Bueno, pues esta es mi segunda jornada de descanso de esta GTMC. Por tanto, como en Clermont-Ferrand, hoy no es día de madrugar. No por obligación, aunque mis hábitos son los que son y lo hago sin que me cueste. A las seis y media de la mañana ya estoy despierto. O sea, que madrugo igual que un día de faena cicloturista. Bueno, siempre queda imaginarse a uno mismo pedaleando mentalmente por los alrededores de L’Espérou, este pueblo de montaña, ya en la parte sur del Macizo Central. El entorno, no cabe duda, es espectacular.
Para que te sitúes, estamos en el departamento de Gard, en el corazón de las Cevenas. Aquí, a unos 1.230 metros, el clima, lógicamente, es fresco. La retina enseguida agradece unas vistas panorámicas espectaculares de los paisajes circundantes, con bosques extensos y mesetas onduladas. Es un lugar con una historia particular, ya que fue repoblado tras las Guerras de Religión por gente proveniente de la región de Aubrac, y curiosamente, ha mantenido una población estable durante más de un siglo, algo poco común en la zona. De hecho el pueblo mezcla casas de primera y segunda residencia. Algo así como un pueblo pueblo original al que le ha crecido otro a sus lomos. Veo también locales que buscan nueva actividad, algunos tan bonitos como este hotel restaurante que se alquila o vende.

Me alojo en un albergue que es «centro de vacaciones, casas rurales y colonias» y que queda en mitad de un bosque, a medio kilómetro del centro de L’Espérou. Es del estilo de los de Majaz’l (etapa 1) y Espace Volcan (etapa 11). Son albergues destinados a familias o chavalería para pasar unos días de vacaciones o acoger a gente en ruta (a pie o en bici). El común denominador que les encuentro es que el concepto está bien, pero que las instalaciones están machacada. Este en particular resulta que se presenta como Propieté de Dieu. Ahora entiendo por qué habia unas cuantas biblias repartidas por el local.


No cabe duda de que es una opción de alojamiento económica. En mi caso, he optado por el modo «gîte d’étape», pero con una opción de habitación individual y con media pensión. O sea, que le doy uso a mi saco sábana y a mi toalla de camping. Para que te hagas una idea, son 55 euros por día.
Con 22 días de ruta, incluyendo las dos jornadas de descanso, puede ser un buen momento para un primer balance. Ya solo me quedan cinco etapas, si el plan sale como lo he previsto. La travesía, en general, es más o menos tal como la había previsto. Quizá, para mi limitada capacidad técnica con la bici, hay tramos que no soy capaz de imaginar con una bici de gravel. Pero eso no quiere decir que no haya quien lo disfrute. En mi caso, sigo encantado con la versatilidad de mi MTB de doble suspensión. A pesar de los pinchazos.
La ruta recorre muchísimos kilómetros por parajes solitarios, sin apenas servicios. Los pequeños pueblos que encuentras no tienen un bar abierto, como suele suceder casi siempre en España o Portugal. La GTMC, sobre todo en las secciones del Morvan, Auvernia, Margeride y Cevenas, propone un itinerario desafiante por el aislamiento en el que te mueves. Esto lo digo siempre pensando que pedaleo por el primer mundo y que lo lógico es que alguien más pedalee la ruta al tiempo que yo lo hago. A este respecto, ha sido curioso comprobar cómo en la sección de Auvernia la densidad de cicloturistas en ruta se ha disparado. En el resto he tenido una sensación constante de soledad.

Llevo 1.219 km con un desnivel acumulado de 21.157 m. Tal como la he diseñado, no es en sí una travesía demasiado exigente en lo físico. Si acaso más que los kilómetros o el desnivel, lo que condiciona el pedaleo es el estado del camino. Los tramos más complicados, con diferencia, están en el Morvan, quizá por falta de mantenimiento adecuado en algún caso, sobre todo en caminos comidos por las zarzas. La foto no hace mucha justicia, pero créeme si te digo que la cosa andaba complicada.

En cuanto a señalización, la hay en buena cantidad, aunque en realidad con los tracks metidos en el GPS no hay problema alguno. Una recomendación que daría para el balizamiento es que las señales de dirección equivocada estuvieran en otro color que las de dirección correcta. Haría mucho más simple su comprensión.
Volviendo al día de hoy, cuando salgo a media mañana a dar un paseo enseguida me doy cuenta de que estoy en territorio ciclista, tanto de carretera como de monte. Hasta les indico a una pareja con bicis eléctricas de monte por dónde subir al Monte Aiogual siguiendo el trazado de la GTMC que hice ayer. En el pueblo hay señalización de cuando pasó por aquí hace ya cinco años la etapa del Tour que terminó arriba en el Observatorio. Ah, y también me doy cuenta de que sigue haciendo un viento tremendo. Y de que hay rutas senderistas para dar y tomar.


Decido subir a pie por un camino hasta el Col de la Serreyrède (por donde bajé ayer), que es donde queda un centro de interpretación de la zona (cerrado), una oficina de turismo y un comercio muy bien surtido de productos locales. No soy el único que decido darme una vuelta por allí este domingo.

Continúo un poco más hasta un mirador sobre el valle alto del Hérault. Mañana tendré la ocasión de saludar personalmente a este otro río. ¿Aquello del fondo va a ser el Mediterráneo? Vamos a imaginar que sí. También se ve L’Esperou, por cierto, y sin necesidad de adivinar nada.

La paz de estos montes se enfrenta a un problema (que no es solo de aquí). Hablo de cierto tipo de gente que hace de estas carreteras sinuosas de montaña su circuito de moto. El incordio que provocan, ya desde lejos, con el ruido de sus máquinas y con la velocidad a la que conducen se convierte en un problema para el resto de quienes nos movemos también por estas vías. El año pasado, en la zona de los Dolomitas, ya tuve la misma sensación. Hasta tal punto que lo taché de mis destinos cicloturistas deseables.
De vuelta al pueblo caigo en la cuenta de algo curioso.

¿Qué estás viendo? Son dos iglesias, católica una y protestante la otra. Cada cual parece mirar a su propio Dios. Primero se construyó la iglesia católica de Notre-Dame de Bonheur, que representa una historia milenaria y profundamente arraigada en el territorio. Por su parte, el templo protestante simboliza la lucha y la perseverancia de una comunidad minoritaria por mantener su fe y su lugar en el pueblo (el edificio es posterior). La cercanía de ambos edificios es, por lo tanto, un símbolo de la compleja y a menudo conflictiva historia religiosa de las Cévennes. Así pues, ¿juntas? Pero, en ningún caso, revueltas.

Hoy en día, la vida en L’Espérou gira en torno a dos pilares principales: la explotación forestal y el turismo. Su ubicación privilegiada lo convierte en un destino atractivo tanto en invierno, gracias a la cercanía de la estación de esquí de camino al Mont Aigoual, por donde pasé ayer, como en verano, por la belleza de sus paisajes ideales para el senderismo, las rutas a caballo y, ¡por supuesto!, la bicicleta de montaña. Aquí no falta de nada.
Un evento muy importante aquí es la Fiesta de la Trashumancia, que tiene lugar a mediados de junio. Miles de ovejas atraviesan el pueblo en su camino hacia los pastos de verano en el macizo del Aigoual, siguiendo las antiguas «drailles» que han sido declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO.
En fin, mañana sigo ruta hacia el Mediterráneo, pero todavía queda un buen trecho. Te iré contando.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 1.219,6.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 21.157.
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