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Una de las pequeñas sorpresas que me llevé preparando la GTMC fue encontrar otra ruta que, en algunos tramos, coincidía con esta gran travesía. Me refiero al GR 70, conocido como el Camino de Robert Louis Stevenson. Ya sabes, el de La Isla del Tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, por citar dos de sus obras más conocidas. ¿Por qué una ruta relacionada con este escritor escocés del siglo XIX por estas latitudes? Todo tiene que ver con un libro encantador: Viajes con una burra por los montes de Cévennes. Ha sido publicado en 2015 en español por Ediciones Baile del Sol y traducido por Héctor Silva. Stevenson realizó el viaje que describe en su libro en el año 1878. Fue un viaje a pie de doce días que comenzó el 22 de septiembre de 1878 y terminó el 3 de octubre. El libro fue publicado al año siguiente, en 1879.
Cuando cayó en mis manos lo leí en un par de días. Es un libro corto, de 121 páginas, que se lee en un abrir y cerrar de ojos. Pues bien, aquel viaje en compañía de su burra Modestine (Modestina en la traducción al español) ha servido de inspiración para crear este GR y, cómo no, incitar a recorrerlo a pie. O, mejor aún, en compañía de una burra. Si buscas un poco por Internet encontrarás más de un vídeo con experiencias de viaje junto a un equino.
¿Cómo surgió el viaje? Stevenson padecía tuberculosis y por aquella época afrontaba una situación económica difícil, por no hablar de su relación de amor tormentosa con una mujer casada. Él era un viajero empedernido porque le aportaba inspiración para sus libros. En la región de las Cevenas había captado particularmente su interés la historia de los Camisardos (mañana espero explicarte algunas cosas). En fin, parece que viajar solo con una burra a través de un terreno montañoso y relativamente inhóspito en esa época era una aventura y un desafío personal que atraía a su espíritu romántico y explorador.
¿Por qué una burra? Nos lo explica en el libro: «Lo que me hacía falta era algo económico, pequeño y resistente, estólido y pacífico por temperamento, y todos esos requisitos apuntaban a un burro.» Así fue como compró a Modestina, un animal que dispone de su protagonismo en el libro, cómo no. La burra, inicialmente reacia y testaruda, se convierte en un personaje por derecho propio, fuente de frustración y diversión a la vez. Es un buen motivo para reflexionar sobre la paciencia, la perseverancia y la complejidad de la comunicación entre humanos y animales. Eso sí, como te decía antes, estamos a finales del siglo XIX. No esperes una perspectiva de lo que sería políticamente correcto hoy en día.
Por cierto, por curiosidad he estado mirando a ver si veía en Le Bleymard a algún o alguna randonneur con su burra al lado, pero no ha habido suerte. Luego, como verás, el guionista me va a regalar un bonito encuentro.

En la actualidad el GR-70 cuenta con su correspondiente Asociación de Amigos del Camino que mantiene una página web en la que encontrar no solo la historia vinculada a Stevenson, sino aspectos prácticos para afrontar el viaje, con burra o sin ella. Se presenta como una ruta de senderismo de larga distancia que recorre las Cevenas desde Le Puy-en-Velay hasta Alès. Se puede dividir en varias secciones: Le Velay, Le Gévaudan, Le Mont Lozère y Les Cèvennes. Es un sendero de dificultad moderada, con una longitud de aproximadamente 275 km y un desnivel acumulado de 7.127 metros. Si te animas, insisto, la página web de los amigos del camino es tu referencia.
Te cuento esto porque Le Bleymard es lugar de paso del GR-70. Me he desviado unos pocos kilómetros de la GTMC. Quise alojarme en uno de los dos albergues del GR-70 que hay en el pueblo y que pintan realmente bien, pero me dieron calabazas en ambos diciéndome que estaban completos. Así que he buscado un plan B y me he alojado en un hotel.
Cuando llego me doy cuenta de que Le Bleymard se distribuye en un «pueblo antiguo» y en un «pueblo nuevo». El nuevo es donde puedes encontrar el supermercado con su estación de servicio, el ayuntamiento o el hotel en el que me hospedo. El antiguo tiene mucho más encanto, aunque mezcla casas tradicionales de cierto valor con otros edificios abandonados. El río Lot separa los dos barrios y junto a él queda el campo de fútbol y lo que es más importante, el de petanca. En cualquier caso, ambas partes se ven conectadas porque Stevenson está muy presente.

