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El remanso de paz de Gojaki
Pues aquí hemos pernoctado, en una aldea con cuatro casas. Ni que decir tiene que el lugar es un remanso de paz. He podido descansar y dejar pasar el tiempo por la tarde sin casi nada que hacer. Se agradece esta cierta inactividad, no hay duda. Gojaki forma parte de la localidad de Golac, situada en pleno corazón del municipio de Hrpelje-Kozina. La geografía política nos dice que estamos ya en la Istria Eslovena y en los límites de la meseta del Karst –la roca calcárea todavía aflora aquí y allá–, porque aquí al lado, como te decía ayer, queda la frontera con Croacia. Tras dejar atrás las etapas del interior y antes de lanzarnos hacia Koper y la brisa del Adriático, aún sentimos que Eslovenia son, sobre todo, montañas.

Lo que no podía esperar es que hablara en castellano con la madre de quien lleva el alojamiento, el Dobra hiša zdravja čičarija. Es una mujer de El Salvador que vivió desde los quince años en California, adonde emigró su familia y cuyo abuelo ¡era de Bilbao! Ahora, a sus 64, cree haber encontrado su sitio en Eslovenia. Sin embargo, según parece, no es fácil conseguir los permisos. Cosas del mundo moderno.


En la cena, un goulash con gnocchi que estaba estupendo, tuve la ocasión de hablar un buen rato con el hijo. Me resultaba curioso que la vez que he podido hacerlo de largo con más fluidez con alguien aquí en Eslovenia haya sido con californiano que se vino hace unos años hasta este rincón del mundo. Como digo, un lugar muy recomendable, en general, este alojamiento, tanto por los dueños, por las instalaciones o por el sitio en que está.
Los Montes que tenemos aquí detrás son los de Cicarija. De manera muy especial, destaca el Slavnik, que con sus 1028 metros de altitud vigila toda la región. Todavía no lo veo, pero de alguna forma se intuye la inminente transición biogeográfica de los densos bosques centroeuropeos de hayas y robles hacia una vegetación de influencia submediterránea. No obstante, de momento, las colinas circundantes muestran el característico paisaje kárstico, con pastizales, dolinas y afloramientos rocosos.
Cuando inicio mi pedaleo, pasadas las siete de la mañana, tomo conciencia de que, frente a la algarabía de las cuevas de Postjona o del impactante castillo de Predjama, la calma y el sosiego de este entorno devuelven cierta paz interior. Eso sí, hoy nos vamos hasta la costa y creo que allí encontraremos de nuevo la moderna industria del turismo masificado. Tiempo al tiempo.
Entramos en Croacia
La previsión para la etapa de hoy se nos va hasta algo más allá de 90 kilómetros, pero el perfil es muy suave. Desde el kilómetro 15 es en gran parte favorable. Comenzamos a pedalear por una pista que un kilómetro más allá desemboca en otra más ancha. De inmediato noto calor. En todo el viaje por Eslovenia nunca había sentido tan pronto esta sensación. Sí, son los bosques de siempre, pero el aire es diferente.

Estamos en el kilómetro 7 de la carretera 630. Una carretera que es, por cierto, como en tantas otras ocasiones en este país, una pista de macadán. El cruce está bendecido por la correspondiente kapelica. Avanzamos por un paisaje muy familiar ya a estas alturas de ruta por Eslovenia. Esta vez es un hayedo.


Y ahí está: la frontera con Croacia. Ayer pregunté en el hotel, por aquello de asegurarme, si estaba abierta. Había leído que la cierran por la noche y que la abren a las seis de la mañana. Pues bien, me lo confirmaron, se puede pasar sin problema. Cambiamos de país, que no de paisaje.

A la derecha, de vez en cuando, han puesto bancos para disfrutar de las vistas al valle.

Llegamos a Vodice. La torre del campanario de la iglesia de San Martín se deja ver por su esbeltez. A la salida del pueblo un memorial recuerda con su estrella roja a los caídos en la Segunda Guerra Mundial. En respuesta a la actividad guerrillera, las fuerzas de ocupación desataron una represión brutal contra la población civil local de Vodice y otras aldeas vecinas especialmente en el verano de 1944. Las tropas nazis incendiaron el pueblo casi por completo y deportaron a la mayoría de sus habitantes a campos de concentración. Hoy sus nombres están grabados en la piedra de este memorial.

