Castejón de Monegros bien pudiera ser una especie de balcón espiritual de la comarca, un núcleo que domina la llanura desde una posición estratégica sobre un cerro (sobre todo, si te subes a las ruinas del castillo). Situado a los pies de la Sierra de Alcubierre, este pueblo encarna la transición perfecta entre la montaña y la estepa, sirviendo históricamente como un enclave de vigilancia y paso. Su arquitectura es un testimonio de piedra y cal que desafía la dureza del clima extremo de la zona, donde el sol y el viento han esculpido no solo el paisaje de sus alrededores, sino también el carácter de sus habitantes. El elemento más imponente de su silueta es la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Lumbre, una construcción monumental que mezcla estilos del gótico tardío y el renacimiento. Su retablo mayor es una joya que ha sobrevivido a los avatares de la historia y que sigue siendo el orgullo del patrimonio monegrino.

Claro que el frontón que le han adosado se las trae. La pobre iglesia parece haber perdido el partido porque la plaza se ha quedado con el nombre de Plaza del Frontón.

Salgo en dirección a Lanaja, pero no lo hago por Pallaruelo de Monegros, sino que prefiero internamente en la sierra de Alcuberre. Para eso tengo que pedalear primero por donde vine ayer. Aprovecho para fotografiar la ermita de Santa Ana con su cementerio al lado y su precioso camino flanqueado por cipreses.