La cena se convierte en una delicia. He reservado mesa. Sí, has adivinado: no hay más opciones en la zona a no ser que me abastezca del supermercado. A las siete y media comienzan a dar las cenas. Poco a poco el local se va llenando. En la carta hay un menú Stevenson, como tantas otras alusiones al escritor en esta zona. Pues no se hable más: menú Stevenson. Está todo delicioso. Qué acierto.


La guía oficial de la GTMC dice de la etapa que afronto hoy:
Un ambiente encantador emerge en esta etapa con sus aldeas aisladas, los pastos de verano cerca de las fuentes del Tarn, y el propio Tarn con sus cascadas, sus pozos de agua… antes de llegar al corazón del pueblo de Pont de Montvert.
Desde el principio, el mensaje es claro: ¡es cuesta arriba! Y durante 10 km, la mayor parte transcurre por buenos senderos y carreteras secundarias.
Desde el Col de Finiels, se inicia un largo descenso por carretera que lleva al pueblo de Finiels antes de volver a una pista lisa y finalizar la etapa en el pueblo de Pont de Montvert.

Por su parte, Stevenson, en 1878 lo veía así:
Desde Bleymard, después de comer, aunque ya era tarde, salí para emprender la escalada de un tramo del Lozère. Un mal señalizado y pedregoso camino de cabras me llevó hacia adelante, y me crucé con media docena de carretas de bueyes que bajaban de los bosques, cada una cargada con un pino para el fuego del invierno.
Desayuno como Dios manda en el hotel, sin prisa. Un poco pasadas las ocho inicio el pedaleo, con buen tiempo, según parece. El primer tramo es por asfalto y en bajada. Desando el camino que hice ayer hasta las ruinas del château de Tournel. Pasado el túnel que queda junto a ellas, la D901 me deja en Bagnols-les-Bains, que es el pueblo (estación termal) que da paso a la siguiente sección de la GTMC: Les Cèvennes.
Me como estos diez kilómetros iniciales en un abrir y cerrar de ojos. Y, claro, todavía el sol no ha entrado en el valle del Lot. O sea, que un poco de frío ya paso.
Dejo atrás la estación termal de Bagnols-les-Bains, con ese aire tan decadente que suele acompañar a este tipo de lugares, y, suave suave, empleo los piñones grandes para ir ganando altura, al principio por carretera. Esperan unos 20 km de subida: manga corta para salvar los casi 640 m que tengo por delante. Tras un breve tramo por un camino paralelo, vuelvo de nuevo al asfalto de una carreterita encantadora de quinto orden. Pedaleo por el Parque Nacional de las Cevenas.
Se termina el asfalto y el bosque por el que vengo se empeña en volverse arrebatador a la vista.

El GR-70 sube por otra alternativa a la que empleamos quienes vamos en bici, pero nuestro destino es el mismo: el Pic de Finiels. Bueno, en realidad no subo hasta sus 1.699 m, sino que me quedo algo por debajo de esa cota. A medida que asciendo el camino se pone exigente y hay que ir atento para ver por dónde llevar la trazada. Los últimos dos kilómetros de la ascensión, sin presentar demasiada pendiente, tienen lo suyo.

Salgo a un terreno algo más despejado. La enésima cruz en el camino me da la bienvenida.

