El trabajo en descomposición

by Julen

Los valores tradicionales asociados al trabajo como el medio que te va a dar de comer están en descomposición. Ya no solo es la cuestión de la justicia que debería imperar para recibir un pago digno por una dedicación en horas. Ahora es también el trabajo en sí mismo, algo que en gran parte la inteligencia artificial y su ejército de robots están haciendo saltar por los aires. Desde la mirada de mi generación, la del baby boom, la crisis conceptual es tremenda. El trabajo pierde definitivamente centralidad en la vida de las chicas y chicos que acceden a algo llamado «mercado de trabajo». Mercado, en el peor de los sentidos porque se ha convertido en una auténtica selva.

El progreso económico –eso de lo que disfrutan las élites– arrasa con el progreso social. En aras de que la rueda siga girando para que unos ganen y otros pierdan, la productividad lo puede todo. ¿Cómo no deducir, a estas alturas de partido, que la supremacía blanca prefiere robots a migrantes? Se trata simplemente de hacer números y de huir de conflictos con seres humanos que –oh, sorpresa– reclaman derechos laborales. Hemos aterrizado en una especie de neoesclavitud (en cárceles con paredes de cristal, en una realidad reconvertida a base de fake news) que viaja de la mano del capitalismo global del siglo XXI.

Ya, que suena a palabras grandilocuentes que han perdido significado. Ya, que suena a discurso repleto de prejuicios en el que hay buenos y malos, un discurso que no puede soportar que los ricos sean cada vez más ricos. Pero es que los salarios bajos, tozudos ellos, se concentran en las clases más vulnerables. Sí, claro, por ejemplo, las personas jóvenes. Comparada la situación actual con la de hace 15 años, los datos despejan cualquier duda: la juventud sale perdiendo. No hay progreso; hay involución.

Pagamos peor ahora que antes. ¿Cómo recuperar la centralidad del trabajo en las vidas de nuestra juventud si la arrojamos a unas condiciones de precariedad? Porque no solo de miseria salarial vive la descomposición del trabajo; también se alimenta de algo tan básico como el encarecimiento de la vivienda, un factor que condiciona la calidad de vida de forma brutal. En los últimos años, el precio del alquiler ha crecido 2,5 veces más de lo que han crecido los salarios de los jóvenes. Pero es que, en general, la inflación crece más deprisa que los salarios. Y es en las personas jóvenes en las que impacta más directamente.

Si en 2008 una joven «mileurista» era considerada precaria, hoy en día, debido a la inflación acumulada en estos más de 15 años, ganar 1.000 o 1.200 euros equivale a tener una capacidad económica mucho menor que la de aquella «mileurista». Los jóvenes actuales son, estadísticamente, más pobres que los jóvenes de 2008. Las condiciones laborales a las que acceden se convierten en objeto de odio. Y no hay que olvidar que solo hay una primera ocasión para causar la primera impresión. El choque frente a esa primera realidad de un trabajo que no te da para vivir es un disparo a la línea de flotación: el trabajo se convierte en causa de desigualdad. No ya porque lo tengas o no, sino porque, una vez que lo tienes, sirve para minar tu moral.

La cultura del esfuerzo y su consiguiente recompensa económica explota en mil pedazos. A alguien hay que echar la culpa. Al sistema. A quienes nos han gobernado y nos siguen gobernando. A los flujos migratorios. El trabajo en descomposición contribuye a una pérdida global de referentes. Nada de coger el ascensor social a base de trabajos que ayudan a progresar. Ese ascensor hace tiempo que petardea. Es mucho más fiable el código postal que marca tu nacimiento. Puedes tener suerte. O no. 

Imagen generada con Gemini.


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2 comentarios

Aitor 15/12/2025 - 10:16

Julen, no podemos negar que haya precariedad laboral. Sin embargo, si realizamos un análisis estadístico donde podamos diferenciar zonas (por ejemplo, en Gipuzkoa zonas tensionadas de pisos Donostia, costa.., frente al interior, …) diferenciemos de los jóvenes ya asentados en el mundo laboral (frente a por ejemplo la franja de edad 16-22 años), y los resultados son muy diferentes.
Quiero decir que cuando mezclamos todo: pisos, edades, situaciones, la realidad de ahora comparada con la nuestra empeora, pero fuera de esos rangos que distorsionan, la realidad creo que es muy diferente y muy próxima a la de hace 25 años.
Ya sé que el discurso instaurado es el desastre y negativismo total, pero realmente es así?

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Julen 15/12/2025 - 12:43

Cuando escribía el artículo me he estado documentando y los datos son demoledores si pones el foco en los salarios de acceso de los jóvenes a su primer empleo: ahí es donde debe preocuparnos especialmente porque no habrá una segunda oportunidad. Su primer contacto con esa cosa llamada trabajo es demoledor.
Y conste que está bien que recurras a la estadística, por supuesto. Por eso mi idea era no mezclar, sino poner en el centro del análisis exclusivamente a quienes acceden al primer empleo.

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