00 Bilbao – Auxerre, día de trenes y de París #GTMC

by Julen

Mi paseo por París cortesía de Strava: https://strava.app.link/npw52LzRWUb

Podcast del artículo vía Google Notebook LM.

En el Congreso Ibérico de ConBici La bicicleta y la ciudad, al que asistí hace unos días en Santiago de Compostela, coincidí en mi mesa con Benjamí Aguilar Domènech, de la Associació Granollers Pedala. Él presentaba una comunicación que me encantó: El espacio de la bici en los trenes. Cuando llegue a mis manos, espero poder divulgarla porque mostraba a través de numerosas fotografías el amplio abanico de cómo tratan los trenes a las bicis. Ya podéis imaginar que había de todo. La presentación, repleta de imágenes en diferentes países, daba una muy buena idea de la situación. En general, la cuestión de fondo es que el tren debe ser el medio de transporte por excelencia para nuestras bicis. Estoy completamente de acuerdo.

Son casi las doce de la noche y tras cuatro diferentes trayectos en tren, estoy en mi hotel en Auxerre. A las 7:52 cogía el primero para ir desde Bilbao a Donostia previo paso por 39 estaciones. Entreñable… siempre que no lleves prisa. Luego tenía que tomar otro hasta Hendaia. A partir de ahí entraba en juego la alta velocidad para llegar a París y, previo cambio de estación, montar en el que me ha dejado aquí en Auxerre.

Confieso que he tenido unos últimos días bastante frenéticos. Asuntos varios, personales y profesionales, me han tenido ocupado y también preocupado. Nada verdaderamente serio, pero no he podido disfrutar de la preparación como me hubiera gustado.

Ando bastante implicado en la revista Bizikletan / Andar en Bici. Poco a poco he ido cogiendo más responsabilidades. Habrá que ver cómo evoluciona el proyecto ahora que se ha incorporado más gente y que se le puede dar un buen meneo. No es nada fácil que un medio consiga ingresos suficientes de contenido patrocinado o de otras fuentes para compensar los gastos y generar un beneficio digno. Ten en cuenta que hablamos de un medio que publica en papel.

Bueno, lo que importa: que mañana empiezo a pedalear esta gran travesía. Ya iré cogiendo la forma poco a poco. Más que nunca tengo que tomar conciencia de rodar suave para dejar que los kilómetros vayan proporcionándome la forma física que quizá he perdido un poco en el último mes.

He planificado dos primeras etapas muy suaves antes de una tercera en la que previsiblemente esperan más de 1.700 m de desnivel acumulado y casi 80 km. O sea, una etapa ya «más normal». Vengo a disfrutar, así de simple. El tiempo para grandes gestas queda atrás. Como siempre, esto es relativo. Una travesía con 25 etapas de pedaleo por delante (con un par de jornadas de descanso) quizá lo sea para mucha gente, pero uno ya tiene cierto hábito. Sí, el que normalmente hace al monje. En este caso, al ciclista.

Esos mismos hábitos me han despertado hoy a las cuatro de la mañana. Lo primero que hago, tras desayunar, es completar un último compromiso con la cuadrilla de la revista Bizikletan / Andar en Bici: elaboro una tabla en la que intento especificar qué elementos de nuestra propuesta de valor podemos emplear en función de a qué público objetivo nos dirigimos. Después, me da tiempo a un último repaso de lo que llevo conmigo en la mochila. Todo OK.

Media hora antes de la hora de salida del primer tren ya estoy en la estación. A la entrada, cuatro miembros de la contrata de seguridad intimidan un poco. No sé, ¿será un refuerzo a cuenta del BBK Live?

Paso la Barik, cojo el ascensor y subo con la bici al andén. De vez en cuando tengo que sobrellevar algún que otro pinchazo en el hombro porque arrastro una tendinitis supraespinosa. Las dos visitas recientes al traumatólogo me han familiarizado con el término. En el andén no hay mucha gente. Se entremezclan quienes van a currar (aunque es sábado) con quienes vienen de alguna juerga. Llega el tren. Son las 7:55 de la mañana. Primer destino: Donostia-Amara.

