
Me vengo con la intención de pedalear tres días por Los Monegros, con un aperitivo añadido, el de hoy, en forma de Canal Imperial de Aragón. Lo acompaño en su curso ascendente desde Utebo hacia su origen en las tierras navarras de Tudela. Es una perspectiva interesante sobre el desafío que supuso vencer la gravedad y la topografía del valle del Ebro durante el Siglo de las Luces. Sí, aquel siglo XVIII se caracterizó por el triunfo de la razón y el pensamiento crítico frente al dogmatismo religioso y la superstición. Los ilustrados promovieron la fe en el progreso científico, la educación universal y el derecho a la felicidad. Asentaron, en cierta forma, las bases de la democracia moderna mediante la división de poderes y la defensa de libertades individuales. Quisieron transformar la sociedad a través del conocimiento y la técnica. Bueno, con un pequeño detalle a tener en cuenta: muchos monarcas de la época adoptaron las ideas de la Ilustración pero… ¡sin renunciar a su poder absoluto! «Todo para el pueblo, pero sin el pueblo». Por si acaso.
El Canal Imperial de Aragón nació a finales del siglo XVIII. Tenlo presente. El recorrido en sentido inverso al discurrir de las aguas revela la magnitud de la ingeniería ilustrada. El cauce va ganando altura de forma casi imperceptible sobre la llanura para conectar la capital aragonesa con el azud de El Bocal, donde termina mi pedaleo (o sea, donde comienza esta gran obra). Paciencia, ya llegaremos. La ruta nos puede servir para aprender sobre hidráulica, pero también como un viaje a través de la memoria de los pueblos que aprendieron a vivir de espaldas al secano para abrazar una prosperidad dictada por el ritmo pausado de la corriente artificial.
Salgo a las nueve. Los ocho grados son más o menos sinónimo de frío. Venga, vamos con ello. Me dirijo, obviamente, hacia el canal. La carretera que circunvala el pueblo está patas arriba. Vaya jaleo de obras. Las dejo, por fin, atrás y llego hasta el canal. Al otro lado queda una zona militar y el aeropuerto.


Progreso técnico, uno al lado del otro, pero proveniente de dos momentos históricos muy diferentes: aviones y barcazas. El paisaje de huertas convive con otras infraestructuras que muestran a las claras la ambición del ser humano. Sin embargo, el camino de sirga conserva su carácter de corredor natural. Poco a poco, el canal empieza a mostrar la complejidad de su trazado. Debe mantenerse siempre en una cota superior a la del propio río Ebro, que fluye paralelo unos kilómetros más al norte. Cada kilómetro que el canal gana hacia Tudela es una victoria sobre el relieve. Solo de esta forma es posible regar miles y miles de hectáreas situadas por debajo de su nivel, por simple gravedad, sin necesidad de costosas estaciones de bombeo.


Al cruzar el límite de las Merindades y adentrarnos en la comarca de la Ribera Alta del Ebro, el canal se encuentra con uno de sus mayores obstáculos físicos: el río Jalón. En las proximidades de Alagón, el ingeniero Pignatelli y sus operarios tuvieron que enfrentarse al reto de cruzar un río con otro río. El acueducto sobre el Jalón es una de las mayores obras de ingeniería civil de la historia española. Se trata de una estructura de piedra de sillería de dimensiones colosales que permite que el agua del canal pase por encima del caudal del Jalón sin mezclarse. Estamos, por supuesto, ante el cénit del Canal Imperial, un lugar donde la arquitectura se vuelve poesía técnica y donde se percibe la ambición de una monarquía que buscaba equipararse a las grandes potencias europeas en el desarrollo de infraestructuras hidráulicas.

La imagen es de la almenara de San Martín, junto al acueducto. Como ves, el agua baja con fuerza. El paso habitual por el azud cercano está imposible. Al final, consigo pasar por arriba, por el mismo acueducto, que dispone de un camino paralelo.
Paro en Pedrola a tomar un café y comer alguna cosa. Voy a dejar la bici fuera, junto a una verja, pero un lugareño me dice que si estoy loco, que cómo dejo la bici sin candar. Vale, vale, pero no tengo candado. Nada, me encargo yo de vigilar. Dentro, me tomo el café mientras veo por la puerta que todo está en orden. No sé por qué tanta precaución. Claro que no sé cómo están los índices de delincuencia en Pedrola. En estas entra el señor custodio. Me dice que se va, pero que ya ha dejado encargo a un colega suyo para que la vigile. Joderrrrrr. Termino mi café, doy las gracias y reanudo el pedaleo junto al canal pensando que soy un feliciano.
Desde Alagón hacia Luceni y Gallur, el canal atraviesa la zona de las antiguas estepas de la margen derecha del Ebro. Antes de la construcción de esta obra, estas tierras eran baldíos yermos dominados por el esparto y el yeso. Hoy, gracias al canal, son un mosaico de cultivos de maíz, alfalfa y frutales. Así se sostiene la economía de estos municipios que, de otro modo, habrían sucumbido a la despoblación. El cauce se vuelve más rectilíneo en estos tramos y corta el paisaje con una limpieza geométrica que delata su origen artificial. Las casetas de los guardas de aguas, situadas a intervalos regulares, añaden un elemento de arquitectura funcional y popular que narra la vida cotidiana de quienes han custodiado este tesoro líquido durante más de dos siglos.

