Cicloturismo es turismo. Cicloturismo es viajar. Mi abuelo, que murió hace ya muchos años, me contaba que lo más lejos que había ido en su vida era a Pamplona… y ¡porque lo llevaron preso durante la Guerra Civil! Vivió siempre en Urioste, un barrio de Ortuella, cerca de Bilbao. Su existencia transitó en torno a un radio de diez o quince kilómetros alrededor de su casa. Eso fue todo. Mi abuelo no viajó. Parece la prehistoria.
Yo, esclavo del mundo que me toca vivir, no sé pensar el mundo sin viajar. Hace poco leía un artículo en Jot Down que firmaba Érica Martín: Viajar, la manera más aceptada de joder el mundo. Es un texto repleto de radicalidad. Hace pensar. Pensar en las contradicciones inherentes a lo que hacemos. Y también a lo que dejamos de hacer.
En junio de este 2025 pasé unos días en Santiago de Compostela. Ya sabes, destino cicloturista por excelencia. Yo mismo, en el año 2000 pedaleé el Camino Francés. Y en 2013 el Camino del Norte y luego el Primitivo. Mi primera llegada en bici a la actual capital de Galicia la recuerdo como una especie de bautismo cicloturista. Fue mi primera vez, supongo que como tantas otras personas que se estrenan en el cicloturismo. La segunda fue muy distinta, porque coincidí con el accidente ferroviario en el que murieron 80 personas. Poco que celebrar al llegar a la Plaza del Obradoiro.
Pues bien, ahora, en 2025, al volver a Santiago de Compostela encontré un parque temático: el turismo de peregrinaje en una de sus más excelsas manifestaciones. Y, también, por supuesto, el cicloturismo de peregrinaje. Era final de junio y la marabunta de peregrinas y peregrinos quedaba engullida por otra marabunta, la de las tiendas de souvenirs y establecimientos pensados para este nuevo maná que nos llega a pedales. ¿Cicloturistas, cuantos más mejor?
El primer mundo nos anima a pedalear. Cicloturistear cada vez es más fácil. Ahora contamos también con el boom de las bicis eléctricas. No hace falta una gran forma física. Insistimos, cada vez es más fácil. Anímate. ¿Anímate?
Así pues, las administraciones públicas empujan para crear clubs de producto. Quieren más cicloturistas. Y cada una de ellas busca, hasta donde puede, su diferenciación. Más; de momento, se trata de más. Por supuesto, no hay problema si, desgraciadamente, tu territorio ha sido pasto de las llamas de la emigración. Puede ser un buen criterio para elegir dónde cicloturistear: hacerlo allí donde nuestras rodadas contribuyan a que la comunidad local mejore su nivel de vida. El gasto, por ejemplo, de mi pernoctación es un valor relativo. Cuenta más en ciertos sitios.
¿Hay que promocionar el Camino Francés u otras rutas y territorios cicloturistas que ya están en el mapa? ¿Hay que llevar más cicloturistas a Santiago de Compostela, a Girona o a Mallorca? Conviene tener en cuenta el punto de equilibrio entre (ciclo)turistas y población local. La turismofobia cada vez encuentra más argumentos en ciudades que se han postrado ante el nuevo maná. El cicloturismo es minoritario. Pero forma parte del conjunto «turismo», no lo olvidemos. Necesita identidad y mesura. También mesura.
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