04 Tardienta – Utebo

De vuelta desde Los Monegros hasta el Canal Imperial de Aragón

by Julen

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Decía ayer que Tardienta tiene estación de tren. Pero no es una sencilla estación más. El pueblo está en el mapa como un nodo vital de comunicaciones en el corazón de los Monegros. Históricamente ha sido reconocida por su carácter de nudo ferroviario donde convergen las líneas que conectan Madrid, Zaragoza y Barcelona con el norte de Aragón. Hoy es el día en que esta peculiaridad la convierte en una de las localidades más pequeñas de España con parada de tren de alta velocidad. De ahí se puede deducir su personalidad, quizá como un pueblo más abierto y dinámico que otros de los alrededores. Eso sí, Tardienta ha sabido adaptarse a los tiempos modernos sin perder su esencia agrícola. Su paisaje está profundamente marcado por la ingeniería hidráulica. En el cartel de acceso al pueblo queda claro: iglesia gótica de Santiago el Mayor, ermita de Santa Quiteria y ¡acueducto canal de Los Monegros! Esta infraestructura permite salvar los desniveles del terreno y simboliza la lucha constante del hombre por llevar el agua a estas tierras áridas.

El entorno de Tardienta ofrece una geografía fascinante de contrastes, donde el verde intenso de los nuevos regadíos convive con la estepa más pura y los relieves de la Sierra de Alcubierre. La llegada del ferrocarril aconteció en el siglo XIX y supuso una revolución que todavía hoy palpita en el ritmo de sus gentes y en la silueta de su estación, testigo mudo de miles de historias de paso por el desierto aragonés. Hoy, no obstante, parece que el pueblo vive pegado a su gigantesca empresa harinera. De paso, se recuerda la importancia del grano.

Tardienta mira al norte a la ciudad de Huesca, al este a Los Monegros, al oeste al valle del río Gállego y al sur a la capital de Aragón, Zaragoza. Orwell fue trasladado a luchar al frente de Huesca.

Huesca estaba allí, a solo un par de kilómetros de distancia, con sus iglesias blancas y su catedral dominando la llanura, pareciendo tan cercana que uno creía que podría llegar a ella de un salto. Durante meses, el chiste habitual en las líneas del frente era: ‘Mañana tomaremos café en Huesca’. Se decía con una sonrisa, pero también con una especie de fe desesperada. Al final, después de meses de mirar la ciudad a través de los prismáticos, el café en Huesca se convirtió en el símbolo de todo lo que era inalcanzable.

Allí resultó herido y en el libro se dedican páginas a Siétamo, a los llanos de Tierz y a Monflorite, dos lugares que a partir de ahora, después de leer este libro, cobran un significado especial. Los lugares son su historia. Si no la conocemos, nos perdemos su esencia.

Cómo las previsiones son de lluvia, decido hacer uso del tren, que para eso tenemos estación. En menos de una hora me plantó en Zaragoza. Afrontó una minietapa en la que cierro el círculo como se merece. Ahora te cuento.

Me tomo un té en el bar de la estación. Otra lección de costumbrismo: los políticos son unos ladrones y los jugadores del equipo de fútbol del Zaragoza son unos vagos. El tiempo es el otro motivo de conversación: dicen que caerán 75 litros de aquí al martes que viene. Te dejo, que llega el tren.

El lugar para dejar la bici no cumple su función. Mis ruedas de 2.40 no entran en el espacio disponible. Perfecto. Ya me lo dice el revisor: no soy el primero al que el que le pasa. Buscamos otra opción. Como apenas si va gente, no hay problema. Venga, solo son 40 minutos hasta la estación de Zaragoza Delicias. A ver qué ambiente se respira, que hoy la ciudad de Zaragoza celebra hoy su Cincomarzada.

La Cincomarzada es la fiesta popular más querida de Zaragoza y se celebra cada 5 de marzo para conmemorar una victoria heroica de los ciudadanos frente a las tropas carlistas en 1838. Aquella madrugada, el ejército invasor intentó asaltar la ciudad por sorpresa, pero los zaragozanos se defendieron con lo que tenían a mano, desde cuchillos hasta agua hirviendo, logrando expulsar a los atacantes y ganando para su escudo el título de Siempre Heroica.

Y hoy, claro, es 5 de marzo. Sin embargo, leo que la Federación de Barrios de Zaragoza suspende los actos de la Cincomarzada por la previsión de lluvias. En la estación, desde luego, no se ve nada de ambiente. Quizá tampoco es el lugar, claro está. Bueno, yo a lo mío. Enfilo en dirección sur. ¿A dónde quiero ir? Paso junto al Museo de Ciencias Naturales, luego junto al mítico estadio de La Romareda, que algún será La Nueva Romareda porque está en obras… ¡y vaya pedazo de obras! Continúo en dirección sur. ¿Mi destino?

Encuentro, por fin, a un viejo conocido. Es el Canal Imperial de Aragón, que, todavía, a mi izquierda, tiene cuerda (agua) para rato, concretamente hasta Fuentes de Ebro donde termina su aventura de 110 km. Pero aquí en Zaragoza, construyeron en su día la Fuente de los Incrédulos. Con este nombre, ya te puedes imaginar que es uno de los monumentos civiles más singulares y cargados de ironía histórica. Allá hacia 1786 Ramón Pignatelli fue el gran visionario y protector de las obras del canal. Claro que muchos ciudadanos y nobles lo veían como una quimera técnica imposible de realizar debido a los enormes desniveles y la complejidad del terreno. Las críticas y el escepticismo eran tan generalizados que Pignatelli, al lograr finalmente que el agua llegara a las puertas de la ciudad, decidió erigir esta fuente como una respuesta monumental y silenciosa a todos aquellos que habían dudado de su proyecto. El nombre de la fuente proviene de la inscripción en latín que el propio Pignatelli mandó grabar en su frontis: «Incredulorum convictioni et urbis ornamento», que se traduce como «Para convicción de los incrédulos y adorno de la ciudad».

A su lado queda la esclusa de Casablanca. Este enclave funcionaba como el verdadero puerto de entrada a Zaragoza. A su alrededor se construyeron un molino harinero de seis muelas, batanes para el tratamiento de lana y una posada para viajeros que llegaban desde Tudela en embarcaciones «a la holandesa».

El pedaleo es muy agradable. De momento, no hay amenaza de lluvia. Se ve mucha gente paseando, corriendo y en bici, tanto por un lado del canal como por el otro. De nuevo me salen al paso los mojones con los hitos kilométricos. Por si no me había quedado claro esta mañana en el bar de la estación de Tardiente, una pintada me lo recuerda:

A la izquierda emerge el aeropuerto de Zaragoza. El Canal Imperial vive ajeno a ese progreso. Las aguas, en pleno reposo, reivindican su lugar, ajenas al ajetreo de lo que sucede ahí a su lado. Me despido hasta quién sabe cuándo.

Hasta aquí los cuatro días de pedaleo. En Semana Santa nos leemos de nuevo ;-)

Kilómetros totales hasta esta etapa: 81,47.

Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 164.

Fotografías de la ruta.


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