Podcast del artículo vía Google Notebook LM
Le Caylar se asienta sobre la meseta de Larzac, una región conocida por su patrimonio templario y hospitalario. La historia de la zona se remonta a la Edad del Hierro, con vestigios de ocupación romana. Estamos ante una ubicación estratégica, a medio camino entre las montañas y el campo. Además, como quiera que ahí cerca queda la autopista A75, ya puedes suponer que el pueblo se convierte en una puerta de entrada perfecta para explorar la zona. Esto incluye, por cierto, el famoso viaducto de Millau o también la ciudad de Montpellier, que está a unos 40 minutos en coche.
Creo que me voy a repetir. ¿Qué ver y hacer en Le Caylar? Roc Castel y su capilla románica: restos de un antiguo castillo del siglo XII, junto con su capilla dedicada a la Virgen María, también del siglo XII y muy bien restaurada. Añade el mirador y un par de mesas de orientación. ¿Qué más? Ah, por supuesto, el pueblo medieval: torre del reloj y casas antiguas, algunas habitadas desde el Renacimiento. ¿Con qué seguimos? Exacto, vamos con el medio natural: formaciones rocosas únicas, con numerosas oportunidades para el senderismo. ¿Y qué nos queda? El Festival Roc Castel: mercadillos y asuntos varios para recrear el espíritu medieval. En resumen, ¡bingo! Castillo, iglesia románica, medievo, naturaleza y festejo.
Dicho todo lo anterior, el paseo vespertino obliga a subir hasta lo alto del antiguo castillo. El camino es entretenido, con peldaños imposibles moldeados en la roca, cada cual a su manera. Arriba queda la cruz, en una segunda versión porque la primera cayó debido a una tormenta, que manda sobre los alrededores.

Las vistas sobre el pueblo y hasta donde alcanzan la vista merecen la pena.


Debido a que el pueblo, como te decía, queda al lado de una autopista, hay bastante oferta para cenar. Elijo un italiano. Sin más, por meter carbohidratos a base de pasta.
A las siete estoy desayunando. He cogido una chambre d’hôte que incluye el desayuno. El señor que me ha atendido ha sido muy amable y se ha avenido a ponerme el desayuno a estas horas. No veas lo ricos que están los melocotones.
Inicio el pedaleo de nuevo en manga corta. Al poco de comenzar cruzo por debajo de la A75, la autopista que, hacia el sur, sigue hasta Béziers, donde terminaré dentro de unos días mi particular GTMC. Tras un breve tramo por pista, salgo a la D151, por la que pedaleo durante unos cuantos kilómetros. Con viento de culo, todo es más fácil.
A mi izquierda queda el acceso a la Grotte de Labeil, una cueva que permite explorar un río subterráneo cuyo origen aún es desconocido. Es, además, un lugar habitado desde hace al menos 6000 años (Neolítico), ya que ofrece condiciones ideales para el asentamiento permanente: acantilados que protegen del viento, bosques con abundante caza, suelos fértiles para cultivos y, por supuesto, una gran cantidad de agua. Además, el porche de la cueva cuenta con vistas privilegiadas a la llanura del Hérault, lo que permite una amplia vigilancia del territorio hasta el Mediterráneo. O sea, a saber lo que llegó a costar aquí el metro cuadrado en el Neolítico.
Dejo la D151 y sigo en dirección sudoeste por una pista que sale a derecha y que llega junto al Pioch Lachioux (849 m). Allí cerca veo que hay un templo budista. Lo dejo en paz. Atravieso un bosque. Es el Forêt Domaniale De L’Escandorgue, tal como informa una señal. No sé muy bien qué pintan las demás señales ahí en la entrada al bosque, la verdad. Desciendo por un valle junto al arroyo de Caumejanne. Le sigue un terreno con subidas y bajadas constantes. Atravieso los primeros tramos por el típico bosque encantado.


Dejo la D151 y sigo en dirección sudoeste para conectar con nuevas carreteras secundarias muy tranquilas. Afronto la bajada primero hacia Joncelets y luego hacia Joncels. Aparece un hermoso viaducto de una vía férrea que está en uso.

Finalmente llego a Joncels, tras pasar por una zona de viñedos.

Joncels es un village d’intérêt supérieur (esta denominación no me la conocía) que tiene a bien acoger una antigua abadía con su claustro. Se cree que fue fundada por los Benedictinos nada más y menos que en el siglo VII, lo que la convertiría en uno de los monasterios más antiguos de la región. En el interior de la iglesia abacial, convertida hoy en iglesia parroquial, hay unas cuantas joyas: un retablo barroco y una pila bautismal, ambos del siglo XVII, así como una figura de la Virgen del siglo XV y otra de San Miguel Arcángel del siglo XVIII, venciendo al demonio, como debe ser. Y lo que más mola: una reliquia (restos óseos) de San Benito, protector de Joncels, cuyas reliquias se veneran desde 1733 en una urna.
La iglesia está cerrada. Me tengo que conformar con un breve paseo por unos soportales porticados con mucho encanto. Están en la plaza adjunta a la iglesia y me entra la duda de si esto sería antiguamente un claustro. La iglesia está cerrada y no puedo salir de dudas.

