El latido del agua en Portugal a través de la Nacional 2

La memoria de los ríos y el silencio roto de los embalses

by Julen

En estas fechas recientes estoy siguiendo con cierto detalle los distintos episodios de inundaciones en el país vecino. Como en otras partes de la Península Ibérica o incluso en Francia, las lluvias intensas de comienzos de febrero se han vuelto motivo de preocupación. Con el cambio climático como telón de fondo, la naturaleza muestra su lado más feo. Quizá se siente agredida y se defiende. Pues bien, nuestra ruta de Semana Santa por la N2 en Portugal tiene mucho que ver con entender sus cuencas hidrográficas.

Pedalear Portugal de norte a sur es, en esencia, pedalear a través de las venas de una tierra que se desangra y se regenera por el agua. La mítica Nacional 2 no es solo una carretera que corta el país por su columna vertebral, sino también un buen observatorio para entender cómo el relieve y la hidrografía han esculpido el carácter portugués.

Nada más salir de Chaves, kilómetro cero de la N2, se entra en el valle del Támega, un río que ya acompañaba al ciclista desde tierras orensanas, en Galicia. Pertenece a la cuenca internacional del Duero. En Chaves el agua es protagonista desde tiempos de los romanos. Sus termas continúan presentes en pleno siglo XXI. Esta zona norte de nuestra ruta recorre un paisaje de granito. Portugal, ya sabes, es, en gran parte, granito. El río Támega fluye a veces bastante encajonado, pero siempre vital. El ciclista lo podrá acompañar a través de la tranquilidad de una pista ciclable que discurre a su lado. Pero el río, claro está, ha sido un vecino caprichoso; las inundaciones en Chaves son parte de la memoria colectiva. Su historia recuerda las de diciembre de 1909, febrero de 1979 o enero de 2021, momentos en los que el agua reclamaba su espacio en el puente romano. Era una forma de recordar a sus habitantes que la piedra puede ser eterna, pero el agua no se achica ante ella.

A medida que el pedaleo se vuelve más exigente y la carretera se retuerce hacia el sur, el Duero es la referencia. Se presenta no ya como un río, sino también como un gigante con el que convivir. Un hito en nuestra ruta es, por supuesto, Peso da Régua, con sus tres puentes de diferentes épocas y pensados para diferentes usos. Esta cuenca es el ejemplo perfecto de cómo el hombre ha domesticado la fuerza hídrica. El sistema de embalses del Duero, construido durante el siglo XX, intentó transformar la descomunal fuerza del río en una escalera de aguas más tranquilas que permitiera la navegación y generara la energía que iluminaba a un Portugal que quería progresar. Las laderas se vistieron de viñedos para hacerse más y más fotogénicas.

Sin embargo, sus embalses trajeron consigo un coste emocional y patrimonial. Pueblos enteros y quintas centenarias quedaron bajo las aguas para dar paso a presas como la de Bagaúste, que nos quedará a la izquierda de nuestra ruta. Allí una esclusa de navegación permite a los cruceros fluviales superar un desnivel de unos 28 metros. Tiene que ser tremendo ver subir o bajar un barco en ese cajón de hormigón. La gente del Duero, como la de otras cuencas, aprendió a vivir con la pérdida de las orillas originales en un intento por evitar las desastrosas crecidas que antaño arrasaban los muelles de carga de vino de Oporto. Aquí el agua es cultura, es sudor en los bancales y es la promesa de una cosecha que depende del equilibrio entre la lluvia y el hormigón.

Al dejar atrás el norte y adentrarnos en las Beiras, la N2 cruzará la cuenca del Mondego, el río más largo de los que nacen exclusivamente en territorio portugués. En estos días, seguro que lo has visto desbordado en unas imágenes que han dado la vuelta al mundo. Las noticias se empeñan en mostrar su lado más dramático: Coímbra suspirando para que no se desborde la presa de Aguieira. Otra vez la angustia de volver a entender que la naturaleza de los ríos de vez en cuando se vuelve caprichosa. Nosotros vamos a encontrarnos con el Mondego después de pedalear por la ecopista del río Dão, una ruta dulcificada para pasear con sosiego junto a este río que vierte sus aguas al Mondego.

