Podcast del artículo vía Google Notebook LM
Me alojo en el Auberge des Cévennes, donde había reservado ¡la habitación Stevenson! Aunque muy pequeña, está decorada con gusto, siempre con la referencia, claro está, de Robert Louis Stevenson. El hotel queda junto al río Tarn y se ve que lo han renovado no hace mucho. Un buen lugar para pernoctar… siempre que reserves con tiempo si es que te vienes en temporada alta.


El escocés escribió esto sobre Le Pont-de-Montvert:
Una de las primeras cosas que encontré en Pont de Montvert fue, si no recuerdo mal, el templo protestante. Pero aquella no iba a ser sino el adelanto de otras novedades. Una sutil atmósfera distingue a una ciudad de Inglaterra de una ciudad de Francia, o incluso de Escocia. En Carlisle se ve que uno está en un país; en Dumfries, a treinta millas de distancia, uno está igualmente seguro de estar en otro. Me sería difícil decir en qué detalles Pont de Monvert difería de Monastier o de Langogne, o aun de Bleymard, pero la diferencia existía, y resaltaba visiblemente. El lugar, con sus casas, sus calles, su relumbrante lecho del río, poseía un indescriptible aire meridional.
Ahora, es evidente, el pueblo rebosa turisteo. Llego un 31 de julio y se ve todo al pil-pil. Reconozco que no lo llevo bien, pero siempre pienso que, al final, soy uno más de quienes hemos decidido venirnos aquí este día. Es decir, soy parte del problema, no de la solución. El río Tarn es el protagonista. Bueno, por supuesto, aquí lo es también el puente, que data del siglo XVII.

Tiene una torre cuadrada a la entrada que servía para el peaje del paso de ganado. Hoy queda demasiado estrecho para el movimiento de vehículos y no se ven vacas cruzándolo. Pero mantiene su encanto. Por lo demás, las callejuelas estrechas y las casas tradicionales de granito le dan un aire rústico al pueblo.

De todas formas, Le Pont-de-Montvert se asocia, sobre todo, al hecho de haber sido un 24 de julio de 1702 el punto de partida de la Guerra de los Camisardos, tras la ejecución colectiva de François de Langlade du Chayla, más conocido como el abad de Chayla. Este hombre había gestionado la comuna con un evidente sadismo. Sin piedad contra la herejía del protestantismo hugonote de la época, de doctrina calvinista, disponía de su particular centro de detención y tortura. Si quieres un ejemplo de sus habilidades: cuando se desató la revuelta, se encargó de condenar a uno de los líderes a la amputación de la mano derecha antes de que lo quemaran vivo a orillas del río. Stevenson le dedica unas cuantas líneas a este hecho en su libro.
Por cierto, acabo de terminar otro libro, El diablo no vive en el infierno, una novela del francés Franck Bouysse que publica Alrevés traducida por Juan Francisco Silvente. Más o menos podemos encajarla en una especie de género negro rural. La acción se desarrolla aquí mismo, en los alrededores de Pont de Montvert, en un invierno cubierto de nieve. He encontrado lugares reales que se mencionan en el libro (Grizac, por ejemplo, cerca de por donde pasaré mañana), aunque creo que el que se cita constantemente (Les Doges) es ficción. Escrita en un lenguaje a veces tierno, a veces poético y a veces brutal, narra la historia de quienes trazan unas vidas conectadas por la cercanía de sus granjas y por otros avatares. Evidentemente, hay muertos de por medio. Me ha parecido una novela muy especial.

Tras el paseo vespertino que incluye una visita a la iglesia (Santa Juana de Arco y San Antonio de Padua como estrellas), toca cenar. He reservado al llegar. Por lo que veo, no hay ni una mesa libre en el comedor al aire libre del hotel. Complet. La comida está rica, pero no llega ni de lejos a la de ayer. De plato principal, eso sí, ofrecen una opción vegetariana muy aceptable. Tras terminar, como el sol se pone deprisa aquí en el valle del Tarn y refresca, no me lo pienso dos veces: a la cama a conciliar dulces sueños.
El desayuno comienza a las 7:30, algo tarde para los estándares que he manejado hasta ahora. De todas formas, hoy la etapa es más corta y sencilla. No hay prisa. En el hotel hay más cicloturistas y también gente que está recorriendo el Camino de Stevenson. Lo digo porque creo que somos los primeros que nos colocamos en los tacos de salida para desayunar.
Salgo con la fresca de la primera hora del día en compañía del río Tarn, aunque enseguida me separo de él. La primera subida es por una encantadora carretera de quinto orden, con vistas a las gargantas del Tarn, que asciende poco a poco por la ladera entre un bosque de pinos y hayas. Es tan estrecha que apenas cabe un coche, algo que no me he encontrado en toda la subida.

Salgo por un momento del bosque, ya casi arriba de la subida, y aparecen algunas granjas. Cómo no, me acuerdo de la novela de Bouysse y sus protagonistas, Gus y Abel, cuyas posesiones quedaban por aquí.
Llego luego a una meseta calcárea y a través del bosque alcanzo el Col du Sapet. Comienzo el descenso en busca de nuevo del Tarn. La bajada es tremenda, de más de 600 metros de desnivel. La bici se embala por unas pistas en general anchas y con mucho desnivel a veces con bastante piedra suelta. Hay que andar con cuidado. De nuevo, los pinos y las hayas juegan a amenizar el camino.


