18 recuerdos de la Grande Traversée du Massif Central #GTMC

by Julen

1. El cementerio franco-británico de Couezon

El lugar transmitía algo especial y exigía respeto. Las tumbas se repartían bajo unas hayas serias y protectoras. Soldados de dos países diferentes que nunca pudieron imaginar en vida que terminarían unidos bajo tierra en las montañas del Morvan.

2. Los bosques mágicos

Han sido tantos que es imposible dar aquí una referencia específica. Creo que podría ser lo que mejor define la GTMC: kilómetros y kilómetros por dentro de unos bosques que, por momentos, según la luz, la hora o el tipo de árboles o vegetación, se vuelven mágicos.

3. El lago Panacière

Me encontré con él a primera hora de la mañana. Yacía con sus aguas inmóviles y, como en el caso de muchos de los que vi en Noruega el año pasado, cumplía a la perfección su rol de espejo de los montes circundantes. Bajé hasta su orilla y permaneci allí un rato, mientras unos pescadores se acercaban con pereza a sus aparejos para comenzar la jornada.

4. La resistencia de los maquis

Si los bosques mágicos han sido una constante, las referencias a la resistencia que los diferentes maquis llevaron a cabo frente a la ocupación nazi ha estado muy presente, sobre todo en el Morvan, pero no sólo ahí. Esa historia vale su peso en oro. No conviene olvidarla, más ahora, con el auge de la extrema derecha en toda Europa.

5. La burra Épinette

Cuando leí el libro de Robert Louis Stevenson sobre su viaje a las Cevenas con una burra allá por la segunda mitad del siglo XIX, fue todo un descubrimiento. Convertida su ruta en el GR70, el Camino de Stevenson, tuve la suerte de encontrarme con Épinette y sus amigos, que estaban de ruta. Me hizo especial ilusión por mi relación de niño con los animales domésticos.

6. Los alojamientos de Ouroux-en-Morvan, Chantelle y Ruynes-en-Margeride

En Francia la tradición de alojamiento en habitaciones de casas en los pueblos (chambres d’hôte) ofrece de vez en cuando agradables descubrimientos. Por destacar dos, ciraria los de Ouroux-en-Morvan y Chantelle. El primero, de un australiano que se viene para Francia los veranos y el segundo, de un encantador abuelete, preocupado porque cerraban por la tarde el restaurante que me había recomendado y por lo que me quedaba sin opciones. Claro que para eso estaba la epicerie y las facilidades del apartamento, con vajilla, microondas, cafetera, hervidor y todo lo necesario para sobrevivir.

Además, en el camping Le petit bois me encontré también muy a gusto, tanto por la cabaña en sí como por el buen trato de Claire, quien me atendió en las gestiones de alojamiento.

7. La cena en Le Bleymard

No soy de morro fino. Me conformo con poca cosa. Pero la cena en La Remise, en Le Bleymard marcó un hito. Todo riquísimo en un local muy agradable que se acabó llenando. No me extraña, con semejante oferta. Opté por el menú Stevenson. Te lo digo por si alguna vez caes por allí.

8. La cascada junto al château

La Cascade, así lo veía en las indicaciones que iba encontrando. Arriba queda el château de Sailhant y, muy cerca, un pequeño lago, oculto a miradas indiscretas y al que se accede por un camino entre los árboles. La cascada es un pequeño salto de agua a este lago de origen volcánico con paredes verticales en parte de su perímetro. Pues eso, la Cascade, sin más denominación.

9. El espectáculo ecuestre del Domaine du Bois du Loup – Majaz’l

Cuando busqué alojamiento para la primera etapa de la GTMC, mi opción inicial fue en Quarré-les-Tombes, pero la etapa se me quedaba demasiado corta. Así pues, busqué otra opción cerca del lago Saint-Agnan. Y ahí apareció un más o menos extraño lugar, bastante moribundo a primera vista, pero que luego me regaló, antes de la cena, un espectáculo ecuestre de carácter familiar muy digno y, sobre todo, entrañable. Quizá por lo inesperado, resultó ser una sorpresa muy bienvenida.

10. Las vacas charlerois y las alpinas

Antes hablaba de la burra Épinette. No veas la cantidad de animales con los que he conversado en la GTMC. No obstante, mis preferidas son siempre las vacas. Sobre todo, en la primera parte de la travesía han sido las de raza charlerois, pero luego también las alpinas. Recuerdo, cómo no, una conversación en particular con una charlerois mientras su ternera se quedaba, muy vergonzosa, en segundo plano. Eso fue poco antes de uno de los varios pinchazos que tuve en la ruta. Lástima que mientras lo reparaba no tuviera conversación porque no había vacas alrededor.

