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Clermont-l’Hérault supera los diez mil habitantes. Vamos, toda una aglomeración urbana para lo que vengo pedaleando estos días atrás. Se ve que por aquí hay mucha historia porque durante la Edad del Hierro (siglo VI a.C.), fue uno de los principales «oppida» (asentamientos fortificados) del Mediterráneo celta, y establecimiento termal. Además del castillo (el Château des Guilhem, del que ya no queda mucho), destaca la colegiata de Saint-Paul, de los siglos XIV y XV, construida en estilo gótico meridional. O sea, que tira para arriba, esbelta como ella sola, y presume de bajorrelieves, además del hermoso rosetón de la fachada. Vale, a las 18:30 esta cerrada.

El paseo por Clermont-l’Hérault me deja claro que lo mediterráneo, aunque seguro que simplifico, marca diferencias con las secciones precedentes de la GTMC. Por un lado, la zona histórica del pueblo está bastante dejada de la mano de Dios, de la de Alá o de la del Ayuntamiento. Se ven muchos comercios cerrados y sin que parezca que vaya a levantar la persiana en un futuro cercano. También las viviendas muestran un deterioro evidente. Por otra parte, se percibe una especie de suciedad endémica y de dejadez en general.
Ceno en una crepería. La mujer que atiende y el cocinero parecen enzarzados al principio en una discusión sin pudor alguno para que los demás nos enteremos. Luego me parece que simplemente es su forma de hablar. ¿Qué fue del bajo nivel de decibelios del típico restaurante francés? Aquí no aplica. Por cierto, la comida, ni fu ni fa. Eso sí, el noisette viene con su detalle curioso.

Me levanto poco después de las seis de la mañana. Está ahí. En forma de señor entrado en carnes. Se parece mucho al que me atendió ayer en la tienda de bicis. No es él, pero se ve que guarda alguna relación. Ya sé que el diablo se puede metamorfosear de muchas maneras. Insiste: hay una carretera que te evita los dos pasos de montaña iniciales. Y se queda mirándome. Espera. Solo espera. No hace nada. Me observa desde la puerta.
Miro por encima los datos que tengo de la etapa. Habría una primera subida hasta el château d’eau de la Ramasse, luego una bajada hacia Nébian y de nuevo para arriba, hacia el monte Mounio. Pero, claro, no hay dos sin tres. Otra bajada hasta Cabrières. Esto es lo que me evito por una carretería asfaltada como Dios manda.
Miro los datos de lo que llevo de la GTMC. Casi 1.500 km y 25.000 m de desnivel acumulado hasta hoy. Ayer fue la etapa en que la que estuve más tiempo sobre la bici. Fueron casi seis horas con algún tramo en subida al sol por pista pedregosa, de esas que aparecen cuando menos conviene. Tengo la razón de mi parte. Voy a engañar al guionista de la GTMC.
El diablo gana. Pero, además, me explica por qué lo voy a hacer: tengo que pasar por la Manufacture Royale de Villeneuvette, algo que no habría hecho de seguir el track oficial de la GTMC. Honneur au travail.

Es un pueblo entero construido alrededor de una fábrica de telas. Sí, pero ¡en el siglo XVII!
La fábrica fue fundada en 1673 por Pierre Baille, un comerciante de telas de Clermont-l’Hérault. Con el apoyo del ministro de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert, la fábrica fue designada «Manufacture Royale de draps» (Manufactura Real de telas) en 1677. Este título garantizaba la calidad de sus productos y un mercado privilegiado.
Una de las características más singulares de Villeneuvette es que fue concebida como una verdadera «ciudad-fábrica» o «pueblo obrero». Se construyó una infraestructura completa para los trabajadores, incluyendo viviendas, talleres, una iglesia y otros servicios. El pueblo tenía su propia muralla y una puerta de entrada, que originalmente llevaba la inscripción «Manufacture Royale» (luego reemplazada por «Honneur au travail»).
Es un concepto que las grandes instalaciones fabriles han manejado siempre, pero que haya que remontarse a 1673 es el detalle que marca la diferencia. Todo esto aguantó en funcionamiento hasta 1954. Medio siglo después se calificó como monumento histórico y hoy viven allí unas 70 personas. En su interior artesanos y artistas suponen buena parte de la población actual. El diablo me lo contó todo antes de salir.
En Cabrières me reencuentro con la GTMC. A partir de aquí, la travesía se convierte casi en un monográfico de viñedos. Claro que hasta le dieron a probar al mismísimo Luis XIV el caldo mágico de este territorio.