Dejo atrás los huesecillos de San Benito y sigo para Lunas, que queda no muy lejos. Se sube por un camino asfaltado que enseguida se abandona por una pista que sale a la izquierda. Tras la subida, bajada fulgurante hasta Lunas con un pequeño incidente con un perro. No pasa a mayores. Nada más llegar, paro en un bar con una estupenda terraza a la sombra de unos plátanos para tomar una Coca-Cola. El noisette ya no entra con este calor. Charlo un rato con el camarero… et voilá, me felicita por mi francés.
Tras el avituallamiento líquido, cruzo el río junto a un château reconvertido en restaurante muy chic.

Encaro un pequeño puerto para salvar 300 metros de desnivel. Comienza al lado de las ruinas de la capilla de San Jorge. No está mal; hablamos de arte prerrománico, de los siglos V-VI.

El puertecito me hace sudar lo suyo. Pega el solazo y la pista tiene muchos tramos de piedra suelta. Por fin corono. Salgo a un parque eólico, el primero que me topo en la GTMC. Están de obras. Me cruzo con tres camiones que levantan una polvareda espectacular. Menos mal que son conscientes y se paran al verme. Un detalle por su parte.
Sigo hacia Dio. Antes de llegar paro en una curva de herradura que ofrece unas estupendas vistas panorámicas. Bajo hasta el pueblo y continúo. A mi izquierda, arriba, queda su château. Salgo a la D8, la cruzo y afronto un pequeño tramo en subida por una pista de color rojo intenso que es solo un aviso de lo que viene. Desciendo de nuevo hasta la D157, que cojo a la derecha durante un corto tramo. Luego le siguen pistas que finalmente me dejan en el Col de la Merquière, una modesta tachuela de 372 m de altitud.

Llego, por fin, al lago de Salagou, la antesala del final de la etapa de hoy en Clermont-l’Hérault. El último tramo de bajada hasta el lago se las trae. Saco lo mejor de mi técnica y, aunque con algún pie a tierra, creo lo hago dignamente.

Impacta enseguida el color rojizo del entorno. Este color proviene de la «ruffa» (o ruffe), una roca sedimentaria compuesta de arenisca fina rica en óxidos de hierro. «Esta tierra roja, combinada con el azul profundo del agua del lago y el verde de la vegetación circundante, crea una paleta de colores sorprendente y casi irreal, que a menudo se describe como un paisaje marciano».

Bueno, no sé si es para tanto. El contraste puede acentuarse aún más por la presencia de formaciones basálticas negras en las mesetas cercanas, resultado de la actividad volcánica antigua. Total, que esta diversidad geológica, junto con el cercano Cirque de Mourèze (conocido por sus formaciones dolomíticas blancas) le han hecho acreedor a ser considerado como grand site de France.
Una curiosidad respecto al lago: su creación implicó la evacuación y casi total sumersión del pueblo de Celles. Sin embargo, la segunda fase del llenado del lago nunca se llevó a cabo y el pueblo reapareció parcialmente. Algunos de sus antiguos residentes y nuevos habitantes han regresado, dando vida nuevamente al pueblo y luchando por preservar su estatus. Tremendo el apego que tenemos los humanos a nuestros lugares de origen.
Una vez que la GTMC llega al lago juega con un sendero que lo va bordeando, a veces con las vides al otro lado del camino. Se hace entretenido este tramo.


Llego hasta un chiringuito junto al lago. Se alquilan pedalinas y otros artefactos para echarse a las aguas del lago. Hay un ambiente veraniego, claro está. Como algo y observo a la fauna presente. Igual que el sendero; resulta entretenido. Venga, que me quedan todavía ocho kilómetros hasta la ducha en Clermont-l’Hérault. Todavía hay tiempo de tomar el pulso al ambiente bañista de la zona.

Ya en el pueblo paro en una tienda de bicis para, por fin, comprar una luz trasera y, de paso, meter presión a las cubiertas porque sé que van perdiendo algo de aire, supongo que a cuenta de las mechas.
Mañana tengo por delante la penúltima etapa. El señor que me ha atendido en la tienda de bicis ya me ha dicho que puedo evitar un tramo duro por el monte cogiendo una carretera alternativa. El diablo, que siempre anda al acecho. Ya veremos mañana.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 1.436,8.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 24.740.
⏪ Etapa anterior | Etapa siguiente ⏩
Lee todos los artículos relacionados con esta ruta.
Descubre más desde Consultoría artesana en red
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