Llevo 45 km cuando aparece Gallur. El paso del canal por este pueblo es especialmente significativo, ya que el canal se eleva sobre el casco urbano y permite una vista panorámica de la llanura de inundación del Ebro. Aquí se instalaron importantes industrias harineras y molinos que aprovechaban la fuerza del agua y la facilidad de transporte que ofrecían las barcas del canal antes de la llegada del ferrocarril. Ya te puedes imaginar que el canal era, en esencia, la columna vertebral de un sistema de transporte multimodal que conectaba el interior de Aragón con el valle superior del Ebro para facilitar el comercio de granos y productos agrícolas hacia el Cantábrico. La presencia de puentes de piedra, con sus arcos rebajados para permitir el paso de las embarcaciones, sigue siendo un recordatorio de esa época dorada de la navegación fluvial. Hasta se ofrecían travesías para viajeros que llevaban un día completo desde Zaragoza hasta El Bocal.


Cruzo la frontera con Navarra y el paisaje se vuelve más agreste. El canal debe sortear barrancos cada vez más profundos. Los acueductos menores se suceden, cada uno con su propia historia de construcción y reparación. Paso Ribaforada y el canal se prepara para sus últimos kilómetros de ascenso hacia la toma de aguas. El Moncayo vigila la escena desde el sur (solo se intuye porque el día está gris), y la vegetación de ribera se hace más densa. Es un tramo bonito que invita a la calma. La primavera aún no ha llegado, pero sus colores ya están aquí. Y, por supuesto, las señales de una vía del Camino de Santiago. Ya se sabe que es imposible no encontrarlas cuando haces una ruta de varios días en bici por cualquier sitio de la Península Ibérica.


Finalmente, el canal llega a su origen en El Bocal, cerca de Fontellas, a escasos kilómetros de Tudela. Este paraje es el principio de todo, el lugar donde el agua del Ebro se desvía hacia su cauce artificial. El Bocal es un conjunto monumental de primer orden. Ten en cuenta que aquí puedes disfrutar de su presa renacentista, del palacio y de la espectacular Casa de Compuertas, donde se regula la entrada del agua. Bueno, todo esto si el recinto estuviera abierto, que no es el caso.


Este final (que es el principio de todo) sirve para comprender la magnitud del proyecto: el nacimiento de un sueño ilustrado que pretendía unir el Atlántico con el Mediterráneo a través de una red de canales navegables que cruzaran toda la península. Aunque ese sueño nunca se completó totalmente, el Canal Imperial quedó como la prueba de que tal empresa era posible.
El canal hoy sigue cumpliendo su función y requiere una gestión acorde con los tiempos actuales. Pero también funciona, desde una perspectiva medioambiental, como un corredor ecológico de valor incalculable. En una región donde la aridez es la norma, el canal ofrece un refugio de biodiversidad. Miles de aves migratorias utilizan su curso como guía y punto de descanso, mientras que en sus taludes habitan especies de flora y fauna que han encontrado un nicho ecológico estable. La sombra de los grandes chopos que lo jalonan reduce la evaporación del agua y crea un microclima que suaviza las temperaturas extremas del valle del Ebro. En cierta forma, este ecosistema artificial se ha naturalizado con el paso de los siglos hasta el punto de ser indistinguible de un cauce fluvial natural en muchos de sus tramos.
No hay que olvidar tampoco el valor patrimonial del canal. Los sifones, almenaras y pequeñas compuertas de hierro forjado son joyas de la metalurgia del siglo XIX. Recorrer el canal es también observar la evolución de los materiales de construcción, desde los grandes sillares de piedra de las esclusas originales hasta el hormigón de las reparaciones modernas, pasando por los ladrillos de las casetas de los regadores. Es un museo vivo de una ingeniería civil que nos enseña el progreso desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días.
El Canal Imperial de Zaragoza a Tudela es, en última instancia, un monumento a la paciencia y a la visión de largo plazo. Nada tiene que ver con la inmediatez de lo contemporáneo; el canal nos recuerda que las obras más trascendentales son aquellas que se planean para siglos y no para legislaturas. Es el triunfo de la Ilustración plasmado en el terreno, una vía de agua que sigue cumpliendo su promesa original de traer riqueza y vida allí donde antes solo había polvo y olvido.
El ciclista llega por fin a Tudela después de pedalear hasta el kilómetro cero del canal. Se vuelve en tren hacia Utebo, donde hace noche hoy. El tren recorre este tramo en apenas 45 minutos. Progreso, más progreso. Aquel día que se necesitaba para llevar a cabo el trayecto en barcaza por el canal se achica hasta estos tres cuartos de hora. Mañana nos vamos para Los Monegros donde nos espera no solo un terreno erosionado, no solo una vasta estepa de carácter árido entre las provincias de Zaragoza y Huesca, en el corazón de la depresión del Ebro, sino también los recuerdos de la Guerra Civil. Mañana te empiezo a contar.
Por cierto, quizá te preguntes por qué he preferido pedalear en sentido inverso al de mi ruta y luego volverme en tren. Cosas de la logística del viaje y del viento. El Cierzo ha dejado paso al Levante y, cómodo que es uno, he preferido aprovechar la contingencia.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 87, 35.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 233.
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