El embalse de Aguieira es el gran gigante de esta sección, una obra de ingeniería que supuso un antes y un después para la agricultura de la zona y para el control de las terribles inundaciones que periódicamente anegaban Coímbra. Esta fue siempre la intención. La historia del Mondego es una crónica de amor y odio con su cauce; los habitantes del valle saben que el río es el que da la vida a sus cultivos, pero también el que puede arrebatarlo todo en una noche de invierno especialmente cruda. Para el ciclista, el Mondego, en circunstancias normales, debería proporcionar un respiro visual, una suavidad en el paisaje donde el agua se detiene y se ofrece al descanso antes de afrontar los macizos del centro. Sin embargo, a día de hoy el monasterio de Santa Clara-a-Velha vuelve a mostrar una imagen que se repite de vez en cuando.

Fuente: Diario de Coimbra

Más hacia el sur, la N2, tras dejar atrás el Mondego, cruza otro de los ríos emblemáticos de Portugal, el Zêzere, que hace de frontera entre los distritos de Leiria y Castelo Branco. Este afluente del Tajo nace en el corazón de la Serra da Estrela, el sistema montañoso más alto del Portugal continental. Lo hace a unos 1.900 metros de altitud, en un lugar de gran belleza natural conocido como el Covão d’Ametade, por donde pedaleé en 2021.  Tras brotar en las alturas de la sierra, el Zêzere desciende formando un espectacular valle glaciar. Pues bien, nuestra ruta lo cruza poco después de Pedrógão Grande. Lo hace por el humilde Ponte de Filipina, construido nada más y nada menos que a principios del siglo XVII. Al lado quedan sus otros dos hermanos mayores: el puente de la N2, que pasa por encima del impresionante aliviadero de la presa de Cabril (por su caída vertical hacia el lecho del río), y el verdaderamente gigantesco de la IC8.

El viaje continúa y el sur comienza a ocupar espacio vital. Se cruza la divisoria de aguas y continuamos en el dominio del Tajo, la cuenca más extensa de la Península Ibérica. Nosotros haremos fin de etapa en Abrantes. Allí el Tajo se ensancha y muestra su majestuosidad. Al sur da paso al Alentejo. Por supuesto, este es el río que sirvió de primera gran autopista en Portugal, antes de que el cemento y el alquitrán hicieran su aparición. La conexión entre el interior y el imperio oceánico circulaba a través del Tajo. Los embalses de esta cuenca, otra vez, quieren ser vitales no solo por la electricidad, sino porque de ellos bebe gran parte de la población de Lisboa.

La construcción de presas fue una epopeya que cambió la fisonomía de las aldeas serranas, convirtiendo valles agrícolas en inmensos mares interiores que hoy quieren ser refugios de biodiversidad y ocio. La domesticación del río hizo aparecer playas fluviales que han devuelto la vida a pueblos que sufrían la desertificación. El agua se convirtió en el «oro azul» que podía atraer al turismo.

Pero el Tajo, no podía ser de otra forma, también tiene una cara sombría en los relatos locales. Las grandes avenidas del siglo pasado todavía se cuentan en las tabernas de los pueblos de ribera. Una que se dice fue de «proporciones bíblicas» ocurrió en diciembre de 1876. Todavía hoy en muchas iglesias y edificios públicos de las poblaciones ribereñas del Tajo, existen pequeñas placas metálicas o marcas en la piedra con la inscripción «Cheia de 1876». Esto se podía leer en un diario de la época:

El espectáculo es desolador y da miedo. El río lo ha saltado todo, y desde la falda de Santarém hasta la otra orilla no se ve más que agua, agua por todas partes, de donde emergen apenas las copas de los árboles más altos, como si fueran islotes en un océano en furia. La corriente arrastra, a una velocidad vertiginosa, restos de casas, mobiliario, ganado muerto y enormes troncos de árboles que van a chocar con estruendo contra las obras de ingeniería de la línea férrea.

Después de Abrantes, nuestra previsión es pernoctar en Torrão. Atravesamos la cuenca del Sado, un río exclusivamente portugués. Nace en la Sierra de Caldeirão, que atravesaremos en la parte final del viaje, y, curiosamente, fluye de sur a norte. Desemboca en el Atlántico en la ciudad de Setúbal, formando su propio estuario, famoso por su colonia de delfines residentes. «Famoso». El Sado estos días es famoso por las inundaciones que, por ejemplo, ha provocado en Alcácer do Sal. Torrão queda en un alto; no hay problema de tierras anegadas. Pero otra cosa es en la parte baja. En la zona de ribera del río Xarrama, uno de los afluentes más importantes del Sado y que alimenta la presa de Vale do Gaio, el drama ha sido considerable. Alcácer do Sal ha sufrido la tormenta perfecta, suma de cuatro factores que han aliado sus fuerzas: la apertura de las compuertas de la presa para aliviar la presión, las mareas altas que llegan desde el mar hasta el pueblo, los lodos y sedimentos acumulados en el cauce del río y, finalmente, no hay que olvidarlo, el cambio climático y la subida del agua del nivel de mar que provoca mareas más intrusivas.