Me vuelvo a encontrar con el río Tarn en un punto en el que la GTMC y el Camino de Stevenson se dan la mano. Sobra el cortavientos. Cómo se nota el descenso de altitud en cuanto a la temperatura. Por momentos, tengo la sensación de comenzar a sentir un cierto aire mediterráneo en el ambiente.
Por un último tramo ya asfaltado entro en Bedoues, donde cruzo de nuevo el río Tarn y enseguida llego a Florac. El último tramo me lleva por un sendero muy entretenido junto al río, luego de cruzarlo. Voy con cuidado, no obstante, porque hay senderistas y el camino es estrecho.

Stenvenson describe Florac así:
Sobre un ramal del Tarn se encuentra Florac, sede de una subprefectura, con un viejo castillo, un sendero bordeado de plátanos, numerosas esquinas singulares y una fresca fuente alimentada por un manantial que brota en la montaña. Destaca, además, por las mujeres guapísimas y por ser una de las dos capitales —la otra es Alais— del país de los camisardos.
El ramal en cuestión es el río Le Tarnon y Florac oficialmente es, en realidad, Florac-Trois-Rivières desde 2016, tras fusionarse con La Salle-Prunet. Vaya fiesta de anexiones y desanexiones que tienen montada los franceses. En general, se la considera la «puerta de entrada» al Parque Nacional. Se encuentra en una intersección de tres formaciones geológicas notables: la pizarra de las Cevenas, el granito del Mont Lozère y la piedra caliza de los Causses. Como patrimonio arquitectónico de referencia, aquí pueden presumir de castillo e iglesia. Bueno, mejor «iglesias», en plural, porque también hay un templo protestante, construido en 1833.
Aprovecho que hay taller de bicis para volver a meter líquido sellante en las cubiertas porque con mis cuatro pinchazos oficiales y algún que otro extraoficial, el líquido que traía se ha debido quedar en la mitad. Además, compro también un par de cartuchos de aire y más mechas por si acaso. El taller tiene su encanto, pues ocupa un local junto a un café y una librería con aire hippy al lado de un puente metálico sobre el río. Lástima que al terminar la etapa me dé cuenta de que mi luz trasera se ha quedado en el taller. Se ve que para trabajar en la cubierta trasera la han quitado y luego ni ellos ni yo hemos caído en la cuenta, al recogerla, de que no estaba.

Callejeo un poco y tengo la tentación de meterme un «aligot», pero creo que da positivo en el control antidoping: puré de patatas batido con queso fundido (tradicionalmente Cantal o Tomme), ajo y a menudo acompañado de salchichas de campo. Perdón, dame un momento para reponerme. Por cierto, qué francesa es la avenida con sus plátanos, patrimonio nacional.

Dejo atrás Florac y acompaño de nuevo al Tarn camino de Ispagnac. El tramo a veces tiene su encanto y a veces se vuelve algo pestoso. Es un continuo sube y baja. No faltan vistas de vez en cuando y, por supuesto, los túneles vegetales de un sendero que creo haber recorrido ya mil veces en la GTMC.


Cruzo de nuevo el río para entrar en Ispagnac. Destacan los «Jardines de la Lozère» porque aquí el clima, en general suave y soleado, favorece una abundante vegetación. Abundan los huertos donde se cultivan melocotones, albaricoques, manzanas, peras, fresas, almendros, y también vid. Estamos ya a caballo entre el Causse de Sauveterre y el Causse Méjean, dos de las mesetas calizas que forman parte del sitio Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO «Causses y Cevenas, paisaje cultural agro-pastoril mediterráneo».
Paro a comer algo ligero en Ispagnc; así hago tiempo porque hasta las 15:30 no puedo entrar en el hotel de Saint Enemie. La Calle Mayor transmite un aire mediterráneo indudable, ¿no?

A medida que el Tarn avanza y yo pedaleo junto a él soy cada vez más consciente de estas fabulosas Gargantas del Tarn. Los millones de años de trabajo de erosión del río a través de la meseta calcárea de los Causses han servido para conseguir acantilados de hasta 500 m de altura. La biodiversidad es tremenda. Por las laderas se reparten bosques de robles y pinos, mientras abajo sigue ocurriendo lo mismo que hace siglo y medio maravilló a Stevenson: las hipnotizantes aguas verde esmeralda del Tarn se quedan a vivir contigo.

A lo largo de la ruta veo indicaciones que conducen a pequeños pueblos como Le Rozier, Peyreleau, Les Vignes o La Malène. Todos ellos se aferran a las orillas o se incrustan en las paredes del cañón. La foto siguiente es de Castelbouc.

Eso sí, la majestuosidad del entorno convive con la algarabía de los humanos en época vacacional: el piragüismo y el kayak son las actividades estrella, sin olvidar el rafting en tramos más intensos o el barranquismo en los afluentes. Pedaleo, yo solo pedaleo. Lo hago por la carretera D907Bis, que, extrañamente, va muy tranquila de tráfico. Eso sí, cada vez que paro a echar un vistazo al río veo gente por todas partes. Cuesta hacer una foto sin todo el revuelo de bañistas y piraguas.

El río, por supuesto, es protagonista de la etapa de hoy. De hecho, no lo voy a abandonar hasta mi final de etapa en Saint Enemie. Por supuesto, el pueblo está a tope. Mañana te cuento más.

Kilómetros totales hasta esta etapa: 1.156,7.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 19.534.
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