Ayer, lo confieso, llegué bastante fundido a la cima del Paso Vršič. Las piernas protestaban y con razón, pero no es fácil esquivar estos desniveles. La única manera seria seguir los cursos de los ríos a través de los valles. Pero no puede ser la norma. Así que la clave está en encontrar un ritmo que no me machaque la musculatura. Desde Ajdovščina, el segundo día, subí 1330 metros de desnivel de una tacada, mientras que en el Paso Vršič han sido 1060. He sentido, sin embargo, que este último ascenso me ha costado infinitamente más. A ver cómo vienen estas siguientes etapas.
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A la sombra del Triglav
Mojstrana es un buen lugar desde el que afrontar la subida al Triglav o bien desde donde realizar circuitos pedestres o en bici por el noroeste de Eslovenia. Estamos a 661 metros de altitud en la región de la Alta Carniola. De hecho, este pueblo es la entrada «oficial» al Parque Nacional del Triglav, pero, eso sí, puedes hacerlo a través de tres diferentes valles glaciares a cual más espectacular: Vrata, Kot y Krma.
Aquí en Mojstrana se unen las aguas del Sava Dolinka con las del torrente Triglavska Bistrica, al que vamos a acompañar aguas arriba durante diez kilómetros para luego volver por el mismo camino. En cierta forma la perspectiva que ofrece el pueblo queda dominada al completo por la imponente presencia de la cara norte del Triglav, con sus 2.864 metros allá al final del valle de Vrata, que es el que elegimos tú y yo en esta mañana del mes de julio. Por su parte, al norte, las cumbres del Karavanke cierran el horizonte, mientras que al sur se despliegan los Alpes Julianos. El relieve local conserva huellas evidentes de la erosión glaciar cuaternaria, lo que otorga al paisaje una verticalidad considerable.
La tormenta vespertina
Cayó y con fuerza. Para cenar me había acercado a uno de los restaurantes del pueblo. En manga corta, por supuesto. Queda en las afueras, siguiendo un agradable paseo junto al río. A fin de cuentas, en días anteriores las tormentas fueron de cuatro gotas. Pues esta vez no. Se puso tremendo de rayos, truenos y trombas de agua espectaculares. Lo veía todo a través de las cristaleras del restaurante. No queda otra, hay que esperar a que amaine. Y sí, nos calamos para regresar al hostel porque no paraba de llover.
El valle del Vrata
Los primeros kilómetros son muy agradables. La carretería serpentea entre las hayas y los abetos.

A diferencia de los valles de Kot y Krma, que son más estrechos y boscosos, el de Vrata se abre con una amplitud glaciar que permite adivinar la magnitud de lo que tengo por delante. El sonido del agua esmeralda golpeando las rocas calizas es la constante banda sonora que me acompaña. El valle fue tallado por un enorme glaciar que descendía del Triglav, y hoy puedes ver los restos de esa fuerza en las morrenas y en la forma de «U» perfecta del perfil del valle. Cómo no acordarme del Valle del Zêzere desde Manteigas hacia Torre, en Portugal.
Recibimos nuestra primera recompensa: la cascada Peričnik. No es solo una caída de agua; es un monumento geológico. Se divide en dos saltos, el inferior de 52 metros y el superior de 16 metros. Lo que hace especial a Peričnik es la posibilidad de caminar por detrás de la cortina de agua. Merece la pena por la perspectiva única de las paredes erosionadas por el viento y el hielo. Nosotros nos confirmamos con la foto.


Pues sí, desde este punto, el valle comienza a cerrarse y la pendiente crece. La pista forestal (asfaltada no hace mucho, por lo que leo) serpentea y gana altura rápidamente, dejando el río cada vez más abajo en el fondo del cañón, mientras las paredes calizas de los picos circundantes empiezan a cobrar cada vez más presencia.

El punto culminante del recorrido por el valle llega cuando se revela la cara norte del Triglav. Es una de las paredes más imponentes de los Alpes Orientales, con una caída vertical de más de mil metros y una anchura de tres kilómetros. Para los eslovenos, esta pared no es solo roca; es un símbolo de resistencia y orgullo nacional. Verla desde el fondo del valle, con su color gris ceniza contrastando con el azul intenso del cielo alpino es un regalo para los ojos.

Cerca del refugio Aljažev dom, el camino termina para las bicis. En el parking se ve gente preparándose para partir de ruta montañera. Comienza el reino de los mosquetones y las botas de monte. Una pequeña ermita, que parece descansar en un pequeño llano, añade encanto a la zona.

Un poco más adelante se encuentra el monumento al «Clavo de los Partisanos», una enorme escultura de un mosquetón y una clavija en memoria de los montañeros caídos en la guerra, que sirve como recordatorio de que estas montañas han sido escenario de heroicidades deportivas y de dramas bélicos.



