El cicloviajero, en Portugal, se fija en Saramago y Llamazares

Un relato anticipado del viaje en torno a la Nacional 2

by Julen

José Saramago (Viaje a Portugal, 1981) y Julio Llamazares (Trás-os-Montes, 1998) escriben sus relatos desde «el viajero» que dicen ser. Salvando las distancias, con humildad, supongo que yo me siento cicloviajero. Solo lo supongo; nunca lo he tenido del todo seguro. Me siento más que un ciclista. Un poco diferente a un viajero. En realidad, lo que me importa es el territorio por el que pedaleo. El cicloviajero pretende entenderlo. Cree que se lo debe al territorio. Sería maleducado pedalear sin tomar conciencia del lugar por el que se transita. Por eso el viaje en bici necesita un contexto, una motivación, un hilo conductor que le confiera sentido en su unicidad. El cicloviajero juega en tercera persona del singular. Es una entidad ajena, pero no olvido que soy yo quien la crea. Es un recurso para dialogar conmigo mismo. A veces en voz alta, a veces solo por dentro. A veces, casi como puro delirio en un diálogo emocional con los animales que encuentro en el camino. Las vacas son mi debilidad.

El territorio, además, es multicapa. Cuando el cicloviajero mira el mapa elige unas determinadas lentes, se las coloca con pausa y de ahí obtiene una revelación específica. Las más habituales suelen tener que ver con el medio natural o con el patrimonio cultural en un sentido amplio. Pero luego casi siempre son las personas con las que interactúa quienes se ganan el verdadero espacio del recuerdo. Porque el viaje es también lo que queda de él, de la misma forma que existió –el viaje– mucho antes de que se hiciera realidad. Hay viajes que no se hacen, pero que cobran una presencia casi diría que inquietante. La inquietud es vida.

El cicloviajero no es un turista, ni siquiera es exactamente un deportista; es, ante todo, un cuerpo que mide la resistencia del aire y la voluntad de la tierra. Al igual que aquel viajero, José Saramago, que en 1979 recorría los caminos de un Portugal recién despierto a la libertad, el cicloviajero de 2026 se planta ante el hito del kilómetro cero en Chaves con la misma mezcla de humildad y soberbia. No se viene a la N2 a conquistar nada, se viene a dejarse conquistar por una geografía que, aunque ahora lucirá mejores asfaltos y señalética digital, sigue guardando en sus cunetas el mismo silencio mineral que anotó Saramago. El viaje comienza donde el agua brota hirviendo de las entrañas del suelo, en las termas de Chaves, como si la tierra quisiera advertir al cicloviajero de que lo que tiene por delante no es una ruta de recreo, sino un descenso a las vísceras de una nación.

En realidad, el viaje comienza en Ourense. Y bien podría comenzar hace dos mil años, cuando el paso entre Aquae Flaviae (Chaves) y Aquae Tarbellicae (Ourense) no se medía en kilómetros. Los romanos medían las distancias de otra forma: contaban los pasos que había que caminar. Pero la distancia es relativa. Saramago decía que el viaje debe medirse por lo que se siente y no por lo que se recorre. Por eso el cicloviajero disfruta con la ambivalencia de cronos y kairos. Cronos es el tiempo que devora. Es el tiempo cuantitativo, secuencial y lineal. Es el GPS. Es el tirano, la logística y la eficiencia. Pero puede ser un tiempo vacío si no se llena de experiencia. Kairos, en cambio, es el tiempo oportuno. Es el tiempo cualitativo, el momento justo, la «oportunidad» que no se mide en segundos, sino en intensidad. Kairos es ese instante en el que el cicloviajero se detiene porque siente algo. Es el tiempo del hallazgo, de la charla inesperada con un viejo en una taberna de Almodôvar o del asombro ante un miliario romano que ha sobrevivido dos milenios. Kairos no se planifica; solo hay que estar disponible para cuando llega. Es lo que Saramago llamaba «la disponibilidad del viajero»: la capacidad de romper la dictadura de Cronos para habitar un momento que parece eterno.

La Vía XVIII del Itinerario de Antonino, la Vía Nova, unía Bracara Augusta (Braga) y Asturica Augusta (Astorga). Una de sus etapas enlazaba Ourense y Chaves, hermanadas a través de su termalismo. Parece que es la calzada con mayor concentración de miliarios de todo el mundo romano. En Chaves, los romanos no solo levantaron el puente de Trajano, que aún hoy soporta el peso del tiempo y de los humanos que lo transitan, sino que consagraron las fuentes a la salud del Imperio. Era un Portugal que aún no se llamaba así, una tierra de brumas donde el vapor de las termas bien podía ser un aliento divino. Al otro lado de la frontera, en Ourense, el ritual era el mismo: el agua brotaba a setenta grados. Aún en los confines del Imperio, la tierra encerraba un corazón caliente.