Pasamos por los pequeños pueblos de Dane y Brest. Entre ambos, nuestra cima Coppi del día, que hoy alcanza unos humildes 790 metros de altitud, nos saluda y nos envía la buena nueva de que a partir de ahora, más o menos, afrontamos un pedaleo Verano Azul. Llegamos a un área de descanso y lugar de memoria histórica. Es Odmorište Svećenika Šime Milanovića (1905-1943), un monumento conmemorativo dedicado a Šime Milanović, un sacerdote católico croata que fue asesinado en ese mismo punto durante la Segunda Guerra Mundial.

Parece que fue una figura muy querida en la región, conocido como un «sacerdote popular» (narodni svećenik) y un firme patriota. El caso es que, tras la capitulación de Italia en septiembre de 1943, el clero croata de Istria apoyó activamente el levantamiento popular y la posterior anexión de Istria a Croacia frente al fascismo. Pues bien, el 2 de octubre de 1943, el mismísimo general Rommel lanzó una ofensiva en la región. A Milanović, que viajaba en motocicleta por esta carretera, lo detuvieron y lo ejecutaron de un disparo en la cabeza. Su muerte lo convirtió en una de las primeras víctimas locales de aquella ocupación nazi en la zona. Y de ahí este segundo memorial en nuestro periplo croata… que está a punto de terminar. Ya veis, unos pocos kilómetros por Croacia y se mantiene la constante alusión a los tristes episodios bélicos del pasado.
Lo que tampoco cambian son los bosques. Se agradece la sombra y no son ni las nueve de la mañana.

Volvemos a Eslovenia
Nuestra incursión en Croacia ha abarcado unos 20 kilómetros. Volvemos por el paso fronterizo internacional de Rakitovec que, dicho así, pudiera hacerte pensar en puestos de control, policía militar o largas colas de coches y camiones. Va a ser que no. Ni Cristo en moto.

Regresamos a nuestra querida Eslovenia. Se nos pegan unas vías del tren a nuestra izquierda y hasta encontramos en mitad de ninguna parte, la estación de Rakitovec. Dejamos el pueblo a la derecha y pedaleamos unos cuantos kilómetros por una pista que deja ver el suelo de piedra dura sobre el que rodamos. Se escucha las chicharras. La hierba está amarilla y hay pinos sueltos aquí y allá. Esto es diferente.


La pista, con algunos tramos de piedra suelta y mucha pendiente en bajada, continúa en busca de Gračišče, el pueblo con más txapelas en su nombre que puedas conocer. Creo que podemos decir ya que hemos entrado en el corazón de la Istria eslovena. Vale, todavía puede haber zonas de transición, pero estos valles empiezan a entender que el mar Adriático no queda tan lejos. Sí, el pueblo todavía luce arquitectura tradicional de piedra calcárea gris, pero desde arriba del campanario de su iglesia fortificada ya podemos divisar viñedos y olivares. El clima alpino ha quedado definitivamente atrás.
De nuevo viñedos
Las carreteritas locales por las que pedaleamos nos regalan vistas a unas vides que esperan, ya no dentro de mucho tiempo, su vendimia. Se ven bodegas y oferta de enoturismo.

Al otro lado, de repente, se ve el mar allá a lo lejos.

La ruta gira hacia el oeste mientras que la frontera croata queda al otro lado del Dragonja, un río que nos queda por momentos bien cerca a nuestra izquierda y que da nombre a un pueblo en el que atravesamos la carretera general para toparnos enseguida con el aeródromo de Portorož. Justo antes de dar con él, nos incorporamos a un carril bici que nos hace el pedaleo más seguro por esta zona en la que se ve bastante densidad de tráfico. El calor aprieta.
El Mar Adriático
Al cruzar bajo la carretera una señal nos indica que nos quedan 6,4 kilómetros hasta Portorož. Nos acompaña el kanal sv. Jerneja, o sea, el canal de San Bartolomé. Lo cruzamos y en un par de kilómetros ¡el mar Adriático! Rodamos sobre la Eurovelo 8.