Luego de un rato disfrutando del entorno, deshago el camino pedaleado. Llego de nuevo al pueblo. Acaban de abrir un bar y me tomo un café con leche. Por primera vez desde que llegué me he tenido que colocar el cortavientos. Hacía fresco en la bajada.
Vamos, que nos toca coger la carretera 907 para entrar de nuevo en otra zona del Parque Nacional del Triglav.
Camino de la foto icónica en Bled
La carretera 907, camino hacia Radovna, deja vistas a la derecha a los otros dos valles que miran al Triglav: Kot y Krma. Como te decía antes, se adivina su forma glaciar, pero quedan mitigadas en parte por los bosques inmensos que los habitan. La transición entre Mojstrana y Bled supone dejar atrás los tres valles del Parque Nacional del Triglav y, hasta cierto punto, afrontar un cambio no solo geográfico, sino también emocional. Son algo más de 50 kilómetros que nos trasladan desde la Eslovenia indómita a la Eslovenia de postal romántica y, ya te lo voy anticipando, la más turística.

Eso sí, buena parte del trayecto pedaleo por un oasis de tranquilidad que transcurre paralelo a las grandes moles de los Alpes Julianos. Es el valle del Radovna. Prefiero, claro está, este entorno mucho más resguardado y auténtico que las carreteras principales que llevan al lago de los lagos en Eslovenia. Además, una vez superada una primera tachuela de poco más de 200 metros de desnivel, el río Radovna nos acompaña en el camino con sus aguas cristalinas en una dirección que facilita un rodar fluido hacia la cubeta de Bled. O sea, la mayor parte, en descenso. Me cruzo con bastantes cicloturistas. Bled queda cerca.
Este valle es, además, un libro de historia a cielo abierto. El cicloviajero se entera de que los restos de la aldea de Radovna que ve en el camino se deben a que fue incendiada durante la Segunda Guerra Mundial. En septiembre de 1944, las fuerzas de ocupación de la Alemania nazi llevan a cabo una represalia brutal contra la población civil del valle. Es el castigo por el apoyo logístico y el refugio que los habitantes locales brindan a las milicias partisanas del Frente de Liberación. No solo destruyen estructuras físicas, sino que que encierran a 24 paisanos en un pajar y le prenden fuego. El ataque forma parte de una política sistemática de limpieza étnica y de terror diseñada para quebrar la resistencia de la población. El cicloviajero encuentra en su camino una de las granjas quemadas. Se han conservado deliberadamente como monumento conmemorativo las ruinas de la Granja de Psnak.

Continúo pedaleando por el valle que me acerca cada vez más a Bled. Desde luego, es tremenda la densidad de árboles de este país. Poco a poco se va abriendo el horizonte. El valle se ensancha y da paso a un amplio pasillo de pastos que, caso de ser yo animal herbívoro, me resultarían, supongo, de lo más apetitoso. Mira la foto, ¿no te parece?

Entro en el pequeño pueblo de Krnica. Cruzo sobre el río Radovna y dejo a derecha la carretera que lleva al lago Bohinj, por donde espero pedalear mañana. Definitivamente, el horizonte se abre. Intuyo el lago Bled, aunque aún no lo veo. La infraestructura turística sale al paso, omnipresente.
Mi plan es hacer una ruta en torno al lago que incluye, además de recorrer su perímetro, una visita a Radovlijca, que queda un poco al sureste. Desde Krnica desciendo hacia el lago. Ahí está. Y también la turistada. Hay que pagar peaje en forma de masificación, no queda otra.
Comienzo a rodear el lago de los lagos de Eslovenia. Lo hago en sentido antihorario. Me da que va a caer un rally fotográfico; no voy a ser yo la excepción que no retrate el lago desde sus perspectivas emblemáticas, ¿no? Hay infraestructura turística y deportiva por doquier. Gente paseando, ciclistas, patinetistas de diverso tipo y todo lo que puedas imaginar. Y coches, también hay coches. Y autocaravanas. Foto va, foto viene. Ahí está, la isla de Bled con su iglesia.