Cojo un cruce a la derecha y encaro los 22 kilómetros que hay hasta Lanaja. Pedaleo por la nada. La densidad de población en Los Monegros ronda los 5-7 habitantes por kilómetro cuadrado (la media estatal es de 95). Soledad. Tiempo para trasladarse casi cien años atrás. Aunque cuesta pensar en este territorio con trincheras, bombas y obuses, la Guerra Civil se ensañó aquí en la nada.
La Guerra Civil Española en la comarca de los Monegros no fue un episodio bélico convencional, sino una prolongada y agónica lucha de posiciones donde la geografía árida y el clima extremo jugaron un papel tan determinante como el armamento de los contendientes. Desde el inicio del conflicto en julio de 1936, este territorio se convirtió en la línea de fractura que separaba Zaragoza, que había quedado bajo el control de los sublevados, del avance de las columnas de milicianos que partieron desde Cataluña con el objetivo de recuperar la ciudad. Esta situación convirtió a la Sierra de Alcubierre en el eje vertebrador de un frente que permanecería casi inalterado durante cerca de dos años.
El avance inicial de las columnas anarquistas y del POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) a finales de julio de 1936 fue rápido y lleno de entusiasmo revolucionario. Ocuparon localidades estratégicas como Bujaraloz, Sariñena y la propia Alcubierre. Sin embargo, este impulso se detuvo al chocar con las defensas organizadas por los sublevados en las cotas más altas de la sierra y en los alrededores de localidades cercanas a Zaragoza. Fue en este momento cuando la guerra de movimientos se transformó en una guerra de trincheras. Los Monegros pasaron de ser un lugar de paso a un escenario de estancamiento donde la visibilidad infinita de la estepa y la dificultad de excavar en el suelo de piedra caliza y yeso obligaron a ambos bandos a construir complejas redes de fortificaciones que todavía hoy son visibles en los cerros de la región.
El control de las alturas fue la obsesión constante de los mandos militares. Picos como San Caprasio, la cota 1000 de la Sierra de Alcubierre o el monte Irazo (hacia donde me dirijo) se convirtieron en observatorios privilegiados desde los cuales se dominaba cualquier movimiento de tropas a kilómetros de distancia. Esta visibilidad absoluta impedía las sorpresas tácticas y condenaba a los soldados a una inactividad desesperante bajo un cielo que en verano abrasaba y en invierno congelaba. La intendencia fue el mayor desafío logístico de la campaña. En una tierra sin fuentes de agua naturales y con comunicaciones deficientes, el suministro de líquido, comida y munición a los puestos avanzados dependía de mulas que debían ascender por senderos estrechos bajo la vigilancia constante del enemigo. El hambre y la sed fueron, en muchos momentos, enemigos más temibles que el fuego de artillería.
Pues bien, el escritor británico George Orwell combatió en estas tierras como parte de las milicias del POUM y nos dejó un retrato tremendo de esta particular experiencia en Homenaje a Cataluña. En sus testimonios, Orwell relata cómo la guerra consistía básicamente en una lucha contra la suciedad, los piojos y el aburrimiento. La proximidad de las líneas enemigas permitía en ocasiones intercambios de gritos o incluso conversaciones entre los soldados de ambos bandos en los momentos de calma, una realidad que subrayaba la tragedia fratricida del conflicto. Sin embargo, esta aparente calma se veía interrumpida por golpes de mano nocturnos o duelos artilleros que buscaban desgastar la moral del adversario. Las incursiones para capturar prisioneros o sabotear las líneas de comunicación eran las únicas actividades que rompían la monotonía de los meses de espera.
La característica principal de la guerra de trincheras es la falta de sueño. En el frente de Aragón, el frío era un enemigo mucho más tangible que el fascismo. Recuerdo pasar noches enteras, con el fusil entre las rodillas, tiritando de tal modo que mis dientes castañeteaban como castañuelas. No era solo el frío, era la suciedad acumulada de semanas sin desvestirse, el olor a orina y a comida podrida, y sobre todo las ratas. Las ratas eran del tamaño de gatos y corrían sobre nuestras caras mientras intentábamos dormir. La guerra, tal como yo la viví en aquellas colinas peladas, consistía en un setenta por ciento de aburrimiento, un veinte por ciento de frío y un diez por ciento de suciedad espantosa.
A lo largo de 1937, el frente de los Monegros fue testigo de diversos intentos por parte del ejército republicano para romper el cerco sobre Zaragoza. La ofensiva sobre Belchite, situada al sur de la comarca, tuvo repercusiones directas en todo el sector monegrino, obligando a movimientos de tropas y a un aumento de la presión sobre las líneas de Alcubierre y Lanaja. A pesar de la superioridad aérea que los nacionales empezaron a consolidar gracias al apoyo de la aviación alemana e italiana, las posiciones republicanas en los Monegros se mantuvieron con una tenacidad asombrosa. Los pueblos de la retaguardia, como Sariñena, se convirtieron en centros neurálgicos de la logística republicana. Allí se instalaron aeródromos improvisados, hospitales de sangre y centros de mando que transformaron por completo la vida cotidiana de una población campesina que veía cómo su mundo era invadido por la maquinaria de guerra moderna.
El impacto social de la guerra en los pueblos de los Monegros fue devastador. La comarca se convirtió en un laboratorio de la revolución social, especialmente en las zonas controladas por las milicias anarquistas, donde se implementaron colectividades agrarias que abolieron la propiedad privada y el uso del dinero en localidades como Bujaraloz. Esta transformación radical convivía con el miedo a los bombardeos y la represión que ambos bandos ejercieron en sus respectivas zonas de control. El libro de Orwell es un baño de realidad en este sentido. Eso sí, allá por 1937. Aunque tengo mis dudas de si hemos progresado.
Los campos de trigo y cebada, motor económico de la región, quedaron a menudo abandonados o se convirtieron en campos de minas, mientras que las sabinas centenarias de la sierra fueron taladas para construir vigas para los refugios y leña para las hogueras que apenas lograban mitigar el frío de las noches esteparias.
Había tres tipos de leña. El primero era la sabina, un árbol de madera verde y resinosa que ardía con una llama viva pero que desprendía un humo negro y denso que delataba nuestra posición al enemigo a kilómetros de distancia. El segundo era el pino, que ardía bien pero se consumía en un momento. El tercero, y el más valioso de todos, era la encina (u olmo, según la zona de la sierra). La encina era el combustible perfecto: ardía con una llama clara, sin apenas humo, y mantenía el calor durante horas en forma de brasas incandescentes. Pasábamos horas enteras buscando desesperadamente raíces de encina muerta, escarbando en la tierra helada como si buscáramos oro.
La caída definitiva del frente de los Monegros se produjo en marzo de 1938, tras la gran ofensiva de Aragón lanzada por el ejército franquista. Tras la derrota republicana en Teruel, las tropas nacionales iniciaron un avance imparable hacia el este que desbordó por completo las defensas monegrinas. En pocos días, lo que había sido un frente estático durante casi dos años se derrumbó. Las tropas republicanas iniciaron una retirada caótica hacia el río Cinca y Cataluña, mientras los pueblos de la comarca eran ocupados uno tras otro. La entrada de las tropas de Franco en Sariñena y Bujaraloz marcó el fin de una era de sueños revolucionarios y el inicio de una larga posguerra marcada por la represión, el hambre y el silencio forzado.
Hoy en día, el paisaje de los Monegros actúa como un inmenso museo al aire libre de la Guerra Civil. La erosión no ha logrado borrar las cicatrices de las trincheras excavadas en la marga blanca, y lugares como la Ruta Orwell o las posiciones de San Simón en Alcubierre se han recuperado como espacios para la memoria y la educación. Estas tierras, que durante siglos fueron símbolo de aislamiento y dureza, guardan entre sus surcos el recuerdo de miles de jóvenes de toda España y del extranjero que lucharon por sus ideales en un entorno que parecía no pertenecer a este mundo. El legado arqueológico de la contienda en esta región es de una importancia científica creciente. A diferencia de otros frentes donde la urbanización posterior destruyó los vestigios, el aislamiento de los Monegros ha permitido conservar nidos de ametralladoras, polvorines y sistemas de comunicación que ofrecen una visión técnica muy precisa de la poliorcética de la época.
Bueno, por respeto a la memoria, he querido escribir lo anterior para darte contexto. Te había dejado camino de Lanaja atravesando la nada. Sin embargo, los árboles, ya en flor, entretienen al ciclista.


