Hace tiempo que la paradoja se quedó a vivir aquí al lado. La escucho porque me cuenta historias diferentes. Dilemas que sólo admiten explicación con una mezcla de imposibles. La certeza de equivocarnos al hacer lo que no debíamos haber hecho si lo hubiéramos pensado bien. Pero el resultado sólo confirma lo que antes ya sabíamos. Son nuestras invenciones, rabiosamente reales.
Reconozco que me siento cómodo con la paradoja. Ayer David me decía que la uso para dar forma al sentido crítico. Yo creo que es que me hago mayor. Me cuesta ver la superficie y creer que no hay nada debajo. Porque no sirve con hacer y ver. Tenemos que ponernos manos a la obra mediante la reflexión.
El sentido crítico es fundamental para comprender esta sociedad del espectáculo. Los reyes de la venta aplican cosmética a sus productos para que las píldoras entren sin sentir. Se nos niega el placer de la deglución. Diseñado, fabricado y empaquetado para hacerte la vida fácil. Adiós al esfuerzo. Vivimos en la ergonomía cognitiva, una ciencia tan delicada que piensa por ti.
Lo siento, hubiera preferido seguir tirando de Pylones. Otro día será, porque la paradoja continúa. En los detalles a veces se aprecia que no es oro todo lo que reluce. Porque ¡vaya si reluce! La realidad se recrea en formas y colores que estudia el neuromarketing. Más y más investigación para que no lo sintamos. Es violencia estructural dentro de una burbuja hedonista.
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La imagen es uno de esos objetos imposibles de Jacques Carelman.
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2 comentarios
Seguramente por esto mismo debe gustar tanto la televisión. Ya piensan por tí, te dicen lo que tienes que creer, lo que tienes que amar, lo que te tiene que emocionar y cuando te tienes que reír. Te ahorran todo ese esfuerzo psíquico.
Tampoco sería tan malo esto de tomarse un descanso neuronal… lo malo es que existe el arquetipo sistémico de «desplazamiento de la carga» y las aptitudes se atrofian.
Pudiera ser, Telémaco, que el esfuerzo psíquico que comentas sea algo que ha pasado de moda. Todo es marketing, todo ha sido elaborado para invadir nuestra percepción y que perfore nuestros poros sin que apenas lo sintamos. No sé, quizá somos nosotros quienes vemos fantasmas donde sólo hay ganas de hacer caja.