Mi otro viajero, Julio Llamazares, ya fue compañía en su día cuando pedaleé por Trás-os-Montes. Ambos, aunque distanciados casi veinte años en sus crónicas, comparten la mirada de quien todavía no había entrado en el nuevo milenio; la contemporaneidad nunca alcanzada. Llamazares vio en Chaves «una ciudad de piedra y de agua, una ciudad que parece flotar sobre el vapor de sus propias fuentes termales como si fuera un barco anclado en la historia». Dice que aquí el tiempo tiene otra densidad, la del granito y la memoria romana.

El cicloviajero sabe que este lugar es el punto inicio de la N2.  Lo sabe antes de estar allí. Se imagina frente al hito del kilómetro cero en Chaves y no ve una cifra, sino una idea. Ve también, siempre cascarrabias, un bastante de artificio. Pero lo acepta porque él, claro, vive inserto en el nuevo milenio. Portugal no es lo que era. ¿O sí? Ahora se nos vende este Portugal de interior, con la etiqueta «slow travel», destinada no ya al viajero, sino al turista. Pero se nos dice que no es el turismo de masas de la costa, sino el turismo de la resistencia romántica del interior. Y la N2 se resignifica. Saramago y Llamazares quizá no lo entiendan.

En este marzo de 2026, el aire puede traer todavía un recordatorio del invierno en las cumbres de Trás-os-Montes, quién sabe lo que espera al cicloviajero. Pero se siente en la obligación de hacer hueco para una promesa de polen y de luz nueva porque la primavera despunta en el horizonte. Saramago, cuando inició su periplo, advirtió que el viajero debe estar hecho de paciencia y de disponibilidad. El cicloviajero, por su parte, solo cuenta con la fuerza de sus piernas y de sus pulmones. Y con la primavera.

El cicloviajero del nuevo milenio anticipa. Imagina. Sabe antes de viajar. Dice que se lo debe al territorio. Es su mantra. Cada cual con el suyo. Y escribe. Los primeros kilómetros representan un bautismo necesario: Portugal no puede entenderse sin el granito, mezcla implacable de sobriedad y permanencia. Para Saramago, el granito era la materia prima del carácter portugués: una sustancia dura, sufrida, pero capaz de brillar bajo la lluvia con una dignidad que ninguna cal consigue imitar. El cicloviajero pedalea al principio por un universo de granito que no es solo paisaje, sino un estado del alma. Es honestidad brutal, una piedra que une al cantero y al cicloviajero en el esfuerzo. Uno da forma; el otro avanza entre las formas. El granito invita al silencio y a respetar la memoria porque sobrevive de largo a nuestro paso por el tiempo. Su longevidad nada tiene que ver con nuestro tránsito momentáneo.

El cicloviajero decide que la carretera nacional será su espina dorsal, pero sin rendirle pleitesía. Se lo debe a todos esos pueblos que comparten el olvido. Se desvía por carreteras locales donde el asfalto es relativo y la piedra es la norma. El granito calla mientras el paisaje se vuelve una sucesión de lomos de gigante. Los humanos los han conquistado a base de tiralíneas con sus viñedos. Postales para el recuerdo. El cicloviajero no es la primera vez que pasa por aquí. Por eso se acuerda, de nuevo, de Saramago: «hay que ver lo que no se vio, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se vio en verano». El Duero desde la bicicleta deja ver los bancales que ascienden al cielo en forma de escaleras diseñadas con escuadra y cartabón. Saramago escribió que el Duero es siempre un acontecimiento, y para el cicloviajero es, sobre todo, Peso da Régua.

La oficialidad dice que son 738 kilómetros. La N2 es un reclamo publicitario inserto en el imaginario del turista contemporáneo. En 2026, el mundo corre detrás de algoritmos y velocidades de fibra óptica, pero la bicicleta impone la dictadura de una cierta lentitud. Rodamos suave suave. La N2 aparece y desaparece. Emerge por la mañana y cae con cada atardecer. Emerge detrás de esa curva y desparece tras la siguiente. Las bielas giran en busca de un utópico mar que muchas de las gentes que vivieron en el interior del país nunca conocieron.

