritmo pausado y su trazado sinuoso, diseñado para salvar la complicada orografía del valle del río Dão, obligaban a desarrollar paciencia y cariño por el trazado. Durante casi un siglo, este ferrocarril no solo transportó pasajeros, sino que fue vital para la economía local al trasladar productos agrícolas y madera. Sin embargo, con el auge del transporte por carretera y la falta de inversión en la modernización de las vías, la línea fue perdiendo competitividad hasta que el servicio de pasajeros se suspendió definitivamente en 1988. Al año siguiente el cierre afectó también al transporte de mercancías.

Una de las curiosidades más interesantes de este antiguo tren es la espectacularidad de su ingeniería, que hoy se puede disfrutar a pie o en bicicleta. A lo largo del trayecto se construyeron varios puentes metálicos, algunos diseñados por la escuela de Gustave Eiffel, como el Viaducto de Mosteirinho.

Además, las estaciones –con granito de por medio, cómo no– conservan todavía sus famosos paneles de azulejos portugueses. Tras años de abandono, en 2011 se transforma en la actual Ecopista, con un detalle curioso: se pavimenta con un asfalto de colores azul, verde y rojo para diferenciar los tramos y los tipos de uso.

La Ecopista do Dão juega con un particular código de colores. El suelo luce una gama cromática diferente según el municipio por el que transitamos. Viseu se ha adjudicado el rojo, que se extiende hasta el túnel de Parada. Son 19 kilómetros de un color más o menos tradicional para lo que se estila en los carriles bici. También habitual, aunque quizá menos, el segundo tramo se tiñe de verde y nos conduce hasta algo más allá del kilómetro 37. Por fin, quizá la nota más innovadora ¡y resultona! la encontramos en el tramo final hasta Santa Comba Dão. Ahí una fotogénica variedad de color azul contagia alegría para pedalear: el suelo se tiñe de añil.

Actualmente, la ruta permite observar vestigios tangibles de aquel pasado ferroviario, como antiguas locomotoras de vapor expuestas en algunas estaciones, como la de Torredeita, o los túneles de piedra que atraviesan las montañas.

La transformación en ecopista ha permitido rescatar del olvido una ruta que de otro modo habría desaparecido bajo la maleza. Aquel antiguo camino de humo y carbón es hoy un corredor ecológico que sigue siendo el orgullo de los municipios de Viseu, Tondela y Santa Comba Dão. Y por él nos acercamos a nuestro final de etapa.

El túnel de Parada o Santa Catarina –de casi 200 metros e iluminado– hace las veces de línea divisoria. Se entra por él rodando sobre una pista de color rojo y se sale haciéndolo sobre otra de color verde. Magia. Poco más adelante, en Parada de Gonta, la estación, reconvertida también en bar, se ofrece a los cicloturistas, pero nosotros seguimos y tras la de Sabugosa, llegamos a la de Tondela, con la Sierra de Caramulo vigilante allá al fondo. Nos espera un amigo. No es mal sitio, desde luego, porque un poco antes de llegar a esta estación, que queda a la derecha, se ubica otro establecimiento, Ninho d’Arara, que esta vez ofrece no solo servicio de cafetería, sino también alojamiento. Desde allí nuestro amigo nos avisa: ¿no escucháis sonido de aves? Hay una explicación: la Associação Columbofilia Tondela queda justo al lado. También hay un servicio de alquiler de bicicletas, aunque cuando pasamos por allí estaba cerrado. Ah, y para que no perdamos referencias, una lúcida señal nos indica la distancia a diversas capitales europeas.

A cinco kilómetros de terminar la etapa encontramos la Capela de Nossa Senhora de Campo de Canas, situada en Santa Maria de Tondela, un tesoro arquitectónico que fusiona el gótico final con el estilo manuelino. El granito parece, desde luego, reflejar la solidez de la fe por estos lares.

Por fin, llegamos a Tondela, a un lugar muy especial en el que nos alojamos, Ninho D’Arara. Pero de esto te cuento mañana.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 312,62.

Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 4276.

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