Es un viaje peculiar. Un tren de cercanías en el que paso casi tres horas y, como decía antes, 39 paradas que son todo un entretenimiento. A partir de Zumaia vamos como piojo en costura. En mi zona nos juntamos cuatro bicis, una silla de ruedas eléctrica y unos cuantos carritos de bebé que terminan por repartirse por otros huecos. No hay manera de que entre tanto artefacto con ruedas. Y al llegar al final del trayecto no veas qué algarabía. Se nota la influencia de los Sanfermines: mucho pañuelo rojo al cuello.

Me salgo de la estación a tomar un café porque tengo algo más de media hora hasta coger el Topo, que es el tren que llega hasta Hendaia. Un café con leche sin lactosa. Tengo normal semidesnatada. Eso mismo. Casi lo mismo.

Llego a Hendaia. De nuevo voy con tiempo de sobra. Mi TGV sale a las 13:12. Me acerco a una boulangerie a por un sandwich (bocadillo). Triunfo en toda regla: nuez, queso de cabra y miel, todo bien calentito. Entra de maravilla sentado en una terraza al sol que dispone de un notable efecto amodorrante. De vuelta a la estación, se ve un pequeño revuelo porque un hombre se ha quedado encerrado en el típico toilette automatizado que parece desobedecer sus órdenes. Me voy sin conocer el desenlace. Una pena.

Meto la bici al lado de la de un alemán que se vuelve a Munich tras haber recorrido los Pirineos primero por su vertiente sur y luego de vuelta por la norte. No es mal plan. Él termina su viaje y yo lo comienzo.

Otro tren que va hasta arriba de pasajeros. En Baiona entra una auténtica marabunta. No se ve una plaza libre. Acumulamos diez minutos de retraso a cuenta del gentío porque no era fácil ubicar las maletas. No sobra espacio, no. El interior del vagón se ve ya un tanto perjudicado por el paso de los años. Del soporte de una de las cintas de fijación de las bicis solo se sabe, por ejemplo, por los agujeros que han quedado.

Lo de antes no era nada comparado con la estación de Montparnasse en París. Aquí sí que hay gente. Acabo de pasar pantalla, no cabe duda. Salgo como puedo, pongo el GPS y sigo una pequeña ruta de diez kilómetros hasta la estación de Paris Bercy, desde donde sale mi tren a Auxerre. Paso junto al Jardín de las Tullerias, el Louvre y la plaza de la Concordia. Pedaleo un buen rato junto al río Sena. En sus márgenes hay muchísima animación. Llego a la modesta estación de París Bercy (en comparación con la de Montparnasse). Modesta, pero con una pequeña multitud que parece esperar a las niñas y niños que vuelven de las colonias.

Fuera hay un jardín en el que paso un rato a la sombra mientras espero. Por fin, llega mi último tren de hoy. Algo más de doce horas después del primero, cojo este último. Para no perder las buenas costumbres, va a tope. Me da que como el lunes es 14 de julio, fiesta nacional aquí en Francia, quien más quien menos la aprovecha para irse de puente o para comenzar las vacaciones.

Dejo la bici donde buenamente puedo dentro del tren mientras un grupo de chavalitos despliega toda su parafernalia alrededor. No sé si es que hay más gente qué asientos, pero son unos cuantos los que van de pie. Pues vaya con la media distancia francesa.

Por fin, llego a Auxerre. Me voy derecho al hotel, que queda cerca y a la cama, no sin antes quedarme encantado de las vistas desde mi habitación de los dos grandes monumentos de Auxerre: la abadía de San Germán y la catedral de Saint-Étienne. No he podido resistirme a fotografiar la abadía con el marco de la ventana incluido.

Primera crónica publicada. Hasta mañana. Ah, por cierto, nadie ha venido a validar mi billete en ninguno de los dos trayectos de hoy aquí en Francia.


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