Este viernes pasado tuve la ocasión de asistir a la segunda de las dos jornadas de un curso sobre relevo generacional organizado por Emana. Una pena que la agenda me impidiera estar presente el primer día. Como ya preveía, resultó muy interesante. Solo el título ya aportaba pistas: Una mirada sistémica al relevo generacional: claves prácticas para acompañar procesos de transición. Mi primera reflexión respecto a este asunto siempre es la misma: asistimos a un fenómeno muy complejo. Eso sí, al mismo tiempo, sabemos que es algo que ha sucedido, sucede y sucederá. Al menos, siendo optimistas: el mundo que habitamos no deja de ser un espacio en transición. Lo quieras o no.
Por otro lado, gestionar el relevo generacional está anclado, si hablo de mí, en mis circunstancias personales, influido por la educación que recibí y por los valores que creí percibir en la sociedad en la que fui labrando mi presente y mi futuro. Claro que cualquier investigación busca encontrar cohortes para explicar lo que sucede. Interpretar un asunto tan complejo desde cada individuo suena a imposible. Así pues, sociológicamente nos van agrupando en generaciones a las que se caracteriza en su especificidad con rasgos supuestamente únicos. Luego, por supuesto, todo sucede dentro de una gama de matices, que es lo que quizá hace que todo sea tan atractivo de gestionar. Si es que se puede gestionar. A fin de cuentas, cuando estudié en la universidad psicología diferencial creí entenderlo: las personas somos diferentes en nuestra forma de pensar, sentir y actuar. Mientras que la psicología general busca las «leyes universales» del comportamiento humano (qué nos hace iguales), la diferencial se enfoca en la variabilidad: qué nos hace únicos y cómo se agrupan esas diferencias.
El relevo generacional sucede. Hagas lo que hagas y te pongas como te pongas. Y, como te decía, desde mi circunstancia generacional, tengo la inmediata tentación de moralizar. Mi generación, faltaría más, es mejor que la tuya. ¿Cómo voy a aceptar un fracaso en términos globales? No, mi autoestima me defiende de lo que otras generaciones puedan criticar sobre aquella a la que pertenezco. Es evidente que no puedo dejar de ser quien soy y que mis juicios de valor se anclan, como decía, en mi circunstancia generacional.
Sucede, no obstante, que el suelo que pisamos no es el mismo a medida que el tiempo avanza. En este blog he escrito muchas veces sobre la pérdida de centralidad del trabajo en nuestras vidas. Nos lo hemos ganado a pulso porque desde diferentes perspectivas se ha hecho lo que se tenía que hacer para que sucediera. Los falsos discursos de que las personas son lo más importante en una organización, de una retribución para la ciudadanía de a pie que muchas veces no progresa en consonancia con los beneficios empresariales, o de la eliminación de puestos de trabajo porque el coste de personal es inasumible provocan una mirada diferente al trabajo. Quiero vivir bien y el trabajo no ayuda. Más o menos algo así, ¿no?
Claro que hay otro actor en el tablero de juego que cambia el suelo que pisamos: la inteligencia artificial. A día de hoy creo que estamos a las puertas de algo que todavía no somos capaces de entender. Primero, porque asignarle un lugar en lo laboral se pelea con el simple hecho de que cada día ofrece nuevas posibilidades. Por eso, asignarle un rol tiene el gran problema de que incorpora una fecha de caducidad demasiado próxima. Sí, la IA da mala vida a los humanos porque mañana por la mañana puede que tengamos que desdecirnos de lo que habíamos dicho esta noche. Mi generación (nací en 1964) conoció un mundo sin Internet, sin Google o sin IA. Lógicamente esto me posiciona de una manera ante el mundo.
Siempre se dice que la tecnología como tal no lo es para quien ha nacido ya con ella disponible. Sí, está ahí, pero se percibe tan intrínseca que apenas si hay discurso crítico hacia ella. De alguna forma, se humaniza. Bueno, quizá sea más pertinente decir que se transhumaniza. Somos humanos y somos tecnología. En el relevo generacional, las actitudes son diferentes en función del lugar desde el que miramos. Nada nuevo bajo sol, ¿no? Todo depende del color del cristal con que se mira.
Los cambios acelerados –el BANI de turno que acelera el VUCA que conocimos– comprimen las definiciones generacionales. La lógica dice que cada vez un mayor número de generaciones van a cohabitar. En el planeta y en el trabajo. Se supone que tenemos que entendernos y que cada cara del poliedro debe aportar lo mejor que tiene. Y habrá conflictos. De nuevo: los ha habido, los hay y los seguirá habiendo. El relevo sucede. Solo nos queda la confianza y sacar lo mejor de cada cual. Claro que lo que yo creo que es lo mejor no tiene necesariamente que serlo para ti, que lo miras desde esa otra cara del poliedro. Una cara que, lo reconozco, me cuesta mucho entender. Pero es lógico, yo no nací cuando naciste tú. A ti, por cierto, te pasa lo mismo.
Por resumir esto que explico, veo dos grandes elefantes en nuestra cacharrería organizacional. El primero, como te digo, es el valor que le damos al trabajo en nuestras vidas. A Arizmendiarrieta a lo mejor le daba un infarto si viviera en tiempos actuales. Sea lo que sea, el trabajo no es lo que era. El segundo elemento es la inteligencia artificial. Y tiene mucho que ver con el primer elefante. Porque una gran pregunta que no soy capaz de responder es: ¿si lo puede hacer la IA –con garantías, supervisión y todo lo que nos haga confiar en ella–, que lo haga?
Bonito asunto este del relevo generacional. Y termino con un símil en cuanto al relevo. En las carreras de relevos de velocidad (como el 4×100 metros), según parece, el secreto no es solo correr rápido, sino mantener la velocidad máxima del testigo. Para lograrlo, la mejor técnica es la entrega ciega o no visual (el receptor no mira hacia atrás). Y hay una regla de oro: el portador no debe soltar el testigo hasta que sienta que el receptor ha cerrado la mano firmemente y ejerce tracción sobre él. La responsabilidad de que no caiga es de quien entrega. ¿Debemos fiarnos «a ciegas» de las nuevas generaciones y, al tiempo, reconocer que si algo va mal, la responsabilidad es de quien pasa el testigo?
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Imagen destacada vía IA de Google.
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1 comentario
Julen, muchas gracias por compartir tus reflexiones. Me quedo con el símil final, de la responsabilidad de pasar el testigo confiando en la corredera que viene por detrás, y añado, entrenando mucho juntas.