Piran
Entramos por un agradable paseo junto al mar. El calor invita a remojarse y buscar sombras.

Pasamos junto al puerto deportivo. Continuamos pegados al mar recorriendo toda la línea de costa. Eslovenia dispone de 47 kilómetros, eso es todo. Vamos a exprimirlos un poco. Venirse a este país y no dedicar un tiempo a recorrer Piran sería pecado mortal. Así pues, hacia allí dirigimos la bici. El cicloviajero se funde con la gente que pasea junto al mar. Menos mal que el carril bici le proporciona espacio para evitar conflictos innecesarios. Claro que a veces no es tan fácil.

El paseo costero está repleto de terrazas y restaurantes especializados en pescados y mariscos frescos. Podría ser un lugar idóneo para dar una caminata relajada, disfrutar de un helado o cenar sintiendo la brisa marina o simplemente ver una puesta de sol inolvidable. Bueno, vete quitando gente, porque esto pierde encanto en proporción directa al volumen de turistas que nos congregamos.

Llego, por fin, a la Punta, que es como se denomina al extremo de la península en la que se asienta la ciudad. Aquí se encuentra la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Salud y su característico faro de piedra circular. Es un lugar muy atmosférico para sentarse en las rocas a ver romper las olas o contemplar la infinidad del Adriático.
Con paciencia, rodeo la punta y subo andando con la bici hacia la imponente Iglesia de San Jorge. Al llegar al mirador del campanario barroco se contempla una panorámica fantástica de la península de Piran recortándose de forma perfecta contra el azul del Adriático. Croacia queda al otro lado. Es la costa que se ve en esta primera foto.


Pues bien, Piran no es solo estética veneciana; también es el epicentro de la compleja historia marítima de la región y de las tensiones latentes por la Bahía y el acceso a aguas internacionales. Es un buen recordatorio de que en los Balcanes la geografía y la historia son complejas y que han traído consigo demasiadas rivalidades que han desembocado en desastres humanitarios tremendos. Y no hace tanto tiempo. Sí, uno puede dejarse seducir por su ambiente marinero, perderse por la Punta o cenar un buen pescado fresco en el paseo marítimo, pero por detrás asoman muchos claroscuros.
De todas formas, se dice de Piran que es una joya colgada sobre el mar Adriático. Como te decía, se ubica en el extremo de una estrecha península y, por lo que se ve, es completamente peatonal. Así que podemos bajarnos de la bici, empujarla suavemente a pie por sus callejuelas medievales y disfrutar del ambiente sin el agobio del tráfico rodado. El agobio viene, más bien, de la cantidad de gente que se ve. El corazón queda en la majestuosa Plaza Tartini, mi próximo destino tras la iglesia.

La plaza es un espacio ovalado que se abre directamente al puerto pesquero y que rinde homenaje al famoso compositor y violinista Giuseppe Tartini. Enseguida salta a la vista la tremenda influencia italiana y, en concreto, el sello de la República de Venecia. Las fachadas góticas de tonos pastel, el mármol reluciente del suelo y los leones de San Marcos tallados en piedra me anticipan el regalo final que me haré en esta ruta, cuando dedique el último día a pasear por Venecia. Por cierto, el italiano es lengua cooficial aquí.
Ubicada justo en una de las esquinas de la plaza, destaca sobremanera la Casa Veneciana (Benečanka), con su color rojo intenso. Es el ejemplo de arquitectura gótica veneciana más antiguo y mejor conservado de la plaza (data del siglo XV). En su balcón, en la placa de piedra entre las ventanas, se muestra un león con una inscripción en latín que significa «Déjalos hablar», vinculada a una antigua leyenda de amor de la época.
La ruta Parenzana
Salimos de Piran primero por un camino que lleva a la playa Fiesa y luego encaramos la subida para conectar con la ruta Parenzana, oficialmente conocida también como el Camino de la Salud y la Amistad.

