Casetas forma prácticamente una unidad urbana casi continua con su vecina Utebo. Su identidad ha estado forjada por su condición de nudo logístico y ferroviario. No es un municipio independiente, sino que se define como un barrio rural de Zaragoza (un núcleo de población que pertenece administrativamente al Ayuntamiento de la capital aragonesa). Eso quiere decir que funciona bajo la figura de una Junta Vecinal, con un alcalde de barrio nombrado por el Ayuntamiento de Zaragoza. Resulta curioso porque Utebo, sin embargo, sí que tiene su propio ayuntamiento.
Dicho lo anterior, de «barrio rural» no tiene nada. Mi sensación es que se alimenta de periferia urbana. O sea, polígonos industriales, viviendas baratas, comercio vulgar, bares con lo básico para cenar… Vamos, que porque me venía bien para mi logistica; si no, perfectamente evitable.
En el hotel, eso sí, comparto espacio con la clase trabajadora. Rezuma dignidad. A las siete de la mañana en la pequeña cafetería convive un pequeño hervidero de currelas. Los hay de la limpieza, de contratas de obras, también otros que parecen encargados o algo similar. No sé, me parece que curiosamente se respira una especie de buen rollo. La gente se saluda con amabilidad, el camarero desea a todo el que marcha, ya desayunado, que tenga un buen día. Lo dicho, no sé, inspira confianza. Eso sí, todo hombrones. Hotel Villa de Zaragoza, por si te interesa.

En Utebo, aquí al lado, presumen de torre mudéjar de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Ahí empieza mi etapa de hoy. Con lluvia, como puedes observar en la foto. Está considerada una de las joyas del mudéjar aragonés y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Destaca por su exquisita decoración en cerámica vidriada de tonos verdes y blancos. Es tan icónica que su réplica preside el Poble Espanyol de Barcelona, simbolizando la elegancia de la arquitectura aragonesa de los siglos XV y XVI.


Dejo atrás la torre de la iglesia y tras pasar Monzalbarba cruzo el Ebro. Mi ruta de hoy conecta la vega fértil de Utebo con el corazón árido y místico de Castejón de Monegros. Es decir, representa una transición brutal en la geografía del valle del Ebro. Al iniciar el itinerario en Utebo, el ciclista convive con un entorno definido por la presencia constante de la civilización hidráulica y la cercanía de la capital aragonesa. El terreno junto al Ebro es llano, rico en sedimentos y dominado por una red intrincada de acequias que alimentan huertas tradicionales y campos de cultivo intensivo. Poco a poco me voy coronando de barro.


La salida de Utebo hacia el este obliga a flanquear el cinturón metropolitano de Zaragoza por su parte norte, sin bajar hasta el centro. Pedaleo por amplias avenidas unos cuantos kilómetros. A medida que el itinerario deja atrás la influencia directa de la ribera y se encamina hacia Villamayor de Gállego, la transformación del paisaje comienza a manifestarse de manera sutil pero imparable.
Villamayor actúa como el último puesto de avanzada de la transición antes de que el terreno empiece a ganar altura hacia la sierra. Al cruzar el río Gállego, el principal afluente septentrional del Ebro, se percibe un cambio en la composición del suelo. Los verdes profundos de la alfalfa y el maíz cambian por los de cereal de secano. Eso sí, hoy de sacano nada de nada. Paro en Villamayor y decido hacer el resto de la etapa por carretera. Llevo encima ya un par de kilos de barro. Todo tiene su límite.
El ciclista abandona definitivamente la zona de confort del valle para adentrarse en la soledad de la estepa. La carretera asciende suavemente, serpenteando por lomas de yesos y margas. En este tramo, el eterno cierzo decide esquivarme. Por aquello de confirmar que el viento siempre da de frente al pedalear, me encuentro con un molesto aire. Sí, es el de ayer, al que llaman Levante o Boira. Entro oficialmente en Los Monegros.