Llego por fin a Lanaja. En la crónica orwelliana se menciona como un nodo logístico esencial para el movimiento de suministros hacia las zonas altas de la sierra. Su mención está ligada al flujo de mulas y camiones que intentaban alimentar a un ejército de milicianos que carecía de lo más básico. Paro a tomar un café en un bar que está a rebosar. Habrá pocos bares por estos pueblos, pero no veas cómo corre el carajillo mañanero.



Mi destino principal es Alcubierre o, más bien, lo que hoy en día se ha acondicionado como Ruta Orwell. Visito las trincheras del monte Irazo y me acerco también al vivac de San Simón. El vivac era un abrigo de descanso para el pelotón. Aquí se puede encontrar el puesto de mando, abrigos de descanso, pozos, áreas de cocina, aljibes, el refugio en una cueva, la plataforma de la zona de observatorio, la trinchera y ramales de comunicación.
A veces me parecía que la característica más importante de la vida en las trincheras no era el miedo, ni siquiera el frío, sino el hedor y el cansancio. El cansancio te calaba hasta los huesos; era una fatiga tan profunda que el mero hecho de levantar el fusil o subir un terraplén suponía un esfuerzo físico insoportable. Y luego estaba el olor: el olor rancio de la comida enlatada, el olor de los cuerpos que no se habían lavado en semanas y el olor persistente de los excrementos humanos que el viento traía de las zonas de nadie. En las crestas peladas de Aragón, la guerra se había reducido a una existencia puramente animal: encontrar algo que comer, buscar un rincón donde no soplara el cierzo y esperar, simplemente esperar, a que pasaran las horas de oscuridad.
En Monte Irazo el lugar está conservado muy dignamente. Hay unos cuantos paneles con información sobre las diferentes instalaciones y sobre el propio Orwell, con varias fotografías en las que aparece.


Dejo atrás a Orwell, vuelvo a Alcuberre y encaro la carretera que me lleva hacia Robres, que Orwell menciona como parte del entramado defensivo y organizativo del sector controlado por las milicias del POUM. Hoy el pueblo es ampliamente conocido por albergar el Centro de Interpretación de la Guerra Civil en Aragón, un espacio que dota de contexto histórico a los vestigios. Paso por allí. Cerrado.


Todavía me quedan unos 15 km hasta mi final de etapa. El viento me ayuda a avanzar más o menos a buen ritmo. Paro en Torralba de Aragón en un hotel rural en el que pensé hospedarme. Como un bocadillo mientras veo pasar por delante la crónica del día en el pueblo: llega el médico a pasar consulta a la una y media, los habituales comentan la lluvia de estos días, en la barra se lamentan de que quizá se suspendan actos de la cincomarzada por el mal tiempo… Poco a poco llegan a comer obreros de las contratas que andan trabajando por la zona. En fin, la vida misma. Por cierto, algo andan removiendo por la zona porque el Canal de Los Monegros baja vacío.

Termino mi bocadillo y en un par de rectas más me planto en Tardienta, un pueblo distinto en la medida en que por aquí pasa el tren. Y un pueblo con estación de tren es… un pueblo con estación de tren.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 251,39.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 1.732.
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