El mundo en que vivimos es complejo. Bueno, quizá los humanos, con nuestras decisiones, lo hacemos más complejo aún. O lo volvemos cada vez menos comprensible. En mis clases a veces saco a colación los acrónimos VUCA/BANI. Cuando hablamos de estrategia en las organizaciones, es un recurso para poner sobre la mesa la turbulencia del momento en que vivimos. Asociado a esto, la toma de decisiones se vuelve compleja porque la capacidad para encontrar vínculos fiables causa-efecto se desmorona. ¿Solo queda fluir e ir aceptando las circunstancias de cada momento? ¿Nada que hacer para modificar el mundo en que vivimos?
Cuando me pongo a dibujar mapas de competencias clave para una organización, siempre vuelvo a una de forma recurrente: la geopolítica. Lo que hacemos como empresa sucede en un contexto global que nos afecta. El tablero de la competitividad se inserta en un sistema multicapa en el que aparecen condicionantes derivados de las grandes decisiones de los países. Claro que también de las que proceden de las multinacionales, de los supuestos bloques de alianzas o de las élites del capitalismo global. El desplazamiento del poder económico hacia Asia combinada con nuestra lógica visión desde la vieja Europa lo hace todo más incomprensible aún.
Me froto los ojos una y otra vez. No puede ser que en pleno siglo XXI un ciudadano como Donald Trump tenga poder. ¿Esto es progreso? Siempre se ha dicho que Hitler llegó al poder a través de unas elecciones. No es exactamente así porque no ganó ninguna «elección presidencial directa», aunque el partido nazi sí que ganó unas elecciones. Trump ha ganado elecciones presidenciales por dos veces. ¿No quieres taza? Pues toma taza y media.
Y ahí tenemos a Milei, a Meloni, a Orban (primer ministro húngaro ¡desde 2010!) o ahora a Kast para normalizar una dictadura. Distopía hecha realidad. Chile, por ejemplo, comienza a levantar muros. Trump lo ha vendido como eje nuclear de su propuesta. Mientras, el capitalismo global juega con la paradoja de traspasar los muros que haga falta para buscar sus particulares paraísos fiscales. El mundo plano de la economía se entremezcla con las políticas proteccionistas. El libre comercio frente al America First. ¿Es algo así?
Y, claro, ahí, en el America First puedes encontrar, si quieres, hasta un diabólico encuentro con el kilómetro cero. Desde dos posiciones antagónicas. Lo local, lo cercano, lo mío. ¿Frente a lo tuyo? ¿Contra lo tuyo? ¿Primero yo y luego tú? O sea, que la empatía era una vulgar farsa de buenrollismo porque el gen egoísta prevalece. America First. Lo dice un tipo, Donald Trump, al que en las últimas semanas no deja de comparársele con un niño de cinco años. Pobres niños, qué mal parados salen, ¿verdad? Vale, cogemos solo la caricatura: un lenguaje de sí/no, un comportamiento ligado a lo inmediato, una calificación de los hechos en la que no hay matices, yo yo yo yo. ¿Yo? Yo no conozco a Jeffrey Epstein.
Me froto los ojos. No puede ser. Ese país de las grandes tecnológicas, de los GAFAM de turno, rinde pleitesía al niño de cinco años. Supongo que porque, de alguna forma, lo manejan. ¿Tendrá a mano este ciudadano un botón rojo? Da pánico pensarlo. Mientras, el país de la emigración, ese construido a base de oleadas de barcos que alcanzaban sus costas con personas en busca de un futuro mejor, levanta muros contra lo que entienden que es una invasión cultural, un ataque frontal a su modo de vida. America First, lo demás a mis pies.
Levantar muros es el signo de los tiempos. VOX juega en la misma liga. Pero se le vota. La ciudadanía como parte del problema. Al menos actualmente. Mis naranjas, por supuesto, hay que exportarlas. Las naranjas de los demás que no entren. Vuelvo a la lógica del kilómetro cero entendida de la peor de las maneras. Porque la narrativa se puede revertir y pervertir, no tengas duda. ¿El libre comercio?, ¿el libre mercado? Tampoco. En la ley de selva ganan las multinacionales. Lo hacen por goleada. Ganan las élites. Ricos cada vez más ricos. Las multinacionales generan ultrarricos y en Instagram florecen influencers que te dicen que eres un loser porque trabajas y no te puedes comprar un Lambo.
Unos días atrás escuchaba a quien hasta hace poco era el gerente de una cooperativa. Decía que las nuevas generaciones reinterpretarán, para mejor, el cooperativismo. Es ley de vida. Pensarán distinto y actuarán diferente. Pero no peor, sino mejor. ¿Qué es mejor y qué peor? La respuesta es BANI, olvida VUCA. Aquel mundo dominado por la volatilidad (Volatility), la incertidumbre (Uncertainty), la complejidad (Complexity) y la ambigüedad (Ambiguity) ha cedido el paso a otro dominado por la fragilidad (Brittle), la ansiedad (Anxious), la no linealidad (Non-linear) y la incomprensibilidad (Incomprehensible). Bienvenida a la distopía.
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