Farlete se presenta como un oasis de piedra blanca a los pies de la sierra. Vivir aquí (seguir viviendo) es una declaración de intenciones, con la capital no tan lejos. La Sierra de Alcubierre muestra aquí detrás su cara más agreste, con barrancos que esconden sabinas milenarias y santuarios solitarios, como el de la Virgen de la Sabina, que invitan a la introspección. El ciclista pedalea hasta allí. Luego, mundanal ruido, busca «el bar». He visto que queda junto a las piscinas. Pero ahora no es temporada. En su lugar, está habilitado en una nave industrial. Tal como te digo. Cosa curiosa.
Mientras cae un riquísimo bocadillo de jamón con tomate (la hora hace mucho, pero, como verás luego, lo del jamón hoy es obligatorio), leo sobre el Santuario. La tradición es la de siempre: la Virgen se apareció a un pastor sobre una sabina alba, un árbol capaz de sobrevivir siglos en condiciones extremas de sequedad, pidiendo que se construyera un templo en ese preciso lugar para proteger a los habitantes de la zona. Dicho y hecho. Y, claro, hoy es el destino de romerías anuales donde los vecinos de Farlete y pueblos cercanos acuden para pedir protección para las cosechas y salud para sus familias. Qué menos.
Al superar la barrera orográfica que protege el interior, el itinerario se dirige hacia Monegrillo, un lugar que ha sabido convertir la aridez en una forma de arte. El descenso hacia esta localidad es un viaje al corazón de la geología monegrina.
Monegrillo se asienta en una depresión rodeada de cerros testigos y formaciones erosivas que han sido comparadas con paisajes lunares o escenarios cinematográficos del lejano oeste. ¿Una película de referencia que se fijo en este territorio para algunas de sus escenas más icónicas? Jamón, Jamón (1992), dirigida por Bigas Luna.


Aunque gran parte de la acción se asocia con los Monegros en general, Monegrillo cobró una relevancia especial. Sus alrededores sirvieron de fondo para algunas de las escenas más icónicas que lanzaron a la fama a Javier Bardem y Penélope Cruz. El paisaje de «secano» extremo de Monegrillo proporcionó esa atmósfera tórrida y cruda que el director buscaba para retratar la pasión y el drama rural. ¿El toro de Osborne? Ese lo puedes encontrar más al sur, exactamente en el kilómetro 392 de la N-II. Queda para otro día. Lo que sí visito es el antiguo campo de fútbol donde se rodó la escena inicial. Y conste que hay una ruta para conocer distintos escenarios de la película. Bigas Luna, por cierto, tiene su calle en Monegrillo.

Fuente: Fotogramas
Hoy la foto del campo de fútbol es muy distinta.

El tramo final que conduce desde Monegrillo hacia Castejón de Monegros culmina este ascenso hacia el aislamiento espiritual y geográfico. Dejo la carretera que va hacia Bujaraloz y me desvío a la izquierda, justo en un lugar que forma parte de la ruta de Jamón, jamón. Aquí filmaron, no sin dificultades por una tormenta de arena, la escena final de la pelea a jamonazos.

Subo un pequeño puerto para alcanzar mi final de etapa en Castejón de Monegros. Es, posiblemente, uno de los asentamientos que mejor representa el espíritu del desierto. Muy atrás quedan las húmedas orillas de Utebo junto al Ebro y al Canal Imperial de Aragón. El ciclista ha pasado de la abundancia del agua a la mística de la sed. Castejón me saluda.

La travesía desde las riberas del Ebro en Utebo hasta las alturas esteparias de Castejón de Monegros es también un recorrido por la memoria del trabajo agrícola. En la primera etapa del viaje, las grandes extensiones de regadío muestran una agricultura mecanizada y pujante, donde el hombre ha logrado extraer del suelo una productividad máxima gracias al riego heredado de la época musulmana y perfeccionado en el siglo XVIII.
Sin embargo, al cruzar Villamayor y enfilar hacia la sierra, el paisaje revela las cicatrices de la agricultura de secano, una labor mucho más incierta y dependiente del cielo. Los antiguos aljibes y parideras de ganado que salpican el camino son monumentos a una forma de vida que hoy parece extinguirse, pero que fue el motor económico de Aragón durante siglos. Estos pequeños edificios de piedra seca, integrados perfectamente en las laderas de los cerros, cuentan historias de pastores y agricultores que pasaban semanas en la soledad de la estepa, protegiendo su ganado del cierzo y esperando una lluvia que a menudo se hacía de rogar… aunque esta noche pasada, por lo que me dicen, ha llovido con cierta intensidad. Doy fe por el barro que me he comido en la primera parte de la etapa.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 173,37.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 984.
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