En 1981, el viajero se quejaba de los baches y la precariedad; hoy, el cicloviajero se reconforta en su doble suspensión. El progreso le proyecta en la ruta de otra manera. Disfruta de la guía de un GPS. ¿Llamazares y Saramago lo verían como un sacrilegio? Esta diminuta pantalla es capaz de robar la mirada. La aparta de la grandiosidad del bancal en un ejercicio difícil de entender. Medir. El cicloviajero dispone de una medida constante: el tiempo, la distancia, la altitud. La distancia recorrida, la distancia por recorrer. Se impone un mundo milimetrado. El territorio es solo el plató en el que se rueda la escena. ¡Acción!

La travesía, por un respecto mínimo a Saramago, acepta la mística. Santuarios, ermitas, apariciones marianas, procesiones; todo en comunión con la saudade. El Portugal profundo se mece a ritmo de melancolía, de «bom dia» dicho a media voz por un anciano que ve pasar la bicicleta como quien ve pasar un platillo volante: algo que brilla, fugaz y un poco absurdo. El cicloviajero, sudoroso y cubierto de la fina capa de polvo del camino, se reconoce en ese viejo. Ambos son testigos de un paisaje que se resiste a morir.

El hilo argumental de este viaje bien podría ser la búsqueda de la frontera invisible. No la raya con España, sino la frontera entre lo que somos y lo que el camino nos obliga a ser. El Duero y el Tajo son fronteras. El Duero y el Tajo son vínculos. Mientras tanto, el Alentejo abre una nueva dimensión. El cicloviajero se sobrecoge ante la «tierra roja» de Aljustrel o el «pañuelo blanco» de Almodôvar. Pero, antes de eso, en las montañas del centro, entre pinos y pizarras, el cicloviajero cree que puede perderse en un laberinto de olvidos. Los pueblos son lugares imposibles. Son la resistencia de la ilógica. Cuando engañamos a la N2 descubrimos la profundidad de un territorio inabarcable en su atemporalidad.

Llamazares viajaba por Trás-os-Montes allá por 1998. En ese año Saramago recibía el Premio Nobel de Literatura. Casi veinte años antes recorría Portugal por encargo del Círculo de Lectores. Viaje a Portugal se publicaba en 1981, un año después de finalizar el recorrido. El libro, de alguna forma, redefinió la relación de los portugueses con su propio territorio. Este cicloviajero debe honrar la memoria. Es de las pocas certezas que atesora.

La Sierra de Caldeirão puede ser, en este viaje, la frontera. Saramago se sobrecoge ante una entidad metafísica, un purgatorio de curvas y jarales que el viajero debe superar antes de alcanzar la gloria del sur. Es frontera de silencio, una desnudez casi absoluta. Este es el gran rito de paso: el viajero entra en la sierra siendo uno y sale siendo otro, tras recibir los sacramentos de la altitud y el aislamiento. El tiempo se detiene y el espacio se dilata. El GPS pierde por un momento la partida. El cicloviajero recibe su última lección de humildad. La melancolía dulce de los valles del norte se convierte en una soledad más áspera si acaso rota por la sensorialidad de la esteva.

Porque para Saramago, la jara (la esteva) no es una simple planta silvestre; es el sudor resinoso de la tierra, una presencia casi animal que impone su fragancia y su textura. El aroma denso, dulce y triste –siempre triste– se queda impregnado en la ropa y en la memoria del cicloviajero. Este perfume de la soledad florece en unos frágiles pétalos blancos, como si la dureza del monte necesitara pedir perdón por su aridez. Un perdón que trae consigo el regalo definitivo: el final del viaje, ese que uno nunca sabe gestionar bien.

El horizonte se abre. Es una apertura no solo física, sino espiritual, una nueva línea azul que no es cielo, sino océano. ¿Hemos llegado a un final? «El viajero llega al fin, y el fin es el mar». El agua de las termas en Chaves se reconvierte en el rumor del océano en Faro. El cicloviajero ve frente a sí el hito del kilómetro 738. Apoya la bicicleta contra un granito, otra vez, que marca el fin de la ruta. Espera todavía la ría Formosa, otro laberinto de espejos donde el Atlántico se divierte con sus mareas. En abril de 2026 el aire ya no huele a la jara pegajosa de la sierra, sino a una salinidad limpia. La N2 no ha sido un trayecto, sino una lectura del territorio.

Saramago me ayuda a continuar porque «el fin de un viaje es solo el principio de otro». Y Llamazares se pone también de mi lado cuando dice que «el viajero sabe que viajar es, sobre todo, una forma de demorar la llegada». ¿De verdad hemos terminado el viaje?

Imagen vía Nano Banana Pro.


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