Desde Cabrières, se abandona regularmente la ruta GTMC VTT para evitar tramos demasiado técnicos y continuar con subidas y bajadas hasta llegar al pueblo de Caux. La ruta es generalmente suave, con los tramos técnicos sorteados por la carretera. Después de Caux, la ruta discurre por senderos y pistas que serpentean entre viñedos y algunos tramos de carretera, especialmente entre Pézenas y Montagnac
Salgo del pueblo y veo que por aquí cerca anda Peret. No, no estaba muerto, leré, no estaba muerto, leré, estaba de parranda.

Me pongo serio, hay un pequeño puerto de montaña. Me pasa una cuadrilla de ciclistas electrificados. Yo, a lo mio. Arriba pasa lo que tenía que suceder en algún momento. Eso del fondo, aunque no lo veo, tiene que ser el Mediterráneo.

Bajo hasta Neffiès, que resulta ser un clásico village circulade, o sea, que se construyó en círculos concéntricos alrededor de su elemento central, que solía ser un castillo o una iglesia fortificada, y conserva muchas de sus antiguas edificaciones y estrechas callejuelas medievales. A mí, conste, me encanta este mural que queda junto a la iglesia.

Definitivamente, hemos pasado pantalla: adiós a las zonas altas de todos estos días. Estamos a unos cien metros sobre el nivel del mar. Efectivamente, el paisaje ya no es el que era. Como te decía, viñedos y algo de olivo aquí y allá. Todo se vuelve mucho más mediterráneo.
Sigo hacia Caux, el siguiente pueblo en la ruta. Más de lo mismo: está rodeado de viñedos, aunque, eso sí, se encuentra, curiosamente, al borde de la colada de lava basáltica del volcán Les Baumes. Es otro village circulade, que, por lo que veo, es algo que caracteriza a esta zona. Arriba del pueblo, otra iglesia que marca la referencia para todo lo demás.

Los viñedos se dejan fotografiar muy bien en este siguiente tramo hasta Pezenas.

Llego a Pézenas, un pueblo eternamente vinculado a Molière, ya que residió aquí con su compañía, «L’Illustre Théâtre», entre 1646 y 1655. Se dice que encontró inspiración para muchas de sus obras, incluyendo «Don Juan», en la ciudad. Decido hacerle un pequeño homenaje. Pedaleo por la Rue de la Foire. Se cree que Molière y su compañía solían alojarse y actuar en las posadas y mesones de esta calle, que era el centro de la actividad comercial de Pézenas en aquel entonces.

Me paso por el monumento que queda junto al río y por el Grand Hôtel Molière, además de por el Hôtel de Lacoste, en pleno centro histórico, que era un punto de reunión importante para la nobleza local allá por el siglo XVII y donde se cree que Molière actuó en sus salones y observó a la sociedad que luego plasmaría en sus obras.
Hay mucha gente por el centro histórico y es imposible moverse en bici. Me apalanco un buen rato en la terraza de una brasserie y actualizo la crónica de la etapa de hoy mientras veo el desfile de turistas. Doy de casualidad con un poke en una calle no demasiado transitada. Perfecto para comer.

Pero no solo de Molière vive Pézenas, porque es también otra joya medieval. Y van… Sí, he perdido la cuenta de las que me voy encontrando en la GTMC. La ley Malraux en 1965 permitió la restauración de muchas de sus mansiones privadas. Las mansiones de los siglos XVII y XVIII, con patios interiores y escaleras fabulosas, apenas han cambiado desde la época de Molière. También destaca la judería, que floreció allá por la Edad Media.
Con cierta pereza afronto el último tramo de esta etapa que, en buena parte, me la he tomado en plan Verano Azul. Queda cruzar el río Hérault, ya muy cerca de su desembocadura. Hace unos días fotografié desde el mirador de Serreyrède el valle que conforma nada más nacer. Ahora lo encuentro en un paisaje muy diferente.

Entro en Montagnac y voy a dar a las típicas terrazas bajo los plátanos. Es el lugar perfecto para el noisette. Aquí termino la etapa, la penúltima. Mañana finiquitamos la GTMC. Mientras, leo sobre el tremendo incendio que queda algo al sur de donde me encuentro. Qué lástima.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 1492.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 25.381.
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