Seguimos viaje hacia el sur: el Duero y el Tajo, pero aún nos queda el Guadiana. Nuestra N2, aunque de forma más humilde, también alcanza su cuenca. Quizá podamos decir que la cuenca en sí está ausente, pero presente. No vamos a ver el gran río, pero sentiremos su influencia a través de una orografía serrana que deja atrás la vegetación de secano. El Vascão es el último gran suspiro de agua dulce de una cuenca importante antes de que la N2 nos acerque a la brisa salada de Faro.

Hablar del Guadiana obliga a mencionar El Gran Embalse. Nuestra ruta no lo cruza directamente, pero da por seguro que lo sentiremos. El Complejo de Alqueva (se le suele llamar así) representa la mayor intervención humana en el paisaje portugués del siglo XXI y ha redefinido por completo la relación del Alentejo con su recurso más escaso. No se limita a una simple presa de hormigón; constituye un sistema hidráulico ramificado que da vida a un lago artificial de 250 kilómetros cuadrados. ¡Su línea de costa es de más de 1100 kilómetros! Toma nota: esta cifra supera la longitud de todo el litoral atlántico del país.

Ni que decir tiene que la historia de Alqueva es también una crónica de resistencia y sacrificio emocional, personificada, por ejemplo, en la desaparición de Aldeia da Luz. El pueblo quedó completamente sumergido y obligó a trasladar a toda su población a una nueva aldea construida desde cero. Este episodio provocó una auténtica cicatriz en la memoria colectiva de la región. Fue el precio del progreso: perder las raíces bajo el avance de la modernidad. Hoy, por lo que leo, queda un museo. Allí se quisieron enterrar los recuerdos de las casas y hasta del cementerio que hoy descansan bajo las aguas. El Complejo de Alqueva ha alterado para siempre la humedad y el clima de toda la región.

La diferencia entre las cuencas del norte y las del sur nos afectará en el pedaleo. A priori, en el norte el agua parece un elemento que se desploma con violencia desde las montañas; en el sur, en cambio, es un recurso que se custodia con celo en depósitos estratégicos. Con matices, por supuesto. Al descender finalmente hacia el Algarve, a través de la Sierra de Caldeirão, llegamos a las pequeñas cuencas del sur, con ríos que vierten sus aguas al Atlántico –y que, por cierto, forman riberas tan llamativas como la Ría Formosa– en un breve viaje. En Barranco do Velho el ciclista, si el tiempo acompaña, podrá vislumbrar por fin el Atlántico.

Este viaje hídrico por la N2 nos enseña que Portugal se puede entender como un mosaico de humedades. Desde la abundancia casi gallega de Chaves hasta la aridez mediterránea de Faro, el agua ha sido el motor de la historia. Las presas han traído progreso, han intentado evitar muertes –se contabilizan 16 fallecidos en las recientes inundaciones en el momento de escribir este texto– por crecidas incontroladas y han permitido generar alternativas económicas. Pero también han dejado un rastro de melancolía por los valles sumergidos y por la pérdida de la libertad de los ríos. Al llegar a Faro el viajero quizá pueda comprender que cada pedalada ha sido un homenaje a este ciclo interminable. La N2 también es agua


P.D. Si quieres un libro para entender el amargo sentimiento de quienes dejaron atrás sus hogares por la construcción de los embalses, te recomiendo Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares. Enternecedor.

En medio de un paisaje hermoso y desolador, la muerte del abuelo reúne a todos los miembros de una familia. Junto al pantano que anegó su hogar hace casi medio siglo y donde reposarán para siempre las cenizas de Domingo, cada uno reflexiona en silencio sobre su relación con él y con los demás, y sobre cómo el destierro marcó la existencia de todos ellos.
Desde la abuela a la nieta más pequeña, desde el recuerdo de la aldea que los mayores se vieron obligados a abandonar a las historias y pensamientos de los más jóvenes, esta novela es el relato coral de unas vidas sin vuelta atrás, un caleidoscopio narrativo y teatral al que la superficie del pantano sirve de espejo.

Nota final.- Gracias a Juan Manuel Muñoz Luque por sus apuntes. No le quepa duda de que le subiremos nota a fin de curso ;-)


Descubre más desde Consultoría artesana en red

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.