Entro en una pista en muchas mejores condiciones. Stevenson nos contaba de esta parte de su viaje:
El deparrtamento de Lozère se encuentra prácticamente al este y al oeste, cortando Gevaudan en dos partes desiguales. Su punto más alto es este Pic de Finiels en el que yo estaba entonces, que se eleva cinco mil seiscientos pies sobre el nivel del mar, y desde donde, con tiempo despejado, se domina todo el bajo Languedoc hasta el mar Mediterráneo. Yo he hablado con gente que pretendía o creía haber visto, desde el Pic de Finiels, unas blancas embarcaciones navegando cerca de Montpellier y Sète. Detrás de mí estaban las tierras altas septentrionales por las que había transitado, pobladas por una raza obtusa, sin bosques, sin mucha magnificencia en cuanto a la forma de las elevaciones, y célebre en el pasado por los lobos y por poca cosa más.
Tras la larga subida, arriba todo es paz y tranquilidad. Cresteo durante unos diez kilómetros jugando con las vistas que el paisaje ofrece cuando se abre. A la derecha, no obstante, veo cumbres por encima de la zona por la que pedaleo, entre ellas la de Finiels.


Llego a la carretera que viene de Le Bleymard. La cojo a la izquierda y, en un breve descenso, me acerco a la estación de esquí de Mont Lozère para tomar mi noisette y descansar un rato. Hasta aquí han sido 35 km bastante exigentes en lo físico. De nuevo, el guionista de la GMTC ha decidido que la ruta más corta entre dos puntos no va con él. Desde Le Bleymard hasta aquí son algo menos de siete kilómetros de subida por carretera. Pero, claro, no hay color.
Tengo que volver a subir el tramo que he bajado y ascender hasta el Col de Finiels. En el parking de la cima hay bastantes coches. Bajo hasta el pueblo de Finiels. Por aquí pasa el Camino de Stevenson.

No obstante, antes que el escritor escocés, fueron protagonistas en estas tierras los caballeros malteses que regresaban de las Cruzadas, los hugonotes rebeldes y los camisardos que lucharon por preservar su fe. Así es que hay un cementerio protestante en Finiels. Hoy solo viven aquí unas pocas familias que subsisten con la agricultura y el turismo. Para lo pequeño que es hay varias casas rurales y una pequeña zona de camping. Y veo que en agosto celebran la fiesta de los arándanos. No se pierden una.
El fin de etapa, Pont de Montvert, queda bastante cerca, pero ya se sabe que la GTMC puede alejarlo sin mayores problemas de conciencia. Así pues, afronto otra subida, esta vez más breve que la anterior para hacer un nuevo bucle. Son 200 m de desnivel.
Por fin me encuentro con unos senderistas que caminan junto a su burra, Épinette. No me resisto a pedirles permiso para hacerles una foto. Muy amables, se ofrecen también a hacerme a mí la foto junto al animal. De pequeño conviví muchos años con vacas en casa y siempre hubo una burra, un animal que mi abuelo siempre consideró necesario para tareas de carga.


Inmortalizado el momento, todavía hay tiempo para encontrar otro hayedo mágico en el camino.

Encaro el descenso final. L’Hôpital es el pueblo desde el que comienza una bajada fulgurante. Son unas cuantas casas construidas con tremendos bloques de granito. Las hay abandonadas y también ocupadas.


Cómo digo, desde aquí en L’Hôpital comienzo un descenso muy rápido que en nueve kilómetros me deja en Pont de Monvert, con el río Tarn haciendo un trabajo tremendo, ajeno al desaliento. Siglos y siglos de horadar la roca para que las aguas puedan seguir circulando. Stevenson quedó cautivado:
[…] jamás he visto un río con tonalidades tan cambiantes y delicadas: no era más transparente el cristal, ni los prados la mitad de verdes; y en cada charca que veía sentía una urgencia por despojarme de aquel ropaje material caliente y polvoriento y bañarme desnudo en el aire y el agua de la montaña.
Según desciendo, me voy encontrando cada vez más y más gente. Tras los paisajes solitarios, los que recorrió Stevenson en el siglo XIX y los que recorro yo ahora en el XXI, el turista dicta sentencia y decide que Pont de Monvert es un destino deseado para eso que llamamos vacaciones.
Mañana te cuento más, incluidas torturas y asesinatos con los camisardos de por medio.
Kilómetros totales hasta esta etapa: 1.096,6.
Metros de desnivel acumulado hasta esta etapa: 18.790.
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