Sobre la equifinalidad

Seamos humildes: hay muchas maneras de llegar al mismo destino

by Julen

Ayer tuve el gusto de participar en una sesión de trabajo sobre valores que conducía Jhonny Cuello, responsable de Comunicación Corporativa y Socio en Emana. Como ya suponía, fue muy inspiradora. Ascender por la escalera que nos sube desde los comportamientos hacia los valores y los modelos mentales es un ejercicio complejo que requiere una buena sistemática para no perderse por el camino. Todo, además, a partir de un listado de valores en permanente estado de tensión porque el contexto condiciona, por supuesto. Estábamos trabajando en una cooperativa que le ha dado muchas vueltas a sus valores, créeme.

Siempre me ocurre que cuando me meto en este tipo de situaciones se me dispara alguna línea de fuga que empieza a ocupar espacio entre mis enloquecidas neuronas. Ayer me sucedió con la idea de la equifinalidad. Este es un principio central de la Teoría General de Sistemas que establece que un sistema abierto puede alcanzar un mismo estado final partiendo de condiciones iniciales diferentes y utilizando diversos procesos o caminos. A diferencia de los sistemas mecánicos o cerrados, donde el resultado está estrictamente determinado por las condiciones de origen, los sistemas complejos, como las organizaciones, los organismos biológicos o los grupos sociales, gozan de una flexibilidad que les permite compensar variaciones en el trayecto para cumplir sus objetivos.

Las dinámicas que proponía Jhonny proporcionaban un camino para avanzar en la reflexión sobre los valores que estábamos trabajando. Cuando pensamos en valores, enseguida aludimos a tensiones que quedan insertas en unos contextos evolutivos. Cada cual busca apoyos para su argumentación, siempre condicionada por su estructura de personalidad y por el equipo y la organización en la que trabaja. Añade a eso, por supuesto, un mundo contemporáneo en el que no resulta fácil encontrar faros que nos guíen. Todo parece estar patas arriba.

Pues bien, supongamos que –maravillas de los grupos humanos– llegamos a un consenso en el propósito. ¿Qué le da sentido a esta organización en la que trabajamos?, ¿para qué estamos aquí?, ¿qué queremos conseguir más allá de la consabida satisfacción de los clientes bla bla bla? Genial, lo hemos conseguido. No se sabe muy bien cómo, hemos acordado unos valores, un posicionamiento estratégico deseado, unos atributos de diferenciación respecto a la competencia. Sí, está escrito. Se ha explicitado. Pero…

La equifinalidad sugiere que no existe una única forma correcta de lograr el propósito. En el ámbito empresarial, por ejemplo, dos organizaciones pueden alcanzar el mismo nivel de rentabilidad y éxito en el mercado mediante estrategias opuestas: una apostando por la innovación constante y otra centrándose en la reducción de costes y la eficiencia operativa. Lo que define al sistema no es el punto de partida, sino la naturaleza de su organización y la meta que busca alcanzar. También hay que tener en cuenta las falsas dicotomías: la lógica del «o» necesitaría el reemplazo de la lógica del «y». Claro que esto suele quedar bien en los papeles. La realidad, luego, es mucho más descarnada.

La equifinalidad permite navegar entre paradojas y aparentes imposibles. Sirve lo uno y lo otro, la rigurosidad y la flexibilidad, el consenso y el disenso. La equifinalidad no hace sino reflejar la diversidad que representamos, como seres humanos individuales y como sociedad. Depende de las habilidades propias, de lo que el contexto condicione, de las energías disponibles. Depende de tantas variables que la supuesta verdad del propósito salta por los aires cuando nos ponemos manos a la obra. ¿Mi idea de que debe ser blanco debe convivir con la tuya, que te empeñas en verlo negro? Bendita tolerancia y diversidad.

¿La equifinalidad obliga a establecer límites? Vale, sí, aceptamos caminos diversos, pero algunos de ellos quedan prohibidos. Es un ejercicio sano, es pura asertividad empresarial. Hay que decir que no, hay que llevarse bien con un ejercicio de renuncias. No todo vale, aunque sin perder nunca de vista que mi camino y el tuyo pueden alcanzar el mismo final por diferentes medios. Conviene explicitar las prohibiciones. De ellas también vivimos y ellas nos proporcionan igualmente identidad. Nos definimos por lo que somos y por lo que no somos.

En la práctica, la equifinalidad fomenta la adaptabilidad y la resiliencia, ya que permite focalizar en los resultados finales en lugar de imponer métodos rígidos. Adquiere más sentido aún cuando el entorno es tan cambiante (VUCA/BANI), ya que evidencia que existen múltiples rutas válidas para llegar a un mismo destino. Por tanto, hay ciertos rangos de libertad para ajustar las tácticas según las circunstancias que surjan durante el proceso. Es decir, nos dota de libertad de acción.

La equifinalidad es un concepto que siempre ha viajado en mi maleta. Habiéndonos puesto de acuerdo en el destino (más o menos, porque la diana es móvil), me gusta pensar que tu manera es tan válida como la mía. O más. Un simple ejercicio de humildad, ¿no? Por eso también me gusta pensar que en términos de equifinalidad relacionada con nuestra eficiencia profesional.

Imagen vía Banana Pro.


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2 comentarios

Juanjo Brizuela 02/02/2026 - 11:20

Pues me parece bien bien interesante este concepto, que desconocía. Es decir: podemos llegar al mismo resultado pero desde puntos de inicio diferentes y métodos diferentes. Luego, ¿qué valor le damos al proceso? ¿A que sea adecuado a cada organización/momento/contexto/personas?
Me gusta esta idea.

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Julen 03/02/2026 - 04:42

Es bastante simple: relativizamos «el» proceso para considerar que hay «varios» que son posibles. En sistemas complejos y abiertos, como son las organizaciones, no queda sino considerar este principio. Creo, también, que es salud mental y cura de humildad ;-)

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