Iglesia de Nuestra Señora en la isla de Bled
Sí o sí el cicloviajero tiene que pedalear hasta aquí. El lago y la isla con su iglesia, junto con el castillo del que luego te cuento, son puntos de paso obligatorios en Eslovenia. Primero un santuario de la diosa eslava Živa, luego una capilla y más tarde una iglesia. Pues bien, ya en el siglo XV comienzan a llegar los primeros peregrinos a Bled. Hoy somos hordas de turistas.
La iglesia también se asocia a la leyenda de la campana hundida –la campanilla de los deseos–, que se recrea en Bled cada año el día de Navidad. La tradición asegura que aquel que logre tocarla y pida un deseo con fe, verá cómo este se hace realidad. Claro, todo a partir de su correspondiente leyenda. Una joven viuda que vivía en el castillo de Bled, tras la muerte de su marido a manos de unos salteadores, mandó fundir todo su oro y plata para crear una campana para la iglesia de la isla. Sin embargo, al transportarla hasta aquí, una tormenta hundió la barca con la campana y sus remeros en las profundidades del lago. Se dice que, en las noches claras, aún se puede oír el tañido de la campana hundida desde el fondo. Pues eso, te vienes el día de Navidad y pones la oreja a ver si la escuchas.
La pequeña isla, para mayor romanticismo, presenta una forma similar a una lágrima. Es posiblemente el monumento más icónico y fotografiado de toda Eslovenia. Como te decía, en el lugar donde hoy se alza el templo, existía en origen un santuario dedicado a Živa, la antigua diosa eslava del amor y la fertilidad. Luego, ya se sabe, llega la cristianización allá por el siglo VIII y sustituye el culto pagano por una pequeña capilla y, posteriormente, por la estructura que ha ido evolucionando hasta su forma actual. Lo que hoy vemos es una reconstrucción del siglo XVII porque algún que otro terremoto dejó el templo antiguo muy deteriorado. Combina elementos medievales y barrocos, pero lo que destaca, como es evidente en las fotos, es su torre campanario, que se eleva sobre el lago y ofrece una vista inigualable del castillo de Bled situado en los riscos cercanos. Eso, claro, si te acercas en pletna –la barca típica– hasta allí, cosa que yo no hago. Turistadas, las justas y necesarias.
Por último, lo importante: hay 99 escalones que suben a la iglesia y tienen un significado simbólico especialmente para los recién casados. La costumbre local dicta que el novio debe subir a la novia en brazos por todos los escalones para asegurar un matrimonio feliz y duradero. Ya estás tardando. La iglesia, dicen, no solo representa un tesoro artístico y religioso, sino que es «el corazón de la identidad cultural eslovena, fusionando mitología antigua, fe cristiana y una geografía privilegiada que parece sacada de un cuento de hadas». El marketing turístico hace el resto.


Continúo bordeando el lago. Ahora le toca al castillo. Foto, foto, foto. Pedaleo tranquilo. Foto, foto, foto. Hotel, vivienda vacacional, apartamentos. Hotel. Foto, foto, foto. Gente y más gente. Idílico. Abarrotado. Hay un atasco de coches de mil pares de narices y eso que aún es pronto. Ya cerca del centro del pueblo de Bled, tomo un desvío que me aleja de la sobresaturación lacustre. Mi destino antes de terminar la etapa de hoy: Radovljica.
Camino de Radovljica
Unos siete kilómetros después de dejar atrás el lago, cruzo el río Sava y llego a la «joya medieval» de Radovljica. El pueblo se eleva sobre una terraza natural y, aunque todavía con tufillo turístico, enseguida se siente una atmósfera mucho más pausada y auténtica que la hipervisitada Bled. Su casco antiguo es uno de los mejor conservados del país, con la plaza Linhartov trg como referencia principal. Funciona como el corazón de la villa y está rodeada de casas de los siglos XV y XVI con fachadas coloridas y detalles arquitectónicos que narran siglos de historia comercial y artesana.

La ciudad es conocida mundialmente como la capital de la apicultura y el chocolate en Eslovenia. Adivina qué hago al sentarme un rato en una terraza de la plaza Linhartov trg. La tradición apícola no es solo un motor económico, sino una parte fundamental de la identidad nacional. De hecho, se puede visitar el Museo de la Apicultura, que queda en el imponente Palacio de Radovljica. Si con el chocolate y la miel no es suficiente, apunta otro regalo gastronómico: el pan de jengibre o «lect».

En el sótano de una de las casas más antiguas de la plaza principal se encuentra un taller y museo donde todavía se fabrican de forma artesanal los famosos corazones de lect, decorados con espejos y colores vibrantes. Estos corazones eran tradicionalmente regalos de enamorados y hoy son un símbolo de la hospitalidad eslovena. La precisión y el detalle con los que se elaboran estos dulces reflejan el carácter meticuloso de los artesanos de la región, una cualidad que también se aprecia en la conservación de sus iglesias y edificios públicos.
De vuelta a Bled
Nadie me ha obligado a venir hasta aquí. Así pues, a conformarse y poner buena cara. Me voy a mi alojamiento, un centro que funciona como retiro espiritual gestionado por las Hermanas Salesianas de Don Bosco – Hijas de María Auxiliadora. La semana pasada organizaban unas jornadas de cocina y manualidades para niñas y esta que viene disponen de un programa de minivacaciones para abuelos y nietos. Mañana te cuento.
Datos e información útil
- Kilómetros totales hasta esta etapa: 388,49
- Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 7518
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