Este recorrido sigue el trazado de una antigua línea de ferrocarril de vía estrecha que funcionó entre los años 1902 y 1935. Conectaba la ciudad italiana de Trieste con el puerto croata de Poreč –en italiano Parenzo, de ahí el nombre de la ruta– a lo largo de 123 kilómetros. Tú y yo vamos a disfrutar de unos pocos kilómetros. Bueno, de hecho, técnicamente ya hemos pedaleado sobre su trazado a la entrada de Portorož, tras dejar atrás el aeropuerto.
El tramo esloveno cuenta con unos 42 kilómetros, que están totalmente acondicionados y mayoritariamente pavimentados en sus zonas urbanas. Como siempre pasa con este tipo de ruta, al haber sido originalmente diseñada para locomotoras de vapor, la vía evita desniveles bruscos. O sea, que viene a ser una opción idónea tanto para ciclistas experimentados como para familias y aficionados al cicloturismo recreativo. Nosotros cogemos su trazado a la altura del túnel de Valeta.


El 1 de abril de 1902, el primer tren a vapor hizo su recorrido completo. El impacto fue inmediato y vital para las comunidades locales. Istria dejó de estar aislada y el tren se convirtió en una arteria vital de la región. Por aquí se transportaban principalmente productos locales como aceite de oliva, frutas, hortalizas y la famosa sal extraída de las salinas de Sečovlje, muy cerca de Piran. El transporte de vino de Istria hacia las mesas de la aristocracia en Trieste y Viena era tan masivo que el tren se ganó el apodo de ferrocarril del vino. También trasladaba a agricultores que iban a vender sus mercancías, obreros y a los primeros turistas que descubrían el balneario de Portorož. El tren era desesperadamente lento y tardaba unas ¡7 horas en recorrer los 123 kilómetros! Se decía que era tan lento que podías bajarte a recoger higos del árbol y volver a subir al vagón en marcha.
Pues bien, tras la Primera Guerra Mundial, con el auge de los autobuses y los vehículos motorizados, empezó a perder utilidad. Finalmente, el régimen fascista de Benito Mussolini decidió clausurar la línea y el 31 de agosto de 1935 completó su viaje el último tren. A partir de ahí, lo de casi siempre: los lugareños no son tontos y desmantelan completamente las vías de acero para fundir el metal. Pero acontece un sucedido muy particular. Suben los rieles a un barco con destino a la actual Etiopía, que en ese momento es una colonia italiana en África. Mala suerte, porque el barco es bombardeado y se hunde en algún punto del mar Mediterráneo, por lo que el acero de la Parenzana termina en el fondo del mar.
Durante décadas, las estaciones, los viaductos y los túneles quedaron abandonados a merced de la maleza. Además, tras la disolución de Yugoslavia y la creación de las nuevas fronteras, el antiguo trazado queda dividido nada más y nada menos que en tres países: Italia, Eslovenia y Croacia. En el año 2002, coincidiendo con el centenario de la inauguración del tren, las autoridades se unen en un proyecto europeo para limpiar la maleza, restaurar los túneles y convertir el viejo camino de hierro en lo que es hoy, el Camino de la Salud y la Amistad.

Volvemos a nuestra ruta: desde Piran conectamos enseguida con la ruta principal del tren y nos dirigimos hacia el norte en dirección a los pueblos pesqueros de Izola y Koper. Este segundo es nuestro final de etapa. El tramo bordea el mar Adriático y regala espectaculares vistas de los acantilados de Strunjan y de las aguas cristalinas de la bahía. Serpenteamos entre frondosos olivares, huertos mediterráneos y extensos viñedos locales. Las áreas de descanso se suceden, con paneles informativos que detallan el pasado ferroviario de la región.

Y así, entretenidos en este último tramo, entramos en Koper por donde lo hacía el tren, pegados al mar. Solo queda acercarnos a nuestro alojamiento, que queda en el centro, muy cerca de la plaza de la catedral.
A ver qué tal mañana. Hoy el Garmin se ha disparado hasta los 41 grados. Palabras mayores.
Datos e información útil
- Kilómetros totales hasta esta etapa: 1503,90
- Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 24825
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