A estas alturas de nuestra ruta, Cala d’Or es otro exponente más de lo que ofrece la costa urbanizada de la isla de Mallorca. Turismo a la enésima potencia. Y estoy por decirte que no he visto turista nacional alguno. Todo consagrado a que el europeo encuentre aquí lo que nunca podrá disfrutar en otoño de los Pirineos hacia al norte: sol y playa con buen tiempo.
Continúo como alma en pena con mis mocos, mi dolor de garganta y de cabeza, y un malestar general que no tengo forLa tarde transcurre entre paseos por la zona del paseo marítimo, como no puede ser de otra forma. Nuestro alojamiento está pegado a la Cala Gran Bucht y a su alrededor podemos encontrar todo lo que un buen turista de sol y playa necesita.

El alojamiento, sin pena ni gloria, atendido por tipos qué daban más miedo que otra cosa. Sin nadie que atienda en recepción, hay que llamar a un teléfono para que venga alguien. Nada, no le dedicamos más líneas a este otro ejemplo de la hostelería vulgar del turismo balear.
Tras una no ha algo mejor que las anteriores, pero en la que he sudado a lo bestia, salimos en busca de un lugar donde desayunar. Llamo para que me abran la puerta y recoger la bici. Me aparece un gigante recién despertado de su sueño al que ni soy capaz de mirar a los ojos. Ale, nos vamos.
Encuentro un bareto de gente local. Oh, sorpresa. Incluso con su pequeño altar dedicado al orgullo gitano. Presidido por Camarón, claro está. Me cortan a cuchillo el jamón para la tostada. Todo en orden.
Índice de contenidos
Calas y más calas
Emprendemos la etapa de hoy. El litoral se retuerce en esta parte de la isla a través de una serie de calas estrechas de arena fina y aguas resguardadas entre acantilados bajos y pinedas: Cala Llonga, Cala Petita, Cala Gran, Cala Esmeralda y Cala Ferrera. Esta última, eso sí, compartida en su margen norte con el municipio de Felanitx. En el centro del complejo se ubica Marina de Cala d’Or, un puerto deportivo natural situado en el entrante de Cala Llonga. Ahí es donde se disponen los amarres para embarcaciones de recreo, la oferta gastronómica y los servicios náuticos.
Pedalear por aquí es hacerlo sometido al capricho del diseño de cada urbanización. Todo termina por conformar un laberinto de semejante dimensión que sabes estás dentro del enjambre, pero en el que la salida es casi imposible. Manda, claro está, el track del GPS. Él dice si hay que coger a la izquierda, a la derecha o de frente. O lo que sea, o lo que sea. Y, claro, hay calas que vemos y otras que no. Depende de la urbanización.
Si acaso Cala d’Or puede presumir de un rasgo particular. Y es que su núcleo urbano se desarrolló ya a partir de la década de 1930 sobre un trazado planificado que adoptaba la arquitectura tradicional ibicenca. Las edificaciones eran de baja altura y las fachadas blancas con los bordes redondeados.

Pero todavía podemos irnos más atrás en el tiempo, porque aquí aún se conserva la fortificación de Es Fortí, una batería militar del siglo XVIII para la defensa de la costa, cómo no, ante incursiones marítimas.

Portopetro tiene su encanto
Precisamente salimos intentando seguir la línea de costa, algo que no es tan fácil con esta marabunta de urbanizaciones y con los numerosos entrantes que hace el mar. Pienso en Es Fortí. Podemos verlo quizá hoy como un símbolo de resistencia frente a otro tipo de ataques, no por mar ni a base de cañonazos, sino en forma de vuelos que acercan a miles y miles de turistas. Por cierto, he leído que, entre otros personajes, por aquí suele dejarse ver el iluminado de Marcos Llorente. Supongo que sin gafas de sol, digo yo. Bueno, a no ser que esté delante de la tele.
Llegamos a Portopetro, que está aquí al lado de Cala d’Or. Hemos cambiado, no obstante, de municipio porque pertenece a Santanyí. Más de lo mismo: una bahía resguardada y una dársena para el ocio. El paseo marítimo bordea la bahía. Vemos las infraestructuras portuarias del Club Nàutic Portopetro. Todavía queda alguna que otra pequeña barca de pesca tradicional. Son las llaüts, unas embarcaciones de vela con un mástil relativamente corto y que se combinaba con el uso de remos.

Estas embarcaciones disponen de una eslora reducida, habitualmente entre cuatro y nueve metros, y una proa estilizada que suele terminar en un elemento de madera elevado muy característico, el espolí o móstra. Tradicionalmente se construían de manera artesanal por los maestros de hacha (mestres d’aixa), quienes empleaban maderas locales como pino, encina u olivo para la estructura y el forro. El paso del tiempo modernizó las llauts con motores de combustión interna diésel de baja potencia y velocidad constante. Con este tipo de embarcaciones se realizaba pesca de bajura. Hoy están consideradas una pieza fundamental del patrimonio etnológico y marítimo de Mallorca y del resto del archipiélago balear.

En Portopetro destaca, en la entrada de la bahía, la torre de sa Punta de sa Torre, otra edificación defensiva, esta vez aún más antigua que la de Cala d’Or, ya que data del siglo XVII. ¿Para qué? Para lo de siempre: combatir las incursiones piratas. ¡Vaya trabajera! Nuestra ruta continúa por la costa. Y aquí llega el sucedido del día.
A la altura del Caló dels Homes Morts (curioso nombre) me meto sin querer en una urbanización gigantesca de la que no encuentro la salida. Al final, un chico que curra allí y tras echarnos unas buenas risas, me abre un portón para salir de esta curiosa cárcel fortificada.


Poco a poco dejamos atrás la zona densa en urbanizaciones. A la altura de Cala Mondragó y después de acercarnos también a Cala S’Amarador (dos de las que suelen aparecer en el top ten de calas mallorquinas), pedaleamos hacia el interior porque vamos a pasar por Santanyí pueblo. Atravesamos el Parque Natural de Mondragó que incluye dunas, humedales y vegetación de pinar y sabinar. Y muros de piedra, eso que no falte.

Santanyí
Plaza Mayor e iglesia, un binomio que se repite en los pueblos de interior. La vida transcurre en torno a estas dos referencias, aunque supongo que la iglesia cada vez más para turistas y visitas y no tanto como lugar de reunión social. Bueno, quién sabe. Conste que aquí presumen de la piedra de Santanyí, un material que se distingue por su tono dorado.
En el pueblo, a día de hoy, la población autóctona convive con una relevante comunidad de residentes internacionales. Desde la segunda mitad del siglo XX, la luz y la arquitectura de piedra de Santanyí han atraído a pintores, escultores y fotógrafos. Así que no es raro ver galerías de arte independiente, talleres artesanales y espacios de exposición repartidos por el centro histórico. Pero, además, hay escritores. Xavier Moret dedica un capítulo en su libro a este asunto: Santanyí y los escritores. Ahí comenta:
—La causa de que en Santanyí haya tantos escritores —responde Antoni a mi primera pregunta—. es por el farmacéutico Bernat Vidal i Tomàs (1918-1971). Convocaba una tertulia literaria en la trastienda de su farmacia y fue maestro de Blai Bonet, Josep Maria Llompart, Antònia Vicens y otros escritores o aspirantes a escritores. Era un hombre muy culto que sentía una gran pasión por la literatura y por el país. Se mostraba muy generoso y animaba a todos a escribir. Fue un pionero que, por desgracia, murió pronto, a los cincuenta y dos años. Josep Pla iba a verlo cuando estaba en Mallorca. Y también Joan Fuster y Blas de Otero.
Pues ya ves. Nada como tener un emprendedor farmacéutico en el pueblo. Por lo demás, es evidente que aquí las costumbres se mantienen. Hay mercado los miércoles y sábados. ¿Y hoy qué es? En efecto, miércoles. Así que encontramos el pueblo animado con los habituales puestos de alimentación, artesanía y textil. Aprovechamos para avituallarnos, ¿no?
Cala Figuera, Cala Santanyí y Cala Llombards
Por esta zona se ubican algunas de las calas más icónicas de Mallorca. La verdad es que hay donde elegir. Nos dirigimos primero a Cala Figuera.

Una especie de pequeño fiordo estrecho en forma de «Y» la divide en dos brazos secundarios: Caló d’en Busques y Caló d’en Boquer. Aquí no hay ninguna playa de arena fina en su reducido centro urbano. Lo que destaca sobremanera es su arquitectura portuaria tradicional adaptada a los acantilados de roca. A lo largo del canal marítimo se alinean las casas de pescadores pintadas de blanco, con puertecillas verdes y embarcaderos que albergan varaderos cubiertos (escars) destinados al resguardo de las barcas.

Hasta cierto punto, la pesca de bajura artesanal todavía resiste y convive con el turismo residencial y de restauración. El paseo marítimo bordea el margen de las rocas y permite recorrer la dársena hasta la bocana del puerto, protegida por pinos y matorrales.

Cala Santanyí, lógicamente, por su cercanía, comparte algunas características con Cala Figuera. En la desembocadura del torrente de sa Sínia, los acantilados calcáreos de baja altura y la vegetación de pino mediterráneo son rasgos repetidos. Aquí sí disponen de una playa de arena fina y blanca. Son apenas 70 metros, pero vaya lujo, porque las aguas de la bahía permanecen resguardadas de las corrientes marítimas, con un fondo de arena en suave pendiente que se transforma en rocoso hacia los márgenes de los acantilados. Sin exagerar, pero la cala no está exenta de alguna que otra urbanización.

Para llegar a Cala Llombards vamos a tener que hacer un rodeo por el interior. Nos vamos a repetir, pero cada una de estas pequeñas joyas merece una visita. La desembocadura del torrent de Son Amer, la enésima playa de arena fina y blanca, y dos pronunciadas hileras de acantilados calcáreos cubiertos por pinares y matorral mediterráneo obran el milagro. Preciosidad de sitio.
Aprovechamos para quedarnos un buen rato en el chiringuito de la cala. Apenas 50 metros de arenal frente a unas aguas que aquí parecen elevar hasta el imposible su transparencia. De nuevo, los tonos turquesa, la pendiente suave y los fondos mixtos de arena y roca hacen el resto. Hacia las paredes laterales de la bahía, se ven pequeñas plataformas de piedra y escaleras metálicas que facilitan el salto al mar y el acceso directo a zonas de baño más profundas. Los varaderos tradicionales (los escars que te comentaba antes), esas construcciones de piedra con portones de madera, siguen sirviendo a los pescadores locales para resguardar sus embarcaciones.
Con más tiempo podríamos acercarnos a ver una curiosa formación rocosa exenta en forma de arco (Es Pontàs) o la vecina bahía de Caló des Moro, que es otra de las que figura en el top ten de joyas mallorquinas de costa.
El faro del Cap de ses Salines
Dejamos atrás la embriaguez de estas calas paradisiacas para dirigirnos al faro del cabo de las Salinas, previo paso por el pueblo de Es Llombards. Cambiamos de paisaje. Este cabo constituye el extremo más meridional de la isla de Mallorca. Al sur queda el canal marítimo que conecta la isla con el archipiélago de Cabrera, situado a unas doce millas náuticas hacia el sur. A medida que salimos de Es Llombards, la ruta nos introduce en un terreno absolutamente horizontal.

Una plataforma de piedra calcárea y arenisca (el famoso marès tan empleado en la construcción) penetra de manera suave en las aguas del mar Mediterráneo. El paisaje se vuelve más árido. La vegetación costera está adaptada a la elevada salinidad y a la exposición directa a los vientos marinos. Las masas de sabina marina y algunos matorrales y plantas bajas son los únicos capaces de adaptarse al terreno, agarrándose como pueden a las grietas de la roca rasa. Enfrente podemos divisar con nitidez las islas e islotes del Parque Nacional Marítimo-Terrestre del Archipiélago de Cabrera.


La zona posee además una relevante dimensión científica y de conservación ambiental. Por su posición, resulta ser un punto privilegiado para la observación de aves migratorias que cruzan el Mediterráneo entre el continente europeo y el norte de África. De hecho, el edificio del faro acoge en sus dependencias anexas instalaciones dedicadas a la investigación marina y a la monitorización del ecosistema litoral balear.
El faro fue inaugurado en 1863. Adosada a la torre se encuentra la vivienda de planta cuadrada que albergaba a los antiguos fareros. Profesiones que desaparecen como ya comentamos en Menorca, ¿verdad? Por último, que sepas que en la década de 1980, la instalación fue pionera en España al convertirse en uno de los primeros faros en utilizar energía fotovoltaica para su sistema de iluminación y transmisión de señales luminosas. Por cierto, vaya plaga lo de poner pegatinas en las señales.

Cerca quedan las salinas de Ses Salines, conocidas comercialmente como Salinas d’Es Trenc o de Botaniossa. El proceso de producción aprovecha el agua del mar Mediterráneo, captada mediante canalizaciones y bombeada hasta un sistema de balsas de decantación y concentración de escasa profundidad. El clima árido del sur insular, caracterizado por una elevada radiación solar y vientos constantes, facilita la evaporación progresiva del agua y la cristalización del cloruro sódico. Como en otros lugares del Mediterráneo, los humedales de las balsas albergan comunidades microbianas que aportan tonalidades rosadas al agua y sirven de hábitat de alimentación y nidificación para numerosas especies de aves acuáticas, entre las que destaca la población de flamencos.
Las últimas pedaladas hacia Colònia de Sant Jordi
He visto que hay quien llega hasta Colònia de Sant Jordi pedaleando pegado a la línea de costa, pero veo que hay que atravesar algunos arenales y no me queda del todo clara la ciclabilidad de la zona. Así que optamos por el plan B: acercarnos hasta el pueblo de Ses Salines y de ahí ya hacia la costa de nuevo, hasta nuestro destino final de etapa. Así pues, desandamos parte del camino hecho para llegar al faro. Otra foto a la piedra de marès, a la tierra arcillosa y al horizonte.

Poco antes de llegar a Es Llombards torcemos a la izquierda. Enseguida se ven las primeras casas de Ses Salines.
No hay que rascarse mucho la cabeza para entender que el nombre le viene al pueblo de su tradición salinera. El casco urbano interior conserva la fisonomía de los pueblos agrícolas del sur mallorquín. De nuevo vemos las construcciones tradicionales de marès, una iglesia parroquial dedicada a Sant Bartomeu (tengo que enterarme por qué tanta devoción a este santo) y la torre defensiva de Ca’n Valenti. Ya se sabe que los piratas no descansan.
En fin, solo nos quedan poco más de seis kilómetros para llegar de nuevo a la costa, a Colònia de Sant Jordi. Mañana te cuento por qué este pueblo se llama como se llama.
Datos e información útil
- Kilómetros totales hasta esta etapa: 819,70
- Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 10633
- ⏪ Etapa anterior | Etapa siguiente ⏩
- Fotografías de la ruta.
- Lee todos los artículos relacionados con esta ruta.
- Alojamiento en Cala d’Or: Hostal Oasis Dor. 52,50 € vía booking.com. No lo recomendaría. Mi nota: 5.
Descubre más desde Consultoría artesana en red
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