11. El Domaine du Sauvage

Sabía que, por lógica, aparecería en esta lista. Por supuesto, con sus claroscuros, como todo en la vida. De hecho, si miras en Internet también verás críticas a lo que ofrecen. ¿Una cierta masificación del peregrinaje compostelano? Como me decía una señora que tenía al lado a la hora de cenar, si haces la Vía Podiensis y pasas por el Domaine du Savage, tienes que hacer noche aquí. Creo que, en el fondo, esta experiencia de los agricultores de la zona lo merece por todo lo que supone como alternativa para salir adelante con sus tierras, sus cultivos y sus animales.

12. El viaducto de Garabit

No figura en el track oficial de la GTMC, pero quienes hemos vivido tantos años tan cerca del Puente Bizkaia (siempre lo hemos llamado puente colgante), este tipo de estructuras metálicas nos fascinan. De alguna forma, en la margen izquierda del Nervión hemos interiorizado la siderurgia como algo que nos definió… y nos define. Eiffel siempre de por medio, el viaducto Garabit merecía el ligero desvío respecto a la travesía original.

13. Las bicyclettes du grenier y la crepería

Qué bien sientan las casualidades. Porque una cosa es que en un pequeño pueblo perdido entre la cadena de Puys exista un taller de bicicletas que parece un auténtico museo. Pero, además, a su lado una crepería luce casi con idéntico rango de museo. Esto es ya demasiada coincidencia. Para bien. Fue un placer en estéreo: primero pasear la vista por aquel granero salido de otro tiempo y repleto de bicis antiguas y luego degustar una gallete y un crêpe.

14. Las dos iglesias de L’Esperou

La religión ha sido motivo de mucha de la historia que se esconde entre los pueblos de la GTMC, en la sección de las Cevenas. Stevenson habló de ello en su libro, sobre todo cuando citaba su paso por Pont-de-Montvert. Por mi parte, en L’Esperou me sorprendió ver, una al lado de otra, dos iglesias bastante similares. Un pueblo tan pequeño con dos iglesias, una católica y otra protestante, es un buen ejemplo de cómo la religión ha impactado en estas comunidades locales.

15. El mirador sobre Saint-Chély-du-Tarn

Las Gargantas del Tarn son un fenómeno resultado de la erosión que ha llevado a cabo el río. Hoy ofrecen un paisaje que, mientras se pedalea cercano a su curso, impacta en la retina por los colores de las aguas. Pero quizá la verdadera dimensión de las gargantas se obtiene al ascender por sus laderas. Claro que no siempre esas laderas lo permiten. Por eso, se agradece un sitio como el mirador de Saint-Chély-du-Tarn, donde tomar conciencia de la belleza de las gargantas.

16. El aire mediterráneo de la calle Mayor de Ispagnac

Fue el momento en que dejaba atrás el concepto «Macizo Central» (bosques, frío por la mañana, nieblas…) que había manejado hasta entonces y lo cambiaba por otro muy diferente. La idea de «Mediterráneo» se hizo presente en Ispagnac y no tuvo que ver solo con el cambio de temperatura. Fue después de comer, cuando salía para afrontar los últimos kilómetros de la etapa: dejar atrás Ispagnac por su calle Mayor (por más que oficialmente se llamara Rue des Barrys) inauguró realmente la sección mediterránea de la GTMC.

17. El lago Salagou

Había leído bastante sobre este lago. Sin embargo, fue muchos kilómetros antes de llegar a él cuando aparecieron ya las tierras rojas. Claro que el entretenido camino, que por un tramo serpentea junto al lago, trajo a primer plano la intensidad de ese color rojizo, profundo y tan resultón para las fotografías. Por supuesto, no fui yo el único que quería disfrutar de ese entorno. Toda la zona se veía al pil-pil.

18. El incendio en la Vía Domitia

Bien que habría querido no incluir este recuerdo, pero es imposible obviarlo. A medida que me acercaba iba llegando el olor y luego, ya dentro del bosque incendiado, la sensación de desastre. El silencio, la realidad en gris y negro: todo un mensaje sobre lo que debemos evitar siempre que sea posible. Y esto con el gran incendio que continúa más al sur sin extinguirse por completo. Por lo que leo el mayor en Francia desde 1949.

Fotografías de la ruta.

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