
La presión. La presión autoimpuesta. Sabes que miran y esperan. Sabes que exigen. Tú lo has construido y ahora los deberes son evidentes. No hay vuelta atrás. Cada ausencia te delatará. Simplemente no lo puedes permitir. No hay otra salida. Solo queda continuar. Hasta el final. Hasta la implosión última.
Esa ausencia fue un lunar en tu expediente. Le has estado dando vueltas y has llegado a tu propia conclusión: no lo volverás a hacer. El folio blanco no es excusa. Todo el mundo espera. Los ojos, a saber cuántos, están todos puestos allí. Esperan que no te hagas a un lado. Sabes de sobra cómo funciona el juego. Cualquier cosa menos la retirada.
Así que te pones de nuevo con la tarea. Hercúlea, con tintes de Sísifo. Al llegar a la cima verás la caída y no tendrás opción. El precipicio. Ese vértigo a un vacío que no soportas. Lo harás otra vez. Dejarás que tu propia presión te venza. Una vez más. Era rutina, era inercia. Pero ahora es obligación. Son sus derechos.
Llegas al final. Echas la vista atrás. Por fin. Lo has conseguido de nuevo. No sabes muy bien qué es, pero la cárcel es cada vez más extraña. Más